Todo comenzó en ese espacio indefinido que solo los sueños habitan, un plano de existencia tan
real como el aire que respiraba en las calles empedradas de Roma. Me encontraba en medio de
una batalla espiritual de alta magia, una que ya conocía muy bien. Dos entidades de pura oscuridad,
sombras retorcidas hechas de odio y desesperación física, se habían manifestado en el rincón oscuro de
una vieja capilla abandonada cerca del Tíber. La primera era un espectro que distorsionaba la voz de
un hombre atormentado; la segunda, una presencia helada que congelaba las paredes y se aferraba a
una habitación húmeda de muros de piedra.
Contra ambas, la energía pura de mi fe y un báculo invisible de luz dorada fueron mis únicas
armas. Al canalizar la fuerza de la Luz Divina, sentí el poder fluir a través de mis manos in destellos
dorados, y la victoria fue clara, contundente. La luz pura disipó las tinieblas de un solo golpe y la
armonía fue restaurada. Me sentía firme, un verdadero guardián seguro de la autoridad celestial que se
me había otorgado.
Pero la calma romana fue engañosa. Pronto, una mujer llamada Chiara se acercó a mí en la
penumbra del Borgo Pio, con el rostro pálido y marcado por el pánico. A su lado, una niña pequeña, su
hija Lucia, no tendría más de cinco o seis años. No había en ella una maldad evidente a simple vista,
pero a su alrededor flotaba una bruma violeta muy sutil y una inquietud profunda que se manifestaba
en rabietas extrañas, caprichos que desafiaban la gravedad y la naturaleza. No hablaba; solo
balbuceaba sonidos en un idioma antiguo e incoherente, mientras sus pequeños puños se cerraban con
una fuerza impropia y colosal.
La miré, y un escalofrío de advertencia recorrió mi espalda, apagando el eco de los cantos
litúrgicos lejanos. Algo no estaba bien. Más allá de un berrinche infantil, percibí una corriente de
magia negra subterránea, un parásito de la penumbra antigua que se ocultaba tras la inocencia de su
rostro.
—Tu hija está bajo el control de una entidad de sombras —le dije a Chiara, con una certeza
mágica que parecía dictada por los mismos ángeles de la guarda—. Voy a purificarla y trazar una
barrera sobre ella.
La mujer asintió, con los ojos llenos de lágrimas y la desesperación de quien ha buscado templos y
magos por toda la ciudad sin hallar respuesta. Me arrodillé frente a la pequeña Lucia. Extendí mi mano
derecha, haciendo que de mi dedo pulgar emanara un calor dorado, un fuego místico que no quema, y
comenzó a proyectar la luz protectora sobre su frente. En el instante en que mi energía tocó su piel, la
entidad se manifestó. Los ojos infantiles de Lucia se tornaron negros por completo, vacíos de toda humanidad, y un gruñido bajo, como el rugido de una bestia de las profundidades de la tierra, brotó de
su garganta.
Invoqué la misma fuerza celestial con la que había desintegrado a las dos sombras anteriores,
esperando el mismo destello de victoria inmediata.
Pero no pasó nada.
La presencia oscura absorbió mi luz sin inmutarse. La niña simplemente me miró con una sonrisa
burlona y una frialdad milenaria, y yo sentí cómo mi propia energía mística comenzaba a ser drenada.
La victoria no llegó. Por primera vez esa noche, el eco de mi invocación se perdió en un silencio
denso, pesado y frío, y supe que este adversario pertenecía a una jerarquía de sombras mucho más alta
y peligrosa.
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crecimiento personal, fantasía y espiritualidad, cuentos de terror místico
Editado: 13.07.2026