Mientras los tres la sosteníamos con todas nuestras fuerzas sobre el suelo de la estancia, la
mandíbula de la niña se desencajó en un ángulo imposible, revelando un abismo negro en su
interior. De la oscuridad de su garganta comenzó a emerger algo grueso, escamoso, oscuro y vivo. Una
serpiente gigantesca. Una criatura del vacío cuya cabeza cubierta de runas oscuras se asomaba,
seguida por el grosor de su cuerpo de obsidiana, saliendo lentamente de aquel pequeño receptáculo
infantil.
—¡Invoquen el Fuego Celestial! ¡Ahora! —grité, mi voz quebrándose por el terror de ver
semejante aberración de fantasía oscura.
Pero mientras luchábamos por extraer a la criatura, noté que el brillo del aura de Daniele a mi lado
disminuía drásticamente. Su rostro se volvió una máscara de agotamiento extremo. Su presencia, su
escudo espiritual, comenzó a desvanecerse en la penumbra, como si la energía del vacío fuera
demasiado destructiva para él y lo obligara a retirarse del plano astral. Me estaba dejando solo con
Elena, frente a un monstruo que devoraba nuestra luz.
Seguimos canalizando nuestra energía, Elena y yo, mientras tirábamos de la serpiente en un acto
desesperado por arrancar el mal de raíz. Y entonces, sentí el ataque definitivo. Una onda helada,
viscosa y terrible golpeó mi pecho, una presión mística que buscaba invadir mi alma. La serpiente de
obsidiana, aún conectada a Lucia, estaba intentando transferirse a mi propio cuerpo. El terror absoluto
se apoderó de mí cuando sentí mi propia boca adormecerse, mis labios entumecidos y fríos como el
hielo, como si una presencia invisible intentara forzar su entrada y sellar mis palabras de poder para
siempre.
—¡El manto de la Luz Suprema me cubre! —bramé, intentando activar mi propia protección
interna.
Empecé a invocar con desesperación el lenguaje místico de los antiguos, el dialecto celestial que
deshace cualquier hechizo de las sombras. Sabía, con una certeza absoluta, que si lograba pronunciar
esas palabras rúnicas en lenguas sagradas, si permitía que el Espíritu del Universo luchara a través de
mí, desintegraría a la serpiente. Pero las palabras no venían. Mi mente estaba luces, pero mi espíritu no
lograba hacer la conexión con el plano divino. La puerta de entrada de la sombra estaba en mi boca, y
mi propia voz había sido silenciada por el hechizo de parálisis. Estaba atrapado en el umbral entre dos
mundos, el del plano astral y el de la realidad física, y la batalla se libraba en esa delgada frontera.
Y de repente, el plano místico se quebró.
Mi propio grito desgarrado me expulsó del plano astral y desperté.
Estaba de vuelta en mi cama física en el apartamento de Borgo Pio, con el corazón martillando
con violencia mi pecho y un grito de guerra resonando con fuerza en el silencio de la habitación
romana.
La parálisis de mi boca era real. El terror de sentir el frío de la serpiente queriendo entrar persistía
en mis labios, tan vívido y físico como si la criatura del vacío aún estuviera allí suspendida. Me senté
en la cama, bañado en sudor frío, y continué trazando sellos de protección en el aire con mis dedos,
orando en voz alta en la penumbra, con los ojos bien abiertos en la oscuridad, contemplando los altos
techos del apartamento romano. Estaba luchando contra un enemigo que había cruzado la barrera de
las dimensiones y los sueños.
Esa noche, bajo el eco distante de las campanas de la Basílica de San Pedro que marcaban la
madrugada, la realidad y la fantasía se confundieron. El sueño se había ido, pero la guerra mágica
continuaba en el ambiente. Tuve que quedarme dormido canalizando mi energía y aferrándome a mi fe
como un escudo invisible, hasta que el agotamiento finalmente me venció, dejando una verdad
innegable grabada en mi alma: hay batallas contra las sombras para las que nunca se está lo
suficientemente preparado.
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crecimiento personal, fantasía y espiritualidad, cuentos de terror místico
Editado: 13.07.2026