El sonido del reloj caía en los oídos de Hilario como bloques placenteros, un "tac" que daba orden, que le daba un ritmo a su tejido; cada "tac" era una vuelta, un hilo que entraba y salía de su creación.
El despacho del doctor Baeza olía a cloro y medicina. El orden de los libros, la pulcritud de la ventana, la decoración de los mosaicos en orden de cuatro por cuatro, las muescas de las patas del escritorio, cuatro desde el piso hasta la tabla del mismo; todo eso era observado al mismo tiempo por los tres pares de ojos de Hilario.
Evitaba mirar al doctor Baeza desde que entró con su café humeante de olla, hecho por Doña Chona en su legendaria olla de barro. Ni el olor ni la taza defectuosa le afectaban a Hilario; prefería concentrarse en eso que en el doctor Baeza, con sus lentes de pasta, su bata de doctor percudida y el incesante rumor de la pluma sobre el papel.
—¿Cómo amaneciste, Hilario? —preguntó sin levantar la vista.
Hilario no respondió.
"Se dificulta el rapport", escribió el doctor en su libreta.
—¿Cómo estás, Hilario? —preguntó por fin levantando la vista.
Los tres pares de ojos del joven lo miraron al mismo tiempo.
—Bien, doctor.
Respondió sin dejar de tejer.
—¿Puedes dejar de tejer?
—No.
El doctor Baeza esperó a que dijera por qué, pero Hilario no lo hizo.
—¿Por qué es tan importante tejer? ¿Qué tejes?
—Aún no lo sé. Si suelto el hilo ya no será el mismo tejido.
"Rigidez intelectual", escribió el doctor Baeza.
—Me gustaría que lo intentáramos, ¿te parece? —preguntó intentando sonreír.
Hilario, con cierta resistencia, dejó sobre su regazo el hilo. Con mucho cuidado tomó sus propias manos, sosteniéndolas con fuerza.
El "tac" del reloj volvió a llenar la habitación.
Se notaba el esfuerzo de Hilario por mantener las manos entrelazadas.
El doctor Baeza evitó que tomara el hilo al preguntar de golpe:
—¿Qué puedes contarme de tu madre?
Hilario apretó las manos más fuerte, hasta ponérselas blancas por el esfuerzo.
Observó entre los "tac" del reloj su hilo y luego al doctor Baeza.
—Era contadora, ¿verdad? —siguió preguntando con la voz más suave que podía.
Hilario miró al doctor Baeza con brillo en los ojos.
—Los números son hermosos —dijo con un suspiro, relajándose un poco—. No mienten, encajan y suenan como música.
—Continúa.
—Mamá me enseñaba a hacerlo cuadrar, a coincidir. No aprendí a andar en bicicleta...
El doctor preguntó con la mirada.
—Los amigos quitan tiempo, mienten, dañan.
"Aislamiento temprano", escribió el doctor.
—Todo tenía que estar muy limpio. La casa siempre olía a jabón Roma... Mamá siempre olía a jabón Roma...
Suspiró antes de continuar.
—El jabón ya no huele igual. Intenté conservar su olor. La envolví en mi hilo.
—Tu madre está muerta, Hilario.
El joven araña lo miró con molestia.
—Eso ya lo sé.
—¿Por qué la envolviste entonces?
—Porque era valiosa para mí.
El "tac" siguió su ritmo en el consultorio, dominando el silencio.
Hilario pareció ponerse más tenso.
—¿Qué pasa si dejas de tejer?
—No lo sé... lo hace más fácil.
—¿Qué hace más fácil, Hilario?
El joven no respondió.
"No hay elaboración del duelo", escribió el doctor en su libreta.
—No sabía a quién llamar —dijo Hilario de pronto—. No supe qué hacer.
—¿Qué quieres decir, Hilario?
El silencio de nueva cuenta, con el "tac" en sucesión rítmica, casi sagrada.
—¿Ya puedo volver a tejer?
El doctor Baeza no pudo ocultar un leve gesto de frustración.
—Sí, Hilario. Puedes retirarte, si gustas.
El joven no se movió.
Solo siguió tejiendo.
Mientras, el doctor Baeza escribía:
"¿Evento traumático como desencadenante?"
Lamentando no poder deshacer la madeja de ideas y recuerdos que Hilario había tejido en su cabeza.
Hilario se marchó.
Ya era hora de comer.
El doctor Baeza decidió comer en su consultorio.
Leyó y releyó sus notas, el expediente, la historia clínica, las fotografías de la madre de Hilario envuelta en un gran capullo.
Se llevó las manos a la cabeza.
—¡¿Qué no estoy viendo, carajo?! —se dijo en sus adentros.
Parecía tan obvio...
pero se le escapaba.
Como el hilo de una araña que se rompe cuando lo tocas.
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Editado: 03.08.2026