La Aprendiz de Bruja

2. La Travesía

El mago permaneció callado en respetuoso silencio tras el volante. Yo, con la mirada fija en la ventana, me entretuve mirando los edificios que íbamos dejando atrás. Me entregué a las divagaciones: ¿Qué pensaría Leonardo de mi inocente mentira? ¿La juzgaría inocente en verdad o pensaría que era una calamidad? No le tenía confianza para abrirle mi corazón y confesarle mis temores, más aún, cuando tenía que modular las palabras y dosificar los gestos para no delatar mis sentimientos. Esperaba hablar con Americus a mi llegada a Eisenbaum y terminar de una vez por todas con la mentira. No quería ser juzgada por eso. La última experiencia con el Tribunal Supremo de Magos fue francamente desagradable y no deseaba enfrentar de nuevo a una turba enfurecida.

Volví el rostro hacia Leonardo y vi que continuaba con la mirada fija en la carretera. Oscurecía y la luz de los postes eléctricos centellaba a lo largo de la vía. Finalmente, Leonardo rompió el silencio:

—¿Por qué tan callada? En San André no parabas de hablar y hablabas tanto que me aturdías. Te confieso que tu silencio es muy extraño para mí. ¿Te comieron la lengua los ratones?

Mis ojos se abrieron desmesuradamente y dentro de mi cabeza surgieron las siguientes interrogaciones: ¿Ahora quieres hablar? ¿No te bastó desaparecer sin despedirte en San André? Si querías hablar, ¿Por qué no mencionaste el beso robado en el bosque? ¿Dónde estuviste los pasados seis meses cuando todavía las respuestas estaban a tu alcance? Ay, los hombres no saben nada de romanticismo, hablan cuando tienen que callar y callan cuando tienen que hablar; pareciera como si un duendecillo travieso les estuviera susurrando al oído las instrucciones equivocadas todo el tiempo. Leonardo, por muy mago que fuera, parecía no entender mi silencio y continuaba esperando el regalo de mi respuesta. Naturalmente, no expresé en voz alta lo que pensaba. En su lugar, me limité a balbucir unas frases sin sentido que hicieron que el mago volviera a fijar su vista en la carretera, y no trajo a colación ningún otro tema. Finalmente, tras horas de escuchar la Rapsodia Húngara de Franz Liszt y la Sinfonía Fantástica de Héctor Berlioz en la radio, llegamos al pueblo de Bourlox.

Nos dirigimos a la posada Villa Encantada y me pareció que el nombre no era nada original. Un nombre, por naturaleza, debería reflejar la esencia de la persona o el lugar que lo porta. Cuando escuché que íbamos a Villa Encantada, de inmediato evoqué un lugar místico, misterioso, henchido de magia; en cambio, era un conjunto de cabañas de madera desperdigadas en un pequeño espacio, poblado por muchos árboles de copa alta. No obstante, aunque estaba oscuro, la luz amarillenta de los farolitos de las aceras le otorgaba a la posada un aspecto ameno y hospitalario.

En la recepción una muchacha demasiado amistosa le entregó a Leonardo las llaves de nuestras respectivas habitaciones. Como el hambre me martirizaba y se expresaba como un dolor incesante en el abdomen, convine con el mago en encontrarnos en el restaurante al término de una hora. Cuando abrí la puerta de mi habitación vi que era pequeña, pero todo estaba limpio y en orden. Un olor a vainilla saturaba el ambiente e invitaba al descanso, pero mi mente estaba ocupada en otro menester mucho más importante: mi atuendo para la cena.

Tiré mi equipaje sobre la cama y seleccioné un sencillo vestido de algodón, sin mangas. Me dirigí al baño para un rápido aseo. Después, miré el reloj, aún quedaba media hora, me arreglé poniendo mucho énfasis en mi maquillaje y peinado. Bajé al encuentro con Leonardo, quien me esperaba ya en una de las mesas.

Durante el curso de la cena, Leonardo estuvo florido en atenciones y galanterías. Ante mis ojos, su encanto se vio acrecentado por cuanta palabra salía de su boca. A la mitad de la conversación salió el tema de la magia, y yo, que estaba tan a gusto en su compañía, me atreví a preguntar:

—La documentación de mi solicitud de registro en el Instituto de Magia y Hechicería fue una pesadilla. No estoy segura de haberla llenado correctamente. ¿Qué pasaría si por equivocación hubiera cometido algunos errores?

El mago detuvo el vaso que estaba a medio camino hacia su boca:

—¿Qué clase de errores? —preguntó a su vez, frunciendo el ceño y mirándome fijamente.

—No lo sé, omisiones, información falsa, errores…

—¿Colocaste información falsa?

Respondí muy aireada:

—Claro que no, pero tengo curiosidad por saber qué ocurriría si ese fuera el caso.

Pensó sus palabras, el mago jamás emitía un juicio que no pasara antes por el tamiz de la razón:

—Lo más seguro es que se levante un Acta y un Tribunal Disciplinario se encargue de la sanción. La honestidad es una de las cualidades más preciadas de un mago o una hechicera. No avalaría jamás una mentira y creo que tampoco los jueces del Tribunal. La expulsión con deshonra de seguro sería la sentencia.

Las palabras del mago no hicieron más que poner en evidencia lo terrible de mi falta y yo que pensaba que con una simple confesión iba a ser suficiente. En ese punto, transportada por la imaginación, me vi otra vez en el suelo empedrado de la Sala del Tribunal, en donde meses atrás una turba de magos vociferaba en contra mía, con Leonardo y Duprina como principales acusadores. ¿Otro juicio? Esta vez, a lo mejor, no estaría Americus para salvarme. A partir de ese momento, la cena no me pareció tan animada. La perspectiva del castigo tuvo el efecto de quitarme el hambre. Leonardo apretó mi brazo para sacarme de mis abstracciones:



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En el texto hay: hechizos, hechiceras, romance

Editado: 13.02.2026

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