La Aprendiz

Tres.

 Helen

 

Me daba pena por mi hermano, por mi familia. Sabía que si me iba tenía que renunciar a ellos. Mirando desde lejos como disfrutaban de una película, mientras yo batallaba en mi cabeza por que hacer. Que decisión tomar. Con Hallows podía aprender todo lo que yo quisiera. Aun que tenía un poco de miedo de esa mujer despeinada, había algo que me llamaba a ella. Tenía que buscar las respuestas a lo desconocido y ella me podía ayudar.

Estaba pensativa con la tarjeta en la mano sin dejar de mirarla. Pero si me iba al que más extrañaría sería a Owen. Mi hermano consentido. Siempre tan atento, tan callado y maduro. Cargando con toda la responsabilidad de todo. Renunciando a su educación para irse a trabajar desde muy joven. Creo que no merecía la mentira, tal vez era egoísta no lo sé…

Llamé aun con dudas al número de teléfono de Astrid Hallows.

— Señorita Gates— contestó asustándome ¿Cómo sabía que era yo?

— Si… soy yo… —contesté tartamudeando.

— Dígame ¿Qué es lo que sucede? — preguntó tan ágil como siempre.

— Sólo quería saber ¿Cuánto tiempo durara? —pregunté bajando un poco la voz.

—Bueno eso depende de ti, linda. Pero sabes que si decides dar un paso hacia adelante hasta que no termines no podrás dejar lo aprendido. Las artes prohibidas no son un juego — dijo con voz seria —. Tienes que estar completamente segura de que este es tu camino.

Suspiré aun jugando con la tarjeta con su nombre. Esperando alguna palabra de ella.

— Tomate el tiempo que necesites y piénsalo. Buenas noches — añadió colgando el teléfono.

Si, todo dependía de mi.

Tenía que aprender lo mas rápido que podía antes de que mi hermano sospechara de la mentira. Así que esa noche, tomé todos mis ahorros y llamé a un taxi. Dejando una pequeña carta donde me despedía de mi hermano y mi familia. Y que podían contactarme por el celular. Diciéndole que sólo estaría por un tiempo en el internado. Espero que todos salgan bien y mis planes no fallen, tomando mi maleta desgastada y pequeña para poner un poco de ropa. Aprovechando que esa noche mi hermano estaba de guardia y no en la casa. Subiéndome al taxi viendo por ultima vez mi humilde hogar.

Comenzó a llover a cantaros. Estaba nerviosa y la vez llena de adrenalina. Como si fuera un viaje sin rumbo a lo desconocido y que pronto aprendería todo lo que deseaba saber, gracias a esa mujer rara de la biblioteca.

 

 



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En el texto hay: romance, conocimiento

Editado: 01.09.2019

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