La Aprendiz de Bruja

4. El Aprendizaje

Víctor José, violando el Artículo N° 2 del Reglamento de Convivencia, se acercó un día hasta mi habitación, a eso de las 9:30 p.m., para entregarme una carta que recogió de la oficina de correos en horas de la tarde. No había podido entregármela porque estuvo en el pueblo todo el día; pero como sabía lo melancólica que estuve esa semana por no tener noticias de mi familia, tocó a mi puerta y me la entregó.

En mi cama, miré con detenimiento el sobre y reconocí la escritura menuda de Beatrice en el remitente. Enseguida la abrí y leí:

“Querida Camila,

Han pasado cinco días desde que te fuiste y aún no sabemos nada de ti. ¿Recuerdas tu llamada desde Bourlox? Prometiste mantenerte en contacto y escribirnos a diario. Supongo que el que hayas viajado a esa tierra medieval, donde no existen medios modernos de comunicación tiene mucho que ver con tu silencio. ¡Si supieras cuánto te extrañamos! Y de tanto extrañarte, surges de continuo en nuestras conversaciones:

—¡Ay! ¿Cómo estará Camila? —dice Mariana, suspirando y lanzando la pregunta al viento, pero como ni el viento ni nosotras tenemos la respuesta, la pregunta se repite siempre en el desayuno, en el almuerzo y en la cena, cambiando solo la interlocutora que lo pronuncia. Paso para explicarte: en el desayuno, antes de ingerir el primer bocado, es Marianita quien se pregunta sobre tu paradero, en el almuerzo, entre la sopa y el plato fuerte, es la negrita Salomé y para cerrar el periplo, en la cena, después del café, es Ño Josefina quien hace los honores. Yo, por mi parte, no me pregunto ni me uno a este rito inquisitivo sobre tu paradero, no por falta de amor o interés, sino porque tengo el firme convencimiento de que por más que preguntemos, el viento no responderá. Este ¿Cómo estará Camila, se repite a lo largo del día con ligeras variaciones: ¿Escribirá Camila hoy?, ¿Saben algo de Camila? o ¿Qué le pasará a Camila? Pero todas estas preguntas, por muy diferentes que parezcan proceden todas de la misma raíz, o sea de la pregunta original que te comenté en un principio.

Como yo sí cumplo mis promesas, te escribo y te narro los hechos, ya que a mi parecer, tú, allá en la tierra medieval, también debes estar preguntándote ¿Cómo estará Beatrice?, o ¿Cómo estará Mariana?, ¿Escribirá Salomé hoy? Y sé que no te preguntas ¿Escribirá Ño Josefina hoy? porque tanto tú como yo sabemos que ella no sabe de letras ni escrituras. A continuación, paso a contarte lo acontecido durante la semana, en orden de ocurrencia:

El lunes siguiente a tu partida sucedió lo más maravilloso que puede acontecerle a una joven y no adelantes conjeturas pensando que hablo del amor, que, como tú bien sabes, tiene un lugar muy bajo en mi lista de prioridades. Ese día el abogado Linares llegó muy temprano a la casa portando su corbata de lacito de tafetán rojo y su maletín de cocodrilo verde. ¿Te acuerdas? ¿Aquel que solíamos inspeccionar a ver si en alguna parte le conseguíamos los dientes? Bien, el abogado se encerró con Ño Josefina en el antiguo estudio del abuelo y hablaron un largo rato. Durante ese largo rato, Mariana y yo nos preguntábamos sobre el motivo de tanta encerrona.

En este punto, me imagino que te estarás preguntando por Salomé, bueno, ella estaba en la escuela, ¿por qué nosotras no? ¡Calma y paciencia! Todo tiene su explicación expedita. ¿Recuerdas las goteras del ala norte del colegio, aquellas que cuando llovía el Padre Sebastián perseguía con una cubeta de metal? Bueno, finalmente la Junta Escolar decidió ponerles punto final y yeso a las grietas del techo y por esa razón tuvimos un día libre, para que los obreros realizaran su trabajo sin la preocupación de estar derramando yeso sobre nuestras cabezas. Por eso estábamos en la casa al momento en que el abogado Linares llegó. Volviendo al suceso inicial, te cuento que estuvimos intrigadísimas y no fue hasta que nos llamaron para participar de la reunión, cuando se develó el misterio. Linares, sentado en el escritorio, con una cara muy grave, unos lentes muy pequeños que flotaban en la punta de su nariz y con el cocodrilo abierto de par en par sobre la mesa, sacó un sobre marrón que procedió a abrir. Ño Josefina lo miraba con mucha cautela desde el sillón y nosotras, de pie, mudas de expectación. Jamás adivinarías lo que sacó Linares de ese sobre tan chiquitico, tan ínfimo, tan poquita cosa. Y como ya me imagino que estarás tan expectante como nosotras, te revelo el enigma sin que tengas que esperar: era una tarjeta de crédito, una plateada, de esas que no límite, con la que puedes comprar desde un sostén hasta un apartamento. Camila, no sabes la emoción con que la recibí. Enseguida, Linares habló algo sobre responsabilidad, cuidados y obligaciones, pero la verdad era que yo no lo escuchaba; y no lo escuchaba porque mis pensamientos hablaban más alto que su boca y lo que mis pensamientos gritaban eran mucho más interesante que lo que Linares decía. Como sea, decidí hacer caso a mis pensamientos, que al fin y al cabo están todo el tiempo conmigo y en cambio a Linares lo veo solo de vez en cuando.

Linares también dejó una para ti, al igual que una para Mariana, pero pienso, y corrígeme si no estoy en lo cierto, que donde estás al no haber teléfonos, ni computadoras ni faxes, mucho menos tendrán puntos de venta ni centros comerciales.

¿A que no adivinas lo que pasó el martes? Verás, como yo estaba muy ansiosa por comenzar a usar mi plateada (como cariñosamente la bautizamos Marianita y yo), nos levantamos muy temprano y fuimos a Zoe’s, el centro comercial nuevo de la Av. 5. Allí todas las tiendas nos esperaban. Entré a una grande para comprar un conjunto de mezclilla. No sabes lo emocionante que es comprar con tarjeta de crédito, es como tener una varita mágica que hace realidad todos tus sueños.



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En el texto hay: hechizos, hechiceras, romance

Editado: 02.03.2026

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