La Arboleda

Las visitas.

La mañana de sábado trajo un viento familiar; los árboles parecían cantar con ilusión.

Elena despertó después de dormir pocas horas. Se quedó sentada en la orilla de la cama sin decidirse a bajar, con miles de pensamientos catastróficos en su cabeza.

—¿Y si se pierden?, ¿y si no quieren venir?, ¿y si...?—.

Así iban sus ideas a toda velocidad, sus orejas y nariz de ardilla de un lado a otro, respirando con desesperación.

—¡No!— se dijo, abriendo los ojos—. Tengo que recordar lo que me dijo el doctor Baeza: detener el pensamiento, respirar y preguntar.

Lentamente empezó a respirar, se tranquilizó y se preguntó:

—¿Es posible que se pierdan?... No —se respondió—. Han venido ya otras veces. ¿Entonces a qué le temo?

Se quedó ahí sin poder pensar del todo, sin encontrar su temor del todo.

—Elena, levántate ya.

Escuchó una voz en su puerta. Era Amelia. Su voz se oía distinta, más animada.

—Papá y mamá van a venir.

Elena se levantó de la cama con un impulso. Salió de la habitación con la velocidad de su cuerpo de ardilla. La alta mujer ciervo, con sus pesados cuernos, la estaba esperando. Se había vestido diferente; no traía el suéter de lana que tanto disgustaba a Hilario. Se había puesto un hermoso vestido verde.

—Te ves muy linda, Elena.

Elena no contestó. Solo se puso más nerviosa. Cerró la puerta con velocidad, verificó que estuviera cerrada tres veces y caminó con toda la calma que pudo. Su pantalón de mezclilla hacía un ruido de zumbido al caminar.

—Espérame, hermana —le pidió la enorme ciervo.

—¡No somos hermanas! —respondió con ira la mujer ardilla—. Nuestros padres solo se casaron entre sí.

Amelia se quedó en silencio. Sus enormes hastas parecieron pesarle más. No dijo nada. Se quedó ahí de pie, con los ojos llenos de lágrimas, mientras Elena seguía caminando hacia el jardín, donde Tomás, con emoción, preparaba mesas, limpiaba el patio y acomodaba sillas para las visitas.

—La familia siempre es un problema, ¿no, Amelia? —dijo Evaristo.

La mujer ciervo volteó a ver al lobo. Se veía más viejo, cansado, pero sonreía.

—¿Cómo lo sabrías? Tu familia nunca viene.

Respondió Amelia con crueldad.

—Perdón, Evaristo, yo...

—Es verdad, Amelia, descuida.

La ciervo caminó apenada al jardín, mientras Hilario, que ya había salido de su habitación, decía sin dejar ver su hilado:

—No tenía derecho a decir eso.

Evaristo se encogió de hombros. Iba a decir algo, pero Nicolás, pegándole a la pared, les hizo ver que no lo dejaban pasar. Dando bufidos con gotas de agua, el joven pulpo dijo:

—Mi familia me espera.

Sin ver a los ojos a ninguno de sus compañeros.

Evaristo soltó una larga carcajada después de un rato.

Hilario solo dijo:

—Increíble.

Tomás, con mucho gusto, veía sonriente cómo cada habitante de la arboleda ocupaba una mesa, incluido el doctor Baeza y doña Chona, que ya tenían la costumbre de acompañar a los huéspedes que no recibían visitas. En esa misma mesa se sentaría Tomás, hasta que notó que Agatha no estaba.

—¿Dónde dejaron a la avecita? —preguntó a Evaristo, que solo se encogió de hombros.

El primer impulso de Tomás fue ir a ver dónde estaba, pero el doctor se adelantó.

—Vamos los tres, Tomás. Será mejor.

El conserje, con una mueca, estuvo de acuerdo, ayudando a doña Chona a levantarse de su silla.

La habitación de Agatha estaba cerrada.

El doctor Baeza tocó la puerta con suavidad, notando la preocupación de Tomás y la calma de doña Chona.

—Agatha, es día de visita. ¿No quieres ver a tu madre?

Doña Chona y Tomás reaccionaron entornando los ojos.

La niña respondió con un grito entre el zumbido de sus alas.

—¡Ella me abandonó aquí!

Doña Chona le dio un empujón al doctor y habló con voz tierna.

—Mi niña, te hice agua de horchata. ¿Por qué no sales y te sirvo un vasito?

—¡Tómesela usted, vieja fea!

El doctor Baeza contuvo la risa.

Tomás se veía cada vez más preocupado. Suspiró. Cojeando, se acercó a la puerta, puso la mano derecha en ella casi con cariño y preguntó:

—¿Estás enojada, pequeña?

—¡Qué te importa!

—Me importa porque lo estás sintiendo. Quiero entenderte. ¿Me ayudas a entenderlo?

Doña Chona observaba sonriendo.

El doctor Baeza sacó su libreta, tomando anotaciones.

"¿Apego poco sano a la paciente?", escribió como primera frase.

—Yo quería quedarme con mamá...

Empezó a decir la niña. El zumbido de sus alitas parecía tranquilizarse.

—Ella no me quiere. Por eso me dejó aquí.

—¿Tu mamá te trajo y se fue en cuanto saliste del auto?

—...No. Se quedó a comer y dormir. Se fue al día siguiente.

—¡Ah, sí! Recuerdo que ni te volteaba a ver y parecía una estatua.

—¡No es cierto!... Lloraba mucho. Me llenó de besos y abrazos.

—Agatha, me siento confundido. Eso no suena a una mami que no quiere a su niña. ¿A ti sí?

Un largo silencio.

Un par de zumbidos.

—No —dijo la vocecita de la niña entre un zumbido leve.

Tomás entendía el porqué de la negativa de la niña, pero sabía que debía buscar un modo de hacérselo ver.

Pensó un largo rato.

Ya no sabía qué hacer.

—¿Tomás?

—¿Sí, Agatha?

—¿Puedes evitar que mamá se vaya otra vez?

El doctor Baeza iba a responder.

Doña Chona le dijo que se callara poniendo su dedo índice en sus labios.

—Se lo puedo preguntar al doctor.

—Eso es un no.

Se escuchó el zumbido.

—Puedo descomponerle el coche para que se quede más tiempo —aventuró Tomás—. O la puedo amarrar a la silla para que no se vaya.

La puerta se abrió.

El cuerpo tornasol de la niña brilló con la luz de la mañana.

—¡No le hagas nada a mi mami!

—No haría nada que te lastimara, Agatha.

El doctor Baeza abrió los ojos sorprendido.

"Se confirma vínculo iatrogénico", escribió en su libreta.




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