La oscuridad puede iluminar lo que intentas ocultar en el día, cuando el ruido de los árboles en la noche de luna llena suena como un grito cargado de recuerdos, de nostalgia y heridas viejas.
Evaristo despertó en su cama, sudando. Esa sensación que tenía a diario, ese anhelo por el sabor de la cerveza y el olor a cigarro se iba acumulando hasta que ya era imposible tolerarlo.
Se levantó después de un rato, después de convencerse de que solo sería un trago, después de repasar con su memoria el camino hasta el pueblo... hasta la cantina, hasta su hogar.
Se levantó por impulso. No deseaba seguir pensando, seguir sintiendo todo eso. Sus patas acolchadas de lobo le permitieron salir de la habitación y atravesar el pasillo sin ruido.
No pudo notar la bella luz de plata llenándolo todo. No quiso escuchar el sonido del viento entre las ramas invitándolo a quedarse. Ignoró las puertas de sus compañeros, que se habían convertido en una familia con el tiempo.
Solo pensaba en la primera cerveza.
Solo en eso.
Cuando atravesó el patio y salió al inmenso jardín, un sonido hizo que levantara las orejas.
Era Tomás, barriendo las hojas en silencio.
Parecía no haberlo visto.
Siguió caminando, agazapado.
—¿A dónde vas, Evaristo? Ya es muy noche.
Evaristo pensó en echarse a correr, pero algo lo hizo detenerse.
—Solo vine a tomar aire, Tomás.
Dijo el lobo, enderezándose y caminando tranquilo hacia una de las bancas de madera, cerca de Tomás.
—¿Solo quieres tomar aire? —preguntó Tomás con algo de burla, pero sin perder la calidez.
Evaristo no respondió.
Se dio tiempo de pensar mientras Tomás caminaba hacia la banca y se sentaba junto a él.
No podía dejar de pensar en la primera cerveza.
—Yo también venía a eso, pero ya sabes, no pude evitar ponerme a barrer. Los hábitos son cosa seria, ¿no crees?
Charló Tomás con calma, sin mirar a los ojos a Evaristo.
Solo veía la luna.
—Tomás, déjame salir.
—No te estoy deteniendo, Evaristo.
—Solo será una. Una y me regreso.
—¿Cuántas veces no empezaron así borracheras terribles?
—¿Me estás juzgando?
—Solo quiero entender. No soy Baeza.
—Baeza es un pendejo.
Tomás se rio, haciendo sonreír a Evaristo.
—Sí, pendejazo, pero es el doctor aquí, Evaristo. Una cosa no quita la otra.
—Solo una. Es más, ven conmigo. Hay un putero de lujo donde hay para escoger.
—Tentador, Evaristo... pero no.
—¿Eres joto o qué? —preguntó Evaristo con sorna, provocando de manera coloquial.
—No, Evaristo. Solo que me gusta más estar aquí.
Evaristo se quedó en silencio un rato.
—Si fueras mi amigo, me dejarías ir. Confiarías en mí.
—Precisamente por ser tu amigo, sé hasta dónde confiar en ti.
Evaristo se revolvió inquieto en la banca.
Sentía el dolor en la cabeza y el estómago, como si también los músculos le dolieran.
—Vamos, Tomás. Sabes que soy buena persona y me he portado bien. Solo será una cerveza.
—¿Cuántas veces no le dijiste eso a tu familia?
Evaristo se levantó como si tuviera un resorte en la cola.
Se le erizaron los pelos.
Empezó a gruñir.
Su voz se hizo ronca.
—¡No tienes derecho a hablar de mi familia!
—¿Por qué? ¿Solo tú tienes derecho a dañarlos?
—¡Tú no entiendes, pedazo de cagada! No sabes cómo fue todo, cómo fue mi infancia.
—Sabes muy bien que sí lo sé, Evaristo —respondió Tomás, cada vez más calmado.
Evaristo lanzó un largo aullido.
La única que despertó fue Agatha.
El doctor Baeza no dormía en la Arboleda y los otros habitantes sabían que cada luna llena pasaba lo mismo.
Agatha salió de su habitación asustada.
Caminó el pasillo sintiendo una extraña calidez bajo la luz de la luna.
Tenía demasiado miedo como para volar.
Escuchó la voz ronca de un animal y la voz tranquila de un hombre.
Parada en la entrada del patio, observó a Tomás, tranquilo, con su escoba en las manos, frente a un enorme hombre lobo que amenazaba y lanzaba zarpazos con sus garras.
—¡Déjame salir o te parto en dos!
—No te estoy deteniendo, Evaristo. Es tu decisión.
—¡No soy capaz de tomar esa decisión! ¡Soy una mierda! ¡Soy un monstruo! ¡Lo que te haga será tu responsabilidad!
—¿Es más fácil así? ¿Qué hicieron tus hijos y tu esposa para que los mandaras al hospital?
Evaristo acercó sus enormes fauces a la cara de Tomás, gruñendo.
—Evaristo... deja de mentirte.
El enorme hombre lobo pareció desinflarse.
Se derrumbó sobre la banca de madera.
Tomás se sentó junto a él.
Empezó a hablar como si vomitara las ideas.
Agatha, que aún observaba, no había escuchado en su corta vida tantas groserías y blasfemias.
Tomás solo escuchaba.
Lo acompañaba.
A veces haciendo bromas.
A veces solo diciendo que lo entendía.
Después de varios minutos, Evaristo le pidió a Tomás que lo acompañara a su habitación.
—Tengo miedo, Tomás. ¿Qué tal si nunca dejo de ser este lobo?
—No significa que dejes de ser humano, Evaristo.
—Pero, ¿cómo hago para evitar esta puta necesidad? ¿Cómo sano?
—No hay respuesta fácil, Evaristo. Puede que sea encontrando algo más fuerte que la botella.
—¿Como Dios?
—Eso he escuchado, pero sospecho que puede ser cualquier cosa. Un hijo, un libro... vamos, quizá hasta la misma luna.
—No le entiendo, Tomás.
—¿Qué tal si lo vamos descubriendo juntos? Un día a la vez. ¿Te parece?
El lobo lo miró.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Ya estaban frente a la puerta de su cuarto.
Lo abrazó en silencio.
—Tomás... ¿puedes ponerle candado a mi puerta? Me haría sentir más seguro.
—Claro, Evaristo. Para eso somos los amigos.
El lobo por fin entró.
Tomás escuchó un largo suspiro y luego un llanto pausado.
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Editado: 03.08.2026