La Arboleda

Puntos ciegos.

El doctor Arturo Baeza no escribía, no comía, solo observaba a los huéspedes de la Arboleda llevar a cabo sus rutinas, su mirada evitaba a Tomás, que parecía ajeno a todo, sentado en la barra de la cocina junto a Doña Chona.

La comida se le enfriaba bajo la mirada indiferente de la amable cocinera, el silencio de los huéspedes había permeado desde el día anterior, solo Agatha de vez en cuando zumbaba, mientras comía lento con su piquito de colibrí.

Lo que había pasado el último día de visita le dejaba al doctor la opción, que decidir, qué hacer con Tomás, le sorprendió lo poco que sabía de él hasta ese día, se sentía avergonzado por ser un profesional de la salud mental y no tener ni idea de cómo se estaba sintiendo.

Vio su libreta, empezó a escribir, la sensación de la pluma sobre el papel lo separó de todo lo que ocurría a su alrededor.

"Se confirma el vínculo con la niña... pero se entiende la razón."

"Existe un fuerte riesgo potencial en la interacción... pero las intervenciones de Tomás han sido correctas."

"¡¿Por qué me mintió?!"

Miró sorprendido la última frase, no se dio cuenta de que la estaba escribiendo... por primera vez, se dejó ir en la libreta.

"Me vio la cara de imbécil, yo dándole la oportunidad de ayudar y él no es sincero con su vida, es peligroso, no es confiable."

—¿Está bien, doctor? —preguntó Amelia, notando que Baeza escribía casi rompiendo la hoja con la pluma.

—He... —se enderezó en la silla soltando pluma y libreta—. Sí, señorita, ¿qué tal su día?

Tomás y Doña Chona se observaron con complicidad burlona, Baeza nunca había hecho esa pregunta.

Parecía que Amelia la esperaba, con lentitud, habló de su día, Baeza no apuntaba nada, poco a poco, todos comenzaron a hablar, el doctor ni siquiera pensó en registrar una sola de esas cosas.

La comida terminó con un calor que no recordaba ninguno de los habitantes de la Arboleda, incluso el doctor Baeza llegó a reírse de las ocurrencias de Evaristo un par de veces, mientras bebía café y guardaba su libreta.

—Evaristo, Hilario, pasen a mi consultorio en diez minutos —dijo el doctor Baeza con su seriedad habitual cuando empezaron a levantarse de la mesa.

Los aludidos asintieron un poco asustados, retirándose.

—Tomás, cuando Evaristo e Hilario salgan de mi consultorio, entras tú, tenemos que hablar.

Finalizó levantándose, se sirvió otra taza de café y caminó hacia su consultorio.

No esperó a ver la reacción de Tomás, no quiso tener esa información, sacó su libreta, caminó el corto pasillo leyendo lo que salió de su emoción directa, lo seguía leyendo cuando se sentó frente a su escritorio, cuando dio un par de tragos al café con piloncillo y canela de Doña Chona, cuando Evaristo e Hilario tocaron la puerta y entraron al consultorio.

Les pidió que se sentaran con un gesto, se quedó en silencio observando al lobo que se rascaba detrás de la oreja nervioso y a la araña que seguía con su tejido.

—Ni una sola palabra al resto sobre lo que saben de Tomás —soltó de golpe el doctor Baeza.

—¿Ni a Doña Chona? —preguntó Evaristo.

—Ni a ella.

—Se me va a emputar.

—Y no nos va a querer dar de comer —terció Hilario.

—Yo hablo con ella.

El doctor relajó sus hombros y continuó:

—Chicos... Evaristo, Hilario, es muy importante para la estabilidad de todos que, por ahora, no sepan nada sobre quién es Tomás.

—Quién fue —corrigió Hilario.

—Me entendió, Hilario.

—Lo entendí, doctor —respondió el joven araña levantándose.

—¿Qué va a hacer con Tomás, lo va a despedir? —preguntó Evaristo.

Sus ojos, muy humanos bajo el pelaje y el enorme hocico, le transmitieron preocupación a Baeza.

—No lo sé, Evaristo, depende de él.

El lobo siguió a Hilario a la salida, con un gruñido, rumiando por lo bajo ofensas a la progenitora del doctor Baeza.

Después de unos minutos, mientras el doctor Baeza se reclinaba en su silla y cerraba los ojos, dejando que el "tac" de su reloj lo calmara, entró por fin Tomás y se sentó sin decir una palabra.

—Cierra la puerta con llave y acerca la silla, Tomás —pidió el doctor Baeza, acomodándose.

Tomás obedeció, con una mueca de fastidio.

—¿Qué te pasó en las manos?

—Me corté con la madera de la mesa que rompió Amelia, muy buena intervención, por cierto —remató Tomás con sarcasmo.

El doctor Baeza no discutió.

—¿Cuál es tu plan? —preguntó directo.

—¿Mi plan?, ¿por qué piensas que tengo un plan?

—Tú sabías lo que implicaba legalmente que te quedaras, ¿planeas quedarte?

—¿Me estás despidiendo?

Baeza se dio cuenta de que no iban por buen camino.

—Tomás —inició de nuevo—, ¿por qué no me dijiste la verdad?

—No era problema tuyo.

—¿No? Llevo ocho meses viendo cómo interactúas con los pacientes sin saber cómo sabías hacer todo eso.

—Mala praxis de tu parte, ¿no, doctor? Ellos prefieren que les digan huéspedes.

—No lo sabía.

—¡Qué novedad!

—No soy tu enemigo, Tomás.

—... Lo sé, doctor.

—¿Entiendes lo mal que me sentí cuando me enteré de todo?

—Sí, sé que debí decirte.

El doctor Arturo Baeza suspiró, se puso de pie y caminó hacia la ventana.

—Tomás, aceptaron que te quedaras con una sola condición.

—¿Quiénes aceptaron?

—La madre de Agatha, el tribunal y... el centro de investigación para los Deimos.

Tomás saltó como si lo hubieran mordido.

—Ellos... ¿ellos saben?

La respuesta tardó, se le atoró al doctor en la garganta.

—No han dejado de vigilarte —respondió el doctor Baeza, con miedo en la voz.

—¿Cuál es esa condición?

—Que te conviertas en un huésped de la Arboleda.

—¿Ser tu paciente?

—Sí, Tomás, venir a sesiones cada semana igual que el resto de huéspedes.

—No sé, doctor...

—Dime Arturo, no pienso seguir teniendo tanta distancia con ustedes.




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