El silencio de las primeras horas de la mañana le resultaba liberador.
El hombre se levantaba antes que el sol, se bañaba con agua fría igual que el resto de los que vivían en esa vieja hacienda transformada en algo más, arreglaba su cuarto y, después de ponerse su uniforme de conserje desgastado, aunque pulcro, salía con su cinturón de herramientas a dar la primera ronda del día mientras se tomaba un café muy cargado de un termo viejo y de color opaco.
Encendía todas las luces, anotando los focos fundidos en una pequeña libreta; veía el estado de los baños, el número de sillas, el funcionamiento de puertas y rejas, cada futura compostura todo iba a la pequeña libreta.
Al cruzar la cocina, un aroma dulce le hizo detenerse.
—Ya anda caminando como alma en pena, don Tomás —dijo la cocinera mientras se limpiaba las manos en un mandil color ocre.
Todo el mundo la llamaba doña Chona.
Ni ella misma recordaba cuándo habían dejado de llamarla Asunción.
—Alguien tiene que ganarle al sol —respondió él.
—Hoy les hice arroz con leche. Me sobraron unos panes de dulce de ayer. Vaya despertando a los muchachos.
Tomás buscó con la mirada su escoba.
No estaba.
—¿Otra vez me la escondió?
Doña Chona sonrió con descaro.
—Nomás se la pedí prestada.
Tomás negó con la cabeza, tomó un pan de la canasta y encontró la escoba detrás de la puerta.
—Se la voy a esconder, doña Chona.
—Siempre la encuentro —respondió la mujer con descaro, mientras ambos se reían.
El hombre tomó su escoba y, mientras se comía el pan, se alejó de la cocina. Doña Chona notó esa cojera que le había llamado la atención cuando lo vio llegar varios meses atrás.
—Y aun así, muy ágil el hombre —se dijo mientras comenzaba a servir el desayuno en ocho tazones.
—¡Levántense, criaturas de la creación, que ya salió el sol! —decía el hombre, pegándole levemente las puertas de un largo pasillo en donde se distribuían las habitaciones de los huéspedes—. ¡Hay arroz con leche y panecito!
Apenas iba a darle el golpe leve a la última puerta, cuando esta se abrió en exactamente noventa grados y un ser, con cabeza de araña y varias patas saliéndole de la espalda, pareció deslizarse sin tocar la puerta y se puso de pie frente al hombre, estirando la mano humana mientras con los tres pares de ojos observaba la escoba del conserje.
—No se preocupe, joven Hilario, no es la escoba de la cocina —mintió, mientras estiraba su mano y, sin tocar la del ser araña, fingía que lo saludaba—. Que hoy sea un día ordenado como los otros.
El resto de las puertas se abría, dejando salir a seres similares, tan diversos como animales tiene el mundo.
—¿Mi silla está dispuesta en ángulo recto de la ventana sur? —preguntó Hilario, quien sacó una pequeña bola con su hilo y comenzó a tejer por centésima vez algo que ni él mismo recordaba que intentaba ser.
—Descuide, joven, la misma silla y el mismo ángulo de siempre, aunque el día es muy fresco, eso sí.
—¿Por qué es fresco, don Tomás? —preguntó una mujer ardilla, menuda y delgada, que había salido con rapidez de su habitación, verificando que todo estuviera bien cerrado un par de veces.
—Porque es de hoy, señorita Elena.
La carcajada ronca de un viejo y negro lobo se dejó escuchar desde el fondo del pasillo.
—Ese chiste lo entendí.
—Pues sí, Evaristo —respondió una joven ciervo con una enorme cornamenta que apenas la dejaba moverse. Con voz lenta y pausada agregó—: es un chiste de viejito.
Todos soltaron una carcajada.
El conserje fingió enojarse mientras abrazaba al lobo.
—Señorita Amelia, espero que hoy sí se decida a desayunar, así como es buena para burlarse de nosotros los viejitos.
El lobo se rió y, mientras caminaba hacia el comedor, dijo:
—Si no te cabe, no repartas, Tomás.
El conserje sonrió cuando la ciervo asintió y siguió al resto de seres al comedor... pero faltaba uno.
En la puerta abierta de una de las habitaciones, un adolescente con cabeza de pulpo azul grisáceo miraba alternadamente a izquierda y derecha, mientras los brazos tocaban todo alrededor, sin decidirse a salir de la habitación.
—Es un día seguro, no llueve y no hay sol, Doña Chona hizo tu plato favorito, Nicolás, Estoy aquí cuando estés listo —dijo el conserje, dejando al joven tocar su cara, escoba y herramientas con sus tentáculos.
Después de un rato, sin verlo a los ojos, el chico avanzó bajo la sonrisa del conserje hasta el comedor.
Después de barrer el pasillo y asegurarse de que todas las habitaciones estuvieran funcionando bien, caminó al comedor, en donde, en medio de un silencio atronador, los habitantes de la hacienda comían con la vista en el plato. La cabecera de la mesa hacía ver la razón.
Un viejo con bata de doctor hablaba sin parar de la importancia de la limpieza y la disciplina. Era el doctor Arturo Baeza, encargado del tratamiento de estos seres.
Con una libreta llena de anotaciones clínicas, ni siquiera levantó la vista del cuaderno cuando habló.
—La rutina reduce la desregulación.
No le respondió nadie.
—La previsibilidad disminuye las conductas disruptivas.
Hilario seguía tejiendo. Nicolás observaba fijamente el vapor que salía del arroz con leche, mientras Amelia daba vueltas a la cuchara sin probar un solo bocado.
—La disciplina produce mejores resultados que la indulgencia.
Tomás ocupó discretamente el último lugar de la mesa.
Baeza levantó la vista apenas un instante.
—Tomás, los empleados desayunan en la cocina.
El conserje hizo una exagerada reverencia.
—Como usted ordene, doctor Baeza.
Los habitantes de la hacienda rieron por lo bajo, mientras el conserje caminaba hacia la cocina y se sentaba junto a doña Chona.
—Otra vez este nefasto —dijo doña Chona por lo bajo—. Yo sé que no soy doctora, pero mis muchachos están mejor cuando no viene ese viejo horrible.
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Editado: 14.07.2026