Me mantuve alejada de La Fortaleza porque Duprina no asistía a clases, pero Sashui me visitaba con frecuencia y me mantenía al tanto del adiestramiento.
—La semana que viene iniciarán las clases grupales. Puedes ir a La Fortaleza y asistir, sin importar si Duprina está presente o no. Los tutores terminaron su labor, ahora les toca a los instructores —me dijo la asiática muy entusiasmada.
Me alegró mucho escuchar la noticia, aunque resentí el hecho de haberme perdido esa parte de mi enseñanza, al menos la compensé con los conocimientos de Severa. Me enseñó lo que recordaba de la magia y yo iba adquiriendo destrezas que me ayudarían a convertirme en una buena hechicera.
Esa tarde, armada con la lista de materiales que tanto trabajo, sudor y mentiras me costó adquirir, me dirigí al patio y bajé las escaleras saltando los escalones de dos en dos. Severa estaba parada junto a la mesa, con un caldero de cobre al frente. Alrededor se apilaban frascos de diferentes tamaños y colores. La mujer vestía una túnica negra y el clásico sombrero en forma de cono que usan las brujas. Me señaló una túnica similar que estaba en una silla, y con señas me indicó que me la pusiera. La emoción de vestir por primera vez mi propio atuendo de bruja fue indescriptible. Cuando me vestí y me calcé el sombrero, mi libro de magia, que se encontraba sobre la mesa, se abrió de par en par y sus páginas pasaban como si un ventarrón las estuviera moviendo. Se detuvo en la página 73.
Ambas nos acercamos. El libro nos mostraba un conjuro muy extraño. Severa leyó cada palabra; al finalizar, dijo:
—Parece que después de todo tendremos que cambiar de planes. El libro nos está mandando un mensaje. Este hechizo es de protección. De seguro tus sospechas sobre Duprina son ciertas. ¿Cómo te fuiste a meter con el novio de una bruja negra?
—¡Pero si yo no hice nada! —grité con voz agitada.
En ese momento, la bola de cristal que estaba colocada en uno de los gabinetes de cedro, tintineó. Abandonamos la inspección del libro y nos acercamos a la bola que nos mostró un paisaje boscoso que en cuestión de segundos se tornó oscuro, poblándose de inmediato de horrendas nubes. Entonces, el tintineo fue subiendo en intensidad, tanto que la bola saltó del mueble y se estrelló contra el piso. Por fortuna, no se rompió.
De repente, un relámpago impactó el patio, hizo que la puerta se abriera y entrara un fuerte viento que arrojó las cartas del tarot al piso. Todas quedaron boca abajo, a excepción de dos: el arcano de El Diablo y el de La Muerte.
Las miré con terror y dejé escapar un grito:
—No soy una hechicera, pero hasta yo me doy cuenta de que esto no es bueno.
Severa miró la escena con asombro:
—Jamás vi este tipo de manifestaciones tan contundentes, al menos no al mismo tiempo. Ten mucho cuidado, Camila. Debo averiguar qué hechizo usó Duprina contigo. ¿Estás segura de que es la culpable? ¿No es posible que tengas otros enemigos?
—¡No lo creo! La vi con mis propios ojos en el cementerio. Estoy segura de que estaba realizando un hechizo contra mí. Es vengativa, lo veo en sus ojos. Hará todo lo posible para perjudicarme y alejarme de Leonardo y de Eisenbaum.
—Por lo que veo, quiere más que eso. Quiere desaparecerte de la faz de la tierra. Vamos a trabajar en este hechizo de protección. Pero te advierto, esto es solo temporal, debemos averiguar cuál fue el que ella usó.
Enseguida saqué los materiales que traía para ver si alguno servía para el nuevo conjuro. Severa se fijó en la pequeña rana que estaba adherida a la tapa del contenedor.
—¿Y qué hace esa rana allí?
—Es parte de los materiales que solicitaste. ¿No recuerdas?
—Yo no pedí una rana completa y mucho menos una viva. Solo pedí las ancas. Debías ir a la tienda de magia y comprar los materiales. Y gracias a los avances de la química, hay elementos sintéticos que funcionan tan bien como los orgánicos. En estos tiempos modernos, ya no matamos a seres inocentes.
—Pero los Víctores no me dijeron nada. ¿Cómo iba yo a saber que existe una tienda de magia?
—Ellos no saben ni dónde están parados. No te dije porque supuse que sabías. Queda al lado de la Biblioteca.
—¿Y con qué dinero se paga?
—Usamos el trueque. Y los muy ricos pagan con oro.
Cuando ya iba a protestar para denigrar de este sistema de pagos tan arcaico, recordé las palabras de Leonardo sobre el respeto hacia las costumbres del pueblo; así que me contuve. Severa ordenó:
—Ahora ve y saca a esa rana de aquí.
El anfibio me observaba con sus ojos saltones y una parte de mí se sintió aliviada de no tener que desprenderle sus ancas. Enseguida la tomé, subí las escaleras y la liberé en el patio de naranjos.
Al volver, vi que Severa había puesto el caldero al fuego. Vertió agua, deshilachó unas hierbas de cilantro y hierbabuena, agregó unas gotas de aceite de ricino, unos cristales de sábila y una rama de canela. Batió la mezcla utilizando una cuchara de madera, mientras el brebaje se iba haciendo cada vez más espeso, y pasó de una coloración amarillenta a una grisácea. Fue entonces cuando me preocupé al considerar que tenía que beber aquella pócima de aspecto tan desagradable. La preocupación se tornó angustia cuando terminado el proceso, Severa tomó una porción sustanciosa que vertió en un pocillo.