La Aprendiz de Bruja

1. La Mentira

Desperté sobresaltada. Después de tanto esperar, llegó el día de mi viaje a Eisenbaum, la ciudad de los magos; pero en lugar de sentirme contenta, un miedo glacial me aturdía. Me aterraba la idea de que descubrieran que falsifiqué los datos de mi solicitud de ingreso como aprendiz de bruja en el Instituto de Magia y Hechicería. Fue algo impulsivo de lo que me arrepentí tan pronto envié mi planilla por correo. Sin embargo, a pocas horas de iniciar la travesía soñada, mi agitación aumenta. ¿Qué pasará cuando las autoridades educativas descubran lo que hice? ¿Y si la hechicera Duprina se entera? Sobrados motivos tiene para vengarse y no le temblaría la mano para exponerme al escarnio público.

Me senté en el sofá a mirar por la ventana cómo llegaba la aurora. Había dejado atrás la pesadilla que significó vivir bajo la tutela de mi abuelastra Gertrudis en San André. Finalmente, los abogados me otorgaron pleno acceso al fideicomiso legado por mi abuelo y mis hermanas ya no tenían que sufrir la amarga experiencia de vivir en la pobreza. Continuaban aún los legalismos para recobrar La Borrascosa, usurpada bajo engaño por Gertrudis y Leticia, pero era solo cuestión de tiempo que las desalojaran. San André, extraño lugar aquel pueblito en el que tuve mi primer encuentro con la magia. Ya no tenía que preocuparme por la Hechicera Zarnia ni por su libro de magia negra, porque eso era ya parte del pasado.

Ahora el motivo de mi preocupación era otro. Para ser admitida como aprendiz tuve que llenar cientos de formas en las que me pedían mi información personal, historial familiar y enfermedades preexistentes, entre otras cosas. También me exigieron que listara mis habilidades, por lo que alabé con generosidad mis fortalezas y minimicé mis debilidades. Con la declaración de mi estado de salud, anexé la recomendación de un personaje del mundo mágico. Hasta aquí no hubo problemas, ya que contaba con el apoyo de Americus, el Mago Supremo, que bastaba de sobra como aval para ingresar a cualquier instituto de enseñanza. Pero no contaba con experiencia previa en el uso de la magia, por lo que opté por inventar algunos episodios de mi vida que nunca ocurrieron. En otras palabras, mentí.

No obstante, no toda la información remitida fue falsa, una buena parte de lo expresado se ajustó a la realidad: lo referente a mi nombre y a mi edad. Todo lo demás tenía visos de fantasía. En un arranque de inspiración, me adorné con virtudes que no poseo. No soporté la idea de que los magos del Concejo escudriñaran mi vida y la juzgaran aburrida. ¿Es acaso un pecado tan grande exaltar los atributos y minimizar las imperfecciones? Yo diría que mi conducta estuvo más que justificada. No obstante, desde entonces el miedo y el insomnio me acompañaban cada noche.

En pocas horas, Americus tocaría a mi puerta para escoltarme a la famosa ciudad de los magos. Los aprendices no tenían permitido usar magia para ir a Eisenbaum, pero como solo se llegaba por medios mágicos era necesario contar con un mago o hechicera que nos apadrinara y se ocupara de nuestro transporte. Sentí nostalgia por mi alfombra mágica. Por un instante, resentí el hecho de habérsela entregado a Batam. Hacía ya más de seis meses que no sabía nada de él. ¿Qué sería de su vida? ¿Habría encontrado al fin la paz? ¿O continuaría tan asustadizo como siempre?

Después de estas cortas divagaciones, forcé mi atención al problema presente y tras largas horas de devaneos, concluí que lo mejor era confesar, tal y como lo hacían los católicos para expiar las culpas. Si quería volver a dormir, debía limpiar mi conciencia. Hacerlo con el Padre Sebastián era inconcebible, porque él estaba en contra de todo lo que tuviera que ver con la magia. Hablaría con Americus, él me entendería.

Un toque en la puerta me sacó de mi abstracción y enseguida entró mi hermana Mariana y más atrás, Bartolomeo, ladrando y jadeando tras su corta excursión por el jardín. Se adaptó bien a su nueva vida de perro adinerado. Lejos yacía el recuerdo de sus días de zarrapastroso de la Plaza San Isidro, millonario en pulgas y garrapatas. Mariana se arrojó en mis brazos y quedamos acurrucadas como un ovillo en el sofá. Después de observarme brevemente, acotó:

—Parece que no tuviste una buena noche ¿Por qué esa cara tan demacrada, ah? ¿Es porque te vas y nos abandonas? Es solo por un año y nosotras vamos a estar muy bien cuidadas por Ño Josefina.

La miré y sonreí. No tuve valor para contarle la verdad. Yo era su hermana mayor y un supuesto ejemplo a seguir, no una fuente de desengaños.

Y luego, agregó sin preámbulo:

—Ño Josefina dijo que bajaras que ya está sirviendo el desayuno. También te preparó una vianda con comida para el camino. La atiborró hasta más no poder, así que tendrás lo suficiente para un año —dijo en son de broma.

Entonces, hizo una pausa para decir:

—¿Nos extrañarás? Promete que nos extrañarás.

—Lo prometo —dije, acariciando sus mejillas que estaban rosadas por la caminata. Solía madrugar para trabajar en el jardín inspeccionando su huerto de flores compuesto por gardenias, gladiolas y azucenas. Tenía también orquídeas importadas de Brasil, nacidas y criadas por su obstinado empeño. Antes de plantarlas, consultó la opinión de dos jardineros colegiados para que la instruyeran en la mejor forma de cultivarlas, pero sus sentencias fueron descorazonadoras:

—¡Este suelo no sirve para esas plantas!

—¡Eso es tirar el dinero, señorita, las orquídeas no crecerán nunca aquí!



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En el texto hay: hechizos, hechiceras, romance

Editado: 13.02.2026

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