La Aprendiz de Bruja

6. Un Viejo Amigo

Las dos primeras semanas pasaron rápido y Severa se mantuvo fiel a su promesa de instruirme en los asuntos de la magia. Cada día, a las 6:30 p.m., nos reuníamos en el salón del patio y nos sumergíamos en el mundo de los amuletos, los aquelarres y los brebajes. Esas pocas horas que Severa dedicaba a la magia produjo una alteración en el Reglamento interno de su República: ni a Infortunio ni a ninguno de los Víctores se les permitía acercarse al área mientras estuviéramos en prácticas. En un principio, pensé que la regla se aplicaba con el fin de evitarnos interrupciones, pero más tarde Severa reveló el verdadero motivo: íbamos a manejar fuerzas sobrenaturales que podrían afectar a los habitantes de la casa. Por ello, era necesario poner distancia para evitar transformaciones indeseadas. Ninguna quería ver a Infortunio convertido en sapo o algún Víctor como un chivo u otro animal.

Una tarde me hallaba en mi habitación preparándome para mi lección, cuando Severa se presentó en mi puerta anunciándome una visita. A pesar de mi insistencia, se rehusó a informarme la identidad del visitante. Con renuencia me dirigí a la sala, intrigada. ¿Sería mi admirador secreto? ¿Se habría cansado de los versos y venía a profesarme su amor en persona? Pensé en Cupido y en las locuras que preparaba para mí. ¿No le bastó con sembrar en mi corazón la semilla de un amor por un mago que ni siquiera nota mi presencia? Cupido, como agricultor de corazones eres nefasto. ¿Por qué no sembraste la semilla también en el corazón de él? Así el amor hubiera sido correspondido y yo no estaría sufriendo la desdicha del desamor.

Al llegar a la sala, había terminado mis elucubraciones sobre el amor y me sorprendí gratamente al contemplar a mi amigo persa, Batam-Al-Bur, vistiendo sus inconfundibles pantalones bombache color olivo, su chaquetón adornado con piedras preciosas y su turbante fucsia arremolinado en su cabeza. Como siempre, llevaba anillos en cada uno de sus dedos y un cinturón de plata que apretaba su cintura. Al verme, se levantó, corrió a mi encuentro con los brazos abiertos y me apretujó. Largo rato estuvimos unidos intercambiando cálidos y amistosos abrazos y almibaradas frases de salutación.

—¡Batam-Al-Bur!

—El mismo que pinta y calza —dijo con una reverencia.

—¡Qué agradable sorpresa! —y pellizcándole el antebrazo, proseguí con un reclamo—¿Dónde te habías metido? Tenía seis meses sin saber de ti. Así no se trata a los amigos, Batam.

—Lamento la tardanza, querida amiga. He estado muy ocupado recorriendo el mundo. Después de todo, estuve encerrado por cincuenta años. Ya sabes cómo se agravan mis dolencias con el encierro; pero la libertad me ha llenado de vida. Mis alergias han disminuido, la migraña ya casi ha desaparecido y las molestias respiratorias se han retirado en gran medida. Sin embargo, a pesar de todo, siempre me mantuve al tanto de los eventos de tu vida y la de tus hermanas a través de Americus.

Lo miré con extrañeza en un principio, después con enojo:

—¿O sea que has estado en contacto con él y no conmigo? Eres un bribón y un desagradecido ¿No pudiste llamar por teléfono, mandar un fax o un email? ¡Tremendo amigo que resultaste ser!

El genio puso distancia entre nosotros, refugiándose convenientemente detrás del sofá.

—¡No te enojes! Mi ausencia no fue deliberada, te lo juro. Es solo que el mundo es un lugar tan maravilloso que quise recorrerlo todo y no me di cuenta del paso del tiempo. En algunos países, coincidí con Americus y te aseguro que siempre pregunté por ustedes y me alegré mucho cuando me dijo que fuiste aceptada como aprendiz. Sé que te irá muy bien, siempre pensé que tenías cara de bruja. Bueno, no es eso lo que quise decir. Lo que intento decir, sin mucho éxito, es que tienes actitudes y vocación de hechicera. ¡Ay, Dios! Estoy diciendo sandeces. Me duele la cabeza.

Me acerqué al genio para abanicarle un poco de aire en el rostro para aliviar su dolencia. El esfuerzo rindió frutos porque unos minutos después su tez recobró el tono bronce de su piel. Por mi parte, dejé de lado mis reproches porque el genio había demostrado ser un amigo entrañable y fiel. Además, su presencia no podía ser más oportuna.

Hasta el momento, las clases de Severa habían sido teóricas, pero ya íbamos a iniciar las prácticas, para lo cual me entregó la lista de los materiales que, por supuesto, yo no sabía dónde conseguir. Así que la presencia de mi amigo me vino como anillo al dedo.

—¿Te quedarás mucho tiempo? Hay un asunto en el que necesito tu ayuda. Además, tengo mucho que contarte, Batam, y me haría bien escuchar tu opinión sobre un asunto—dije en tono lastimero.

El genio, entusiasmado, me informó que estaría en Eisenbaum un buen tiempo, porque Americus lo invitó a pasar una temporada en La Fortaleza. Y teniendo en cuenta que era un genio sin amo, sin ocupación, ni novia no vio motivo para no aceptar su invitación.

—Estoy a tu disposición, Camila. Me estoy quedando en La Fortaleza, en una lujosa habitación en donde esperó disfrutar del relax de unas vacaciones.

Después de su interlocución, lo puse al tanto de todos los acontecimientos de mi vida ocurridos durante los pasados seis meses, usando las mismas frases que usé en mi confesión con Severa. El genio me reprendió de forma similar a la de ella; pero al final se condolió de mi pena y me dejó tranquila.

Entonces, para poner fin a la tanda de reprimendas, saqué la lista de los materiales y se la entregué para que la leyera. De seguro, el genio sabría en dónde encontrarlos. Decía así:



#1556 en Fantasía
#289 en Magia

En el texto hay: hechizos, hechiceras, romance

Editado: 02.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.