La Arboleda recibía la tarde entre destellos de sus antiguos vitrales y los ruidos confusos de la llegada de Agatha.
Desde la cocina, doña Chona alcanzaba a escuchar el alboroto del patio. No necesitaba asomarse para saber que había llegado un huésped nuevo. Siempre era igual: voces, carreras y el tono paciente de Tomás intentando poner calma mientras el doctor Baeza daba órdenes estrictas.
Doña Chona recordó que casi era hora de comer. Aún no pelaba las papas ni preparaba el chorizo y el bistec. Volvió la vista a su cocina, su fortaleza de ollas y sartenes con el asiento negro de tanto uso y amor, con sus mosaicos coloridos que adornaban las paredes con familiaridad, cucharas de madera más viejas que muchos de los que ahí vivían, con sus tazones y platos de barro, todos diferentes, todos especiales para cada uno de los habitantes.
El doctor Baeza, por fin, convenció a la madre de quedarse un poco más para mostrarle a Agatha la hacienda y que pudiera la niña aceptar que se quedaría. Muy a su pesar, le pidió a Tomás que les ayudara.
La mirada del conserje fue extraña. Se acercó a la madre y a la hija, saludó con una gran sonrisa a la niña para levantar la vista y ver a la madre a los ojos.
El doctor Baeza anotó el dato en su libreta sin dejar de caminar a su despacho y consultorio.
"Preferencia inmediata por la figura infantil."
Debía preparar el expediente de la niña, igual de único y complicado como el de los otros seis deimos de La Arboleda.
Doña Chona peló y partió las papas en corte juliana mientras cocía varios chiles huajillos, tomates, ajo y cebolla. Después de sofreírlos, el olor de los ingredientes llenó la cocina, llamando la atención de todos.
Doña Chona se detuvo de pronto. Recordó que Hilario no lograba comer si no se distinguía una comida de la otra. Puso a calentar frijoles mientras cocinaba la parte de bistec y chorizo que le correspondía al joven araña.
—Pobre muchacho, ni siquiera podía tocar la puerta cuando llegó.
Amelia comía mucho, pero mucho más de lo que comía al llegar a La Arboleda. Si Elena tenía cerca de sí suficiente comida, se la acabaría toda, haciéndose cómplice con don Evaristo, gran glotón y cínico.
A Elena tuvieron que doparla para que pudiera dormir la primera semana. Don Evaristo tenía tanto alcohol en el cuerpo que tuvo que pasar la misma semana desintoxicándose en la enfermería.
Doña Chona pensaba en esto mientras servía en el tazón con bordes romos la comida de Nicolás. Sus ocho brazos no necesitaban cubiertos. Ese tazón era el único que podía usar sin hacer un desastre, como el que hizo cuando intentaron meterlo a la fuerza a su habitación la primera noche.
El doctor Baeza repasó los expedientes de sus pacientes.
Depresión mayor, trastorno por consumo de sustancias, trastorno de ansiedad, trastorno obsesivo compulsivo, trastorno del espectro autista, todos con transformación en deimos.
Repasaba las recetas de medicamentos para cada uno, registrando brevemente avances y retrocesos.
Comenzó con el de Agatha, anotando su nombre y edad: nueve años.
Describió su transformación: transformación aviar en forma de colibrí, plumas verdes tornasol en la espalda y cabeza zoomórfica del animal referido.
Después, su conducta. Cómo zumbaba de aquí para allá, preguntas incesantes y sus explosiones de ira.
La primera teoría surgió enseguida: trastorno por déficit de atención con hiperactividad...
Se detuvo un momento.
Escribió "posible" antes del diagnóstico y colocó signos de interrogación encerrando el posible diagnóstico.
No le gustaba aventurar conclusiones.
Doña Chona y el doctor Baeza se vieron, sin saberlo, pensando en la misma persona: Tomás.
"Es impresionante lo mucho que se apega a los pacientes", anotó el doctor en su libreta.
"Podría provocar dependencia iatrogénica", remató, pensando en la influencia de Tomás sobre ellos.
Doña Chona recordó cómo guio a Hilario a su silla del comedor, mostrándole la simetría de la ventana frente a ella, ayudándole a soportar cada vez más tiempo sin su tejido.
Lo recordó preguntándole a Elena si alguna vez había visto caer un meteorito del tamaño que creía podía caerle.
Recordaba cómo hizo un trato con Amelia, prometiéndole no obligarla a hacer nada mientras comiera, se bañara y limpiara su habitación.
Sonrió pensando en los chantajes de don Evaristo y cómo Tomás parecía saber qué decir para sacarle la vuelta a cada intento de conseguir alcohol.
Con Nicolás...
Doña Chona pareció entristecerse al recordar cómo Tomás, furioso, los regañaba a todos, mostrando que al joven pulpo no le gustaba que lo tocaran, logrando meterlo a su habitación solo con palabras, después de varios intentos.
—Ese hombre ha mejorado todo desde que llegó —pensó la amable señora mientras veía cocinarse el chorizo y el bistec sumergidos en la salsa roja.
El doctor Baeza observaba el expediente de Agatha.
No paraba de preguntarse:
—¿Qué necesita esta pequeña para mejorar?
Releía los reportes neurológicos, médicos y sus primeras impresiones, imaginando cómo intervenir, pensando en el papel que ocuparían los demás en su tratamiento, cuando doña Chona llamó a comer.
Todos llegaron sin orden.
Hilario trataba de no tocar nada ni a nadie. Se sentó al final para acomodar su silla en el ángulo correcto.
Después, Amelia y Elena se sentaban con pesadez y ansiedad, una después de la otra.
Evaristo intentaba convencer a doña Chona para que le sirviera más comida.
Y Nicolás, sin mirar a nadie, acariciaba su tazón, pareciendo querer agarrar el humo de la comida caliente.
Tomás llegó con Agatha a su lado.
Doña Chona acercó una silla un poco más alta, en donde la niña podía sentarse sin problemas, y le hicieron un espacio en la mesa.
Mientras la madre de Agatha se sentaba en la cocina para ver convivir a su hija sin intervenir, Tomás acercó un canasto de mimbre lleno de tortillas.
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Editado: 03.08.2026