La Aprendiz de Bruja

5. Las Clases

De vuelta al pueblo, al cobijo de la oscuridad de mi habitación, reflexioné sobre lo que sería mi aprendizaje ahora que Duprina estaba a cargo. Sus lecciones versarían muy poco en la magia y mucho en la venganza. De pronto, se abrió la ventana y el viento entró soltando un papel sobre la cama. Intrigada, lo levanté y lo leí:

“Tu amor entre las brumas me empuja,

brumas del desconsuelo.

Me aprisiona el fantasma de los celos,

porque en las noches que tu ausencia torna negra

se esconde la agonía de mi doliente corazón.

¿Me consolarías con un beso?

Sin corazón ¿Puedo vivir?

Vivir no puedo.

¿Acaso vive el gorrión de alimento desprovisto?

¿Vive el sendero sin los pies que lo caminen?

Eres tú mi sendero y mi alimento

y por eso vivir sin ti no puedo”

No tenía firma. ¿Quién me enviaba esos versos? ¿Era Leonardo? Existía la posibilidad, pero también era probable que provinieran de Dorian. Ninguno de los Víctores escribía de esa forma. ¿O se trataba, acaso, de algún admirador secreto? Me dormí con el papel en el pecho, elucubrando teorías sobre la identidad de mi pretendiente.

Me levanté justo a tiempo para acomodarme y bajar a tomar el desayuno, a las 6:30 a.m., tal como lo establecía el Reglamento de Severa. Ahora que inicié las clases, los paseos mañaneros con los Víctores quedaron suspendidos hasta nuevo aviso. Cuando salí de casa, una carreta me estaba esperando. Llegué a La Fortaleza a las 8:30 a.m., y los alumnos estaban reunidos con sus tutores en un salón de la planta baja. El ambiente era bastante informal, con grupos desperdigados por toda la sala, con gran bullicio y algarabía. Un instructor podía tener de uno a tres estudiantes. Ni Leonardo ni Dorian se veían por ninguna parte. Esperaba a Duprina, pero no aparecía. Mientras tanto, los tutores entregaban el programa de estudio que utilizarían durante el año a sus aprendices. La muchacha asiática de la fiesta, se me acercó.

—¡Hola! —dijo—¿No ha llegado tu tutora?

—Por lo visto, no. Soy Camila —contesté, presentándome y alargando mi mano para estrechar la suya.

La muchacha con una leve reverencia dijo:

—Soy Sashui. Mi instructor es un hombre montuno y taciturno que se llama Latus. Me dejó los materiales y se fue.

—El mío es una serpiente que se llama Duprina y no ha aparecido, así que no tengo ni materiales ni nada.

La conversación en la que nos embarcamos fue divertidísima. Sashui tenía un sentido del humor muy especial, que no se sustentaba en burlas. Era un humor limpio, pulcro, asentado en ingeniosidad y precisamente por eso, se recibía con agrado, igual que una brisa fresca en verano. Venía de Indonesia, era de origen humilde. Sus padres eran agricultores y tenían una pequeña finca en la isla de Lambok. Sashui poseía un excepcional talento para la elaboración de pociones y amuletos. Americus la descubrió en uno de sus viajes a la isla cuando recolectaba hierbas exóticas. Después de convencer a sus padres del gran potencial de Sashui en los asuntos de la magia, estos accedieron a que ingresara en el Instituto; y allí estaba, codeándose con aprendices y hechiceros lejos de su Indonesia natal.

Luego de una hora, los tutores reunieron a sus aprendices y se alejaron hacia sus respectivos salones. Sashui se despidió. Duprina no apareció.

—Así que aquí empieza tu venganza, dejándome plantada.

Reuní mis enseres y decidí regresar a pie hasta la casa para darme tiempo a pensar cómo enfrentarla. A medida que bajaba la vereda, los vientos marinos traían consigo su intenso sabor a sal. Algunos campesinos pasaban con sus carretas y me saludaban, quitándose el sombrero, otros vendían frutas en la vía y me hacían guiños con los ojos, pero mis pensamientos volaban lejos y no tenía tiempo para cordialidades.

Al llegar a la casa, encontré a Severa en el porche recogiendo hojas secas. Al verme llegar tan temprano, enseguida indagó:

—¿Qué pasó? ¿Te sientes mal? —me interrogó con preocupación.

Suspiré y respondí:

—Tengo un gran problema, bueno en realidad son más de uno; pero el que me preocupa ahorita es el primero, más que el segundo. Aunque el tercero de vez en cuando me deja sin dormir.

Severa había apilado una buena parte de las hojas al borde de la acera, dejó el rastrillo de lado, me tomó del codo y me urgió a entrar a la casa, mientras acotaba:

—No entiendo lo que dices, pero no hay nada que una buena taza de té no disipe —y uniendo el dicho a la acción, fuimos a la cocina en donde montó la tetera al fuego, sacó del gabinete dos enormes tazas blancas con un diseño floral a juego con la tetera y les colocó dos terrones de azúcar y una bolsita de un aromático té de jazmín y naranja. Cuando la tetera refunfuñó sus vapores, Severa la retiró del fuego y vertió el agua en las tazas. Durante toda la operación, que duró menos de cinco minutos, yo tomé mi lugar en la mesa, Severa me acercó el tazón y se sentó a mi lado.

Razón tenía Severa de alabar a las propiedades del té de jazmín y naranja, porque al primer sorbo se desataron los secretos de mi boca. Y hablé sin guardarme nada, mientras Severa me escuchaba como escucha un cura a un feligrés en confesión. De primera, salió la mentira y mi vergüenza por haber actuado de esa forma, después hablé de Duprina y su venganza, y por último, hablé de mis sentimientos por Leonardo, incluyendo el episodio de los versos de mi admirador secreto.



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En el texto hay: hechizos, hechiceras, romance

Editado: 02.03.2026

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