Cinco largas horas hacía que estaba postrada en el lomo de Bien, aferrada a las riendas como un náufrago a un salvavidas. Exhausta, por el doble esfuerzo de mantenerme erguida en su lomo y resistir al mismo tiempo sus intentos de expulsarme, nos hallábamos enfrascadas en una guerra silente que se desarrollaba a espaldas de Leonardo. Entonces, llegamos a un punto en donde el camino terminaba y una vereda de tierra se adentraba en la montaña. La potra trotaba levantando tierra del camino. Tuve la certeza de que el animal levantaba mucho más polvo de lo normal, con la intención de ensuciarme de pies a cabeza.
Leonardo, delante de mí, recorría la vereda con mucha gallardía. Hubo un instante durante el recorrido en el que Bien se plantó en la orilla de un precipicio e inclinó su cabeza, dejando a mi vista un despeñadero de piedras grisáceas, muy filosas. Mi cuerpo, estremecido por la sensación de vértigo y la expectación de una inminente caída, se sacudió de estupor y miedo.
Entonces, Bien, se volteó y dijo:
—¿Ahora quién es la ridícula? —y alejándose del abismo se incorporó a la ruta.
Tuve la sensación de que fue la presencia de Leonardo lo que evitó que me arrojara al precipicio y desde ese momento, me abstuve de emitir comentarios adversos.
Después de los abismos y las montañas, el enrejado vegetal se hacía menos denso y vi las primeras casas de piedra con sus techumbres rojizas y huertas sembradas de hortalizas y verduras. El aire limpio y húmedo tenía un aroma frutal. Reavivado mi ánimo por la frescura del ambiente, resurgió mi espíritu aventurero. A lo lejos reconocí las imponentes estructuras de La Fortaleza, con sus amplios muros de gavión, turgentes y corpulentos cual titanes. El sonido de las olas marinas me alertó de la cercanía del mar.
Recién anochecía cuando llegamos a la villa, un pequeño poblado en las afueras de la ciudad. Estar allí fue como dar un salto atrás en el tiempo. No había alumbrado eléctrico y toda la iluminación era provista por el claror de la luna, el refulgir de las estrellas y los farolitos de kerosén que se asomaban por las ventanas de las casas. Algunas hasta tenían carretas estacionadas al frente. La vestimenta de sus habitantes era diversa, atuendos modernos se combinaban con ropajes de principios de siglo, todo un carnaval de colores y estilos. Y como resultado de esta dicotomía de la moda, no era extraño encontrar a un caballero vistiendo una armadura de hierro oxidado por pantalón con una franela terracota de Lacoste, o a una dama con enaguas de encaje francés bajo un vestido de Carolina Herrera. ¿Cómo llegaban estas prendas hasta aquí? Era todo un misterio. Muy vanguardista era la villa en cuestiones de la moda, no así en cuestiones de la moral, como descubrí tiempo después.
A paso lento atravesamos el pueblo por la calle principal, Leonardo de vez en cuando miraba hacia atrás para asegurarse que yo continuara aún sobre la yegua. Por mi parte, hice esfuerzos sobrehumanos por mantenerme erguida sobre el musculoso espinazo, mientras la yegua hacía igual esfuerzo por hacerme parecer como un adefesio.
En una esquina se hallaba la Biblioteca y por allí dobló Leonardo hacia la derecha, apresuré a Bien hasta colocarme a su lado. A pocos metros, se detuvo. La casa era blanca y parecía construida con salina de mar, las ventanas estaban cerradas. El mago se apeó y, con una amabilidad inusitada, se acercó a la yegua y amarró las riendas a una estaca de la acera. Me tendió los brazos para ayudarme a bajar. Tan delicado fue el contacto, que experimenté una felicidad absoluta y durante esa milésima de segundo los enigmáticos ojos me miraron con la pasión de un enamorado; pero el momento apenas duró un segundo hasta que mis piernas tocaron tierra. Esfumada la magia del instante, Leonardo retomó el inexpresivo rostro que portaba usualmente, y advirtió:
—Te voy a presentar a las amables personas que se encargarán de ti, pero, por favor, trata de no mofarte de sus nombres ¿De acuerdo?
Asentí con un leve movimiento de cabeza, pero no dejaba de pensar en sus palabras. ¿Tan feos eran los nombres que se hicieron merecedores de semejante advertencia? ¿O acaso Leonardo solo pretendía aconsejarme que modulara mis palabras? En todo caso, pronto lo sabría.
De un jardín lateral salió una señora de alta estatura, expresión sombría y flácida cara. Llevaba un vestido negro prieto que le cubría los brazos y el cuello por completo. Unos círculos grisáceos colgaban debajo de sus ojos, con cejas tan espesas que casi se juntaban con las pestañas. Detrás de ella, venía un señor regordete, de tez redonda, que le costaba mantener el paso porque el peso lo bamboleaba hacia delante y hacia atrás.
Leonardo hizo las presentaciones:
—Camila, tengo el gusto de presentarte a la señora Severa y a su esposo, Infortunio.
Por un instante, pensé que se trataba de una broma. Razón tuvo el mago en advertirme. ¿Pero qué les pasaba a estas gentes con los nombres? ¿Acaso no sabían de la existencia de los Pedros, las Marías, los Juanes o los Ramones? El nombre es una sentencia con la que vivimos cada día de nuestras vidas. Y puesto que la sentencia es promulgada por los padres, ¿No deberían acaso considerar con más detenimiento las consecuencias de un nombre mal puesto? Severa llamó a sus hijos para presentarlos:
—Camila, estos son nuestros hijos, Víctor José, Víctor Rafael y Víctor Andrés.
Los hijos eran tres muchachos esqueléticos, con el cabello ensortijado, vestidos de la misma manera, con los mismos ojos, las mismas bocas, las mismas narices y los mismos modales. Y su uniformidad se reflejaba no solo en la vestimenta, sino también en el carácter. Cuanto decía uno, lo secundaba el otro y el otro. Cuando se reía uno, se reía el otro y el otro. Con tanta homogeneidad se me haría difícil reconocerlos por separado. A la larga, para evitarme confusiones, optaría por llamarlos por el primer nombre, Víctor, y hablaba siempre con el primero que acudiera.