La resistencia de la entidad me dejó exhausto, con mi aura debilitada bajo el peso de la densa
atmósfera romana. Me di cuenta de que no podía desterrar a esta criatura solo. Fue entonces
cuando, cruzando un portal de luz en la habitación de altos techos de Borgo Pio, aparecieron mi
esposa, Elena, y mi mejor amigo, Daniele. Eran mis protectores, mis aliados místicos en esta
encrucijada. Al verlos, sentí una oleada de alivio.
—Necesito que canalicen su energía conmigo —les ordené, con mi voz resonando con una
vibración de urgencia que nunca antes habían escuchado—. ¡Invoquen el poder de la Luz con todas
sus fuerzas, su clamor no se escucha!
Nos reunimos en círculo alrededor de la pequeña Lucia, quien seguía levitando levemente sobre
las frías baldosas de la estancia, envuelta en su rabieta sobrenatural. Volví a extender mi mano,
intentando proyectar la red de luz protectora por segunda vez, esperando que la fuerza combinada de
nuestras almas fuera suficiente para someter al monstruo. Pero mientras mis palabras de poder
resonaban en la habitación, noté algo extraño y perturbador. Los labios de Elena y Daniele se movían,
sus rostros mostraban una concentración absoluta y sus auras brillaban, pero de ellos no salía ningún
sonido ni ráfaga de poder. Su magia era muda, un grito silencioso que no podía penetrar el domo de
vacío que la entidad de sombras había desplegado a nuestro alrededor.
Estaba solo en la batalla audible. Un sudor frío me recorrió la espalda mientras sentía mi reserva
de energía espiritual disminuir a pasos agigantados, como una gema mágica que se apaga. Era una
sensación terrible de debilidad, la clara consecuencia de haber subestimado el poder de un adversario
de esta magnitud en un territorio tan antiguo.
Frustrado y exhausto, di un paso atrás, rompiendo el círculo. La niña, en lugar de calmarse,
intensificó su aura oscura, dirigiendo su furia directamente hacia Chiara, su madre.
—Daniele, sella la puerta con tus runas —le dije a mi amigo, con un tono de fastidio—. Esta
sombra solo busca distraernos.
Pero en el momento en que pronuncié esas palabras, las leyes de la física se rompieron por
completo. Lucia dejó de gritar de golpe. Con una agilidad de pesadilla, se giró y comenzó a caminar
por la pared de piedra, como si la gravedad no existiera para ella. Sus pies y manos se adherían al
muro de Borgo Pio mientras ascendía con velocidad vertical hacia las vigas del techo.
Mi corazón se detuvo. Cerca de la unión entre el techo y la pared, había una ventana minúscula,
una ranura mística por la que ningún cuerpo sólido podría pasar.
—¡Daniele, sella esa rendija con luz! —grité, sintiendo por primera vez el pánico en mi pecho.
Mi amigo corrió para invocar una barrera sobre la ventana, pero ya era tarde. El cuerpo de la niña
se contorsionó, volviéndose una masa fluida, oscura y translúcida ante nuestros ojos. Como una
serpiente de humo, se deslizó a través de esa rendija imposible y desapareció en la noche exterior por
un instante. Un segundo después, con la misma agilidad de una criatura del vacío, se materializó de
vuelta dentro de la habitación.
En ese instante, el miedo fue reemplazado por la desesperación de un guerrero acorralado. En un
movimiento coordinado, los tres nos abalanzamos sobre ella y, usando nuestras últimas fuerzas físicas
y espirituales, logramos sujetarla contra el suelo. La teníamos atrapada en un sello físico. Por un breve
segundo, creí que la victoria estaba cerca. Pero lo que comenzó a salir de su boca no fue un lamento,
sino la materialización física del horror.
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crecimiento personal, fantasía y espiritualidad, cuentos de terror místico
Editado: 13.07.2026