Para un niña, la Arboleda podía ser un enorme patio de juegos. Con mayor razón si se tiene alas y muchas ganas de ver todo.
Agatha acostumbró a todos los huéspedes muy rápido a su zumbido, la niña parecía no cansarse, siempre preguntando, a veces, no esperaba a escuchar la respuesta.
El temor de Tomás, sobre que no encajara con personas adultas, pronto se vio sin fundamentos.
La niña, tal vez por su edad, tal vez por su naturaleza de ave, parecía llevar alegría a cada huésped con el que se topaba.
No tenía una rutina fija, a Arturo le costaba mucho encontrar un modo para convencerla de tener una sin la ayuda de Tomás, que no podía acercarse a la niña.
Agatha no tardó en preguntar por qué... pero no esperó la respuesta, como siempre.
Volaba de un lado a otro, sabía cuántas piedras había en la cerca de la Arboleda, sabía en dónde y qué tan lejos quedaba el río cercano, sabía cuántas goteras había y dónde estaban las tejas flojas del tejado.
La propia niña estaba acostumbrada a esto, pero era doloroso: quería saber todo al mismo tiempo, costaba detenerla cuando iniciaba y, cuando algo le interesaba de verdad, no siempre podía concentrarse en ello... al tiempo que se sorprendía preguntando a Hilario sobre contabilidad sin que le interesara en lo más mínimo, saliendo disparada cuando una cuchara brillaba en la cocina de Doña Chona.
Arturo pronto se dio cuenta de que no podía tener una sesión con Agatha como con el resto de huéspedes, le parecía incluso que le faltaba preparación... y no tenía ningún juguete, por suerte, Agatha tenía sus juguetes favoritos, el primer vínculo que por fin tuvo Arturo con ella resultó de una ardua negociación sobre qué juguete podía llevar a las sesiones... solo para que terminara llevándolos todos.
Tomás, por su parte, le pidió a Nicolás como favor para la niña que hiciera muñecos de madera para la niña, Nicolás tocó la cara de Tomás y le hizo nueve muñecos de madera, siendo el favorito de la niña la pequeña colibrí.
Esto le ayudó a Arturo a indagar lo que pensaba de la Arboleda y los otros huéspedes a través del juego, dándose cuenta de que a él lo veía como un ser distante, pero amable.
La preocupación de Arturo se dejó ver pronto: del huésped que más tenía preguntas la niña era de Tomás.
—¿Por qué ya no me habla?, ¿por qué cojea?, ¿por qué huele a lluvia?, ¿su escoba es mágica?, ¿nació con sus herramientas?, ¿es cierto que su bigote es un ciempiés?
Arturo intentaba encontrar la pregunta más importante entre la avalancha, para ayudarle a la niña a detener el flujo tan constante de ideas... no funcionaba.
Solo hasta que la dejaba hacer todas sus preguntas y respondía una por una, dejándose llevar por las que surgían en el camino, la niña se calmaba.
—No puedo explicarte aún por qué Tomás no se te acerca, pero puedo decirte que te quiere mucho —respondía Arturo, a la pregunta recurrente.
—Ya entendí que mi mami sí me quiere —dijo un día la niña—. Pensó que Tomás me hacía daño y por eso se enojó, pero si le explicó que no, puede que deje que se acerque, ¿verdad?
Arturo sintió que estaba entre la espada y la pared.
—¿Por qué no puedo quedarme quieta como las otras niñas?
—Eres diferente, Agatha.
—¿Estoy loca?
—No, pequeña, solo ves el mundo distinto.
—¿Tú lo ves igual?
—No, lo veo más lento.
—La señorita ardilla es muy divertida, me gusta que hable rápido —comentó mientras sostenía el muñeco de madera de Elena y el suyo.
—¿No te parece confuso cómo habla?
—No, Hilario es el que me confunde.
—¿Por qué?
—Todo el tiempo mueve sus patitas cuando alguien menciona a mi mami o a la mami de alguien.
—¿Cómo?
—Así —respondió la niña moviendo sus manitas como si fuera un espasmo, muy leve, casi imperceptible.
—¿Cómo te diste cuenta de eso?
—Es lo que sucede siempre.
Arturo tomó su libreta:
"Si es capaz de analizar la información que recibe... pero... ¿toda?"
—¿Arturo?
—¿Sí, Agatha?
—¿Por qué soy un colibrí?, ¿por qué no soy como tú?, recuerdo cuando era como tú.
Arturo se quedó callado un largo rato, la niña empezó a hablar de otra cosa, nadie sabía por qué la gente se convertía en animales, ni por qué solo aquellas personas que enfermaban emocionalmente.
—¿Por qué no me convertí en ratón como mi amiga Emily?
—¿Perdón, Agatha? —preguntó Arturo para que la niña continuara.
—Mi mami dijo que mi amiga Emily tenía lo mismo que yo, ¿por qué ella es un ratón y yo un colibrí?
Arturo casi se desmaya.
—¿No se convirtieron en lo mismo, aunque "tengan" lo mismo?
—¿No me entendiste, Arturo?
—Sí... no... no lo sé, Agatha, nunca me había puesto a pensar en eso.
—Eres raro —dijo la niña antes de irse volando.
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Editado: 07.09.2026