La Arboleda

La firma.

Otro día de visitas llegó sin que se dieran cuenta los huéspedes. Tomás había logrado no cruzarse con Agatha, aunque notaba a lo lejos que esto ponía triste a la niña.

El resto de los huéspedes desconfiaban un poco de Tomás, incluso Doña Chona hablaba menos con él por el secretismo que habían decidido tener alrededor de la visita del abogado y la madre de Agatha.

—Vamos, don Evaristo —insistía Elena acompañada de Amelia—. Usted es nuestro amigo, ¿qué pasó ese día?, ¿por qué se enojó tanto la señora Isabel?

—No les puedo decir.

—Ni ha de ser para tanto —comentó Amelia ladeando su cabeza de ciervo.

—¡Uh!, si supieran, está bien, pero bien cabrón.

—Don Evaristo, no sea así —exclamaban las dos chicas juguetonas con el viejo lobo.

—Le vamos a decir a Doña Chona para que le pegue con su sartén.

—Ya me domó esa fiera el doctor Baeza, pregúntenle a Hilario.

El aludido, sentado en una banca cercana, solo negó lento con la cabeza mientras seguía con su tejido.

—Ya, niñas —dijo don Evaristo con seriedad—. Tomás no puede hacer todo, vayan por las sillas.

—Y no rompan mesas, por favor —agregó Hilario.

Amelia lo fulminó con la mirada.

Pronto todo estuvo listo, más rápido y mejor que cuando Tomás lo hacía solo, mientras él, sentado en la barra de la cocina, observaba a Doña Chona ir y venir, furiosa ante su presencia.

—Creí que éramos amigos.

—Lo somos, Concepción.

—Nadie me dice así, Tomás.

—Así se llama.

—¿Ahora hasta de usted? —remató la cocinera, parándose en medio de la cocina, apuntándole con una cuchara de madera.

—Está bien, Chona, perdón.

—¡No me des el avión!, ¡qué chingados pasó el otro día?

—¿Para qué quieres saber?

—¿Me estás diciendo chismosa?

Tomás hizo un gesto de "tal vez".

Doña Chona se acercó, la cuchara de madera humeaba, Tomás no retrocedió.

—Te convertiste en un apoyo para mis muchachos, ¿sabes lo asustados y confundidos que estaban todos ese día?, ¿tengo que cuidarlos de ti, Tomás?

El conserje se levantó del banco y, cojeando, se alejó diciendo:

—Ya no, descuida.

Doña Chona sintió como una bofetada esa respuesta.

Arturo Baeza llegó justo cuando Tomás se retiraba, observó la situación y no hizo preguntas, la cocinera ni siquiera lo notó, concentrándose en la comida, con furia, pero con cuidado.

Arturo siguió a Tomás, su andar disminuido le permitió alcanzarlo con rapidez.

—Tomás, necesito hablar contigo.

—Un gusto discrepar.

Arturo se quedó sopesando esa respuesta.

—La señora Isabel no quiere que estés presente en la visita de las familias —soltó sin reparos Arturo.

—¿Y a mí qué me importa lo que quiera esa señora?

—Tiene que.

Arturo lo miró a los ojos, la mirada oscura, intensa y profunda de Tomás era un desafío difícil de sostener.

Pero el conserje bajó la mirada y caminó hacia su habitación.

—Si los huéspedes me necesitan, llámame, Arturo, por favor —dijo alejándose hasta el fondo de la hacienda.

Arturo sintió una opresión en el pecho, de dejarlo solo ese día de felicidad para el resto, viendo cómo se hundía en la penumbra de la hacienda.

Arturo se dio la vuelta, Doña Chona, aún refunfuñando, le pidió ayuda para llevar las ollas y platos de arroz y chiles en nogada, como siempre, todos sonrieron al oler la comida de la cocinera.

—Pero, Doña Chona —decía Agatha volando alrededor de ella—, mi mamí no ha llegado.

No había llegado ninguna familia hasta ese momento.

—Mi niña —empezó Doña Chona con amabilidad y calma—, hoy me siento muy cansada y quiero evitar corajes, hoy no estaré con ustedes.

Nadie le dijo nada y menos cuando le dio la cuchara a Arturo diciendo, ya sin amabilidad ni calma:

—Sírvales usted, alcahuete.

—Señora Concepción, no le permito...

Doña Chona solo levantó su mano hasta su espalda en un movimiento vertical que todos sabían muy bien qué significaba.

Entre las risas de los huéspedes, Doña Chona se sumergió en las penumbras de la hacienda también.

—Bueno... pues tapen las ollas, no creo que tarden sus familias.

Todos ocuparon sus lugares, esta vez Arturo acompañaba a Agatha, cuya madre de nuevo fue la primera en llegar, feliz de no ver a Tomás cerca.

—¿Le ha hecho algo a mi niña?, dígame la verdad, doctor.

—Nada, señora, la misma Agatha se lo puede decir... necesito preguntarle algo.

Isabel lo miró mientras Agatha insistía en que la escuchara, revoloteando a su alrededor.

Arturo notó esto al instante.

—Agatha: ¿qué me decías de tu amiguita que se convirtió en ratón?

La niña respondió en borbotones, a cada frase que le importaba preguntar del diálogo de la niña, el doctor le hacía una señal a la señora Isabel dando un toque sobre la mesa, cuando la niña dijo:

—Emily hacía lo mismo que yo, pero ella se convirtió en ratón y se la pasaba dando vueltas por las paredes de su casa.

El doctor Baeza preguntó:

—¿Cuál es el diagnóstico de Emily?, ¿lo sabe, señora Isabel?

—TDAH, así me lo contó su madre... aunque a ella se la llevaron los agentes del centro de investigación para los deimos... mi amiga... su madre, no ha sabido de ella en casi un año.

Esto lo dijo susurrando, Agatha enseguida se molestó por eso, gritando entre zumbidos.

—Dice que Emily está bien —mintió el doctor Baeza, haciendo que la niña se tranquilizara casi de inmediato.

—¿Cómo hizo eso?

—Solo le di una respuesta, Agatha necesita llenar su mente con respuestas, a veces no le importa si son satisfactorias o no, si lo necesita, solo seguirá preguntando.

Isabel apenas iba a responder, cuando alguien tocó la campana de la hacienda... el doctor Baeza se disculpó, las familias de Nicolás, Elena y Amelia ya habían llegado, en teoría, no faltaba nadie.

Al llegar a la reja de la hacienda, Arturo vio a una mujer muy delgada, llevaba de la mano a un niño con cara demacrada, parecía muy asustado, la mujer, con su otra mano, sostenía contra su cuerpo un fólder lleno de papeles.




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