Arturo, Tomás y Doña Chona limpiaban juntos el jardín.
—Dos semanas seguidas, qué racha.
—No es momento para bromas.
—Doctor, levante bien ese chile, no le tenga miedo.
Arturo se sentó por un momento con las manos en las sienes.
—¿Los huéspedes están en sus cuartos?
—Sí, Arturo.
—¿Y Evaristo?
Tomás señaló disimulado al fondo del jardín, ahí, en una silla, permanecía el lobo con la mirada perdida.
—Como que se pasmó —dijo Doña Chona.
—Concepción, sus burlas están muy fuera de lugar ahora.
—Arturo, a su modo, describió muy bien lo que le pasa a Evaristo.
Arturo guardó silencio y observó al lobo, Doña Chona tenía razón, buscó su libreta por costumbre, pero se rindió.
—¿Cómo lo nombrarías tú? —le preguntó a Tomás.
—Un lapsus de extrañamiento emocional.
Doña Chona lo miró.
—Extrañada me dejas a mí, ¡míralo!
—¿Cómo lo reactivamos? —preguntó Arturo ignorando a Doña Chona.
—Una reactivación provocaría una recaída.
Doña Chona ahora sí se puso seria.
—En todo caso no podría evitarse.
—Si se hizo una buena intervención, podría.
—¿Cómo?, ¿Evaristo va a agarrar el pedo otra vez?
—Es posible —dijo Tomás.
Doña Chona se marchó a la cocina con los restos de comida, negando con la cabeza.
Tomás se sentó junto a Arturo.
—Sí hiciste una buena intervención —dijo Arturo de pronto.
Tomás no lo volteó a ver.
—Querías decir: "si yo hice una buena intervención", ¿verdad?
—No sé de qué hablas.
—O te haces el tonto.
Tomás encogió los hombros.
—¿Cuándo te diste cuenta? —preguntó.
—Desde el inicio.
—¿Y por qué me dejaste?
—Porque les estaban haciendo bien.
Ambos se quedaron viendo al lobo, que seguía sin reaccionar.
—¿Sabías que los deimos no se convierten en el mismo animal aunque tengan los mismos síntomas?
Tomás asintió.
—¡¿Desde cuándo lo sabes?!
—Desde que tenía doce.
—¡¿QUÉ?!
—Arturo, ¿te parece si hablamos de eso en sesión?, te contaré todo, te lo prometo.
El aludido estaba rojo como un jitomate.
—Intenta adivinar todo lo que quiero decirte.
—Y tal vez me lo merezco.
—¡¿Tal vez, hijo de p...?!
Arturo Baeza no pudo terminar, no le gustaba maldecir.
Tomás se alejó, caminó directo a Evaristo, se paró frente a él un largo rato.
—Tienes que dormir.
Le dijo cuando este tuvo un espasmo repentino.
El lobo no respondió.
Tomás se acercó y lo levantó de la silla colocando su brazo por encima de su hombro, pesaba menos de lo que esperaba, no dijo nada, solo lo llevó casi a rastras.
Arturo, al ver esto, le ayudó.
En silencio lo llevaron a su habitación, Evaristo se quedó de pie frente a la puerta abierta, sin entrar.
—Vamos, Evaristo, un día a la vez —dijo Tomás.
Y el lobo lentamente reaccionó, empezó a gruñir, se le erizó el pelo de la espalda.
Arturo dio un paso atrás.
Tomás solo cruzó los brazos y separó los pies.
—¡¿Un día a la vez?!, ¡¿para qué?!, ¡ya no tengo familia!, estoy peor que un perro.
Tomás no dijo nada.
Arturo solo observaba, extrañamente tranquilo para su propia sorpresa.
El resto de huéspedes empezó a salir de sus habitaciones al escuchar gritar a Evaristo.
—Tú hiciste esto, ¿verdad? —dijo acercándose a Tomás, apuntándole con el dedo—. Has estado detrás de todo desde el principio.
—Evaristo, respire —dijo Arturo.
El lobo se le quedó viendo a ambos.
—¿Están juntos en esto, verdad?
—Ya, Evaristo, los estás asustando a todos.
Cuando Tomás dijo esto, el lobo volteó a ver al pasillo, todos lo veían con miedo.
—Sí deberían tener miedo, pero no de mí.
Empujando a Tomás gritó:
—¡Tú eras el que dirigía la agencia de estudio para los deimos!
—¡Evaristo!
—¿Qué, doctor?, ¿quiere que no diga nada?
Se acercó a Hilario.
—Diles, tú escuchaste, tú viste, diles.
El joven araña, sin dejar su tejido, solo asintió con la cabeza.
Elena, Amelia y Nicolás se metieron a sus habitaciones aterrados.
Agatha no sabía de qué hablaban y no paraba de hacerle preguntas a Hilario, quien le respondía tan rápido como podía.
—¿Estás satisfecho, Evaristo? —preguntó Tomás.
—¡No me mires con ese pinche aire de santurrón, cabrón!
Señaló a Agatha diciendo:
—¡Cuéntale, cabrón, dile a la niña lo que hiciste!
Tomás lo tomó de la pata y lo jaló hacia él, dándole un fuerte puñetazo en el hocico.
Hilario dejó de tejer y Agatha se tapó la carita con las manos.
Arturo se colocó entre ellos.
Evaristo, con odio, clavó su mirada en Tomás desde el piso.
—¡Ya entendí por qué te quitaron tu cédula, pinche psicólogo balín!
—Evaristo... yo...
—Guarda silencio, Tomás —ordenó tranquilo Arturo.
—Hasta que dice algo sensato, doctor.
Evaristo se puso de pie.
Hilario le preguntó varias veces a dónde iba, no le respondió, tampoco le respondió a Agatha, que lo siguió hasta la salida con su zumbido incesante, viéndolo desaparecer entre la niebla del camino.
#1132 en Thriller
#536 en Misterio
#2111 en Fantasía
#892 en Personajes sobrenaturales
Editado: 05.10.2026