La Arboleda

La avecita.

La niña intentaba concentrarse en su respiración.

Era fácil saberlo porque el zumbido de sus alas de colibrí era menos intenso.

Su madre la observaba desde el asiento de la conductora con angustia; no estaba segura si había entendido a dónde iban, pero la niña intentaba reducir el zumbido de sus alas porque lo había entendido muy bien.

—Es un lugar donde podrán saber qué te pasó, mi niña —había dicho la madre mientras intentaba obtener una respuesta de esos pequeños ojitos negros en medio del largo pico de colibrí que le había salido a la niña una mañana, en la que no paró de revolotear por la casa con sus alas recién descubiertas.

La madre intentaba contener las lágrimas, mientras intentaba concentrarse en el camino.

El camino de tierra lleno de niebla le dejó ver a la niña colibrí, entre las gotas condensadas en la ventana, una gran hacienda, con enormes patios, un gran jardín y edificios de color verduzco.

En el jardín los Deimos paseaban.

Alcanzó a ver una mujer ciervo de gran cornamenta, una mujer ardilla que no paraba de buscar algo entre la tierra, levantando su cabeza y orejas en cuanto escuchó llegar el auto de la niña.

Con la rapidez del colibrí, la niña paseó su vista por todos lados, viendo todo lo que podía. No se dio cuenta de que la intensidad del zumbido de sus alas había aumentado.

—Agatha, concéntrate —le pidió su madre entre lágrimas.

La niña obedeció, de nuevo respirando para intentar bajar el zumbido de sus alitas.

"La arboleda", alcanzó a leer.

—¿Qué es la arboleda?, ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué lloras? —empezó a preguntar en avalancha la niña entre zumbiditos de colibrí mezclados con su voz infantil.

La madre no toleró más.

Detuvo el automóvil y volteó a ver a la niña. De nuevo, no sintió que pudiera devolverle la mirada.

—Es un lugar donde investigarán qué te sucede.

—Yo quiero quedarme contigo, mamá.

—No sé cómo cuidarte, Agatha... tu padre... si tan solo él no se hubiera ido... pero no puedo estar todo el día contigo y mantenernos al mismo tiempo, ¿entiendes, mi avecita?

Agatha empezó a zumbar más fuerte.

Sus alas eran imposibles de ver de lo rápido que aleteaban. Empezó a gritar de forma aguda, empezó a arrojar todo lo posible, incluso golpeó a su madre en medio de su ira.

El sabor a metal de la sangre hizo que la madre, con gesto agotado, comenzara a buscar un modo para calmarla, con palabras, intentando hacer que la escuchara.

Después de veinte largos minutos, la niña pareció calmarse.

La madre no hizo nada más, hasta que la niña le estiró los brazos y ella la abrazó, suspirando, mientras seguía llorando.

—¿Ya no me quieres, mamá?

La madre no respondió de inmediato.

La abrazó más fuerte mientras acariciaba su cabecita de ave. No sabía cómo responder.

El tiempo pasó mientras seguían abrazadas.

La madre no logró responder, mientras la niebla poco a poco se desvanecía del camino.

El doctor Baeza se acercó al automóvil después de abrir la reja de la vieja hacienda.

Mientras la niña bajaba del automóvil con su madre, un sorprendido Tomás se aferraba a su escoba desde el amplio patio.

—¿Nunca habías visto a un colibrí, Tomás? —preguntó Evaristo, viendo cómo el conserje parecía querer desvanecerse.

—Yo... no... no sabía que también podían ser aves.

—¡No inventes! —se rio Evaristo—. Nuestro Nicolás no podía ser lo más raro, ¿no crees?

Tomás no respondió.

Siguió barriendo molesto, dejando a Evaristo confundido.




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