ANNIA
La bruma de las seis de la mañana se aferraba a la superficie del río Neckar. Estaba envuelta en un cárdigan suave, unos jeans de mezclilla y mis tenis Converse; estaba sentada en un banco de piedra cerca de la orilla, protegida por un sauce llorón. El silencio solo era roto por el murmullo del agua y el paso de las hojas de mi libro de arqueología, que acariciaba con reverencia. Era mi momento favorito del día; el mundo estaba en pausa y me sentía en perfecta armonía con el pasado.
Desperté antes de que Hanna, mi mejor amiga y compañera de cuarto, despertara. Ayer fue a una fiesta y llegó totalmente cansada de tanto bailar y ebria, pero con una sonrisa enorme; durmió plácidamente, aunque sus ronquidos no me dejaron dormir a mí.
De repente, el ritmo monótono del río cambió. Un sonido rítmico y potente —el corte de un remo contra la corriente— se acercaba a gran velocidad.
Sin previo aviso, una embarcación de remo se deslizó cerca de la orilla. El remero, un joven de hombros anchos y expresión concentrada, realizó una maniobra de giro que resultó ser demasiado brusca. El remo golpeó el agua con un ángulo erróneo, levantando una estela de agua sucia y fría que voló directamente hacia la orilla.
Ni siquiera tuve tiempo de reaccionar. El chorro de agua golpeó mi regazo y el libro abierto que sostenía. El papel, fino y antiguo, absorbió el líquido instantáneamente, convirtiendo mis notas y las láminas arqueológicas en una masa empapada y arrugada.
—¡Oh, no! ¡Por Dios! —grité, saltando del banco mientras el agua goteaba por mis jeans.
El remero tuvo la decencia de detenerse, dejando el remo apoyado sobre la borda, y acercó la barca a la orilla. Mi expresión debió haberse visto divertida, ya que tenía el rostro encendido de indignación y las mejillas más sonrosadas de lo habitual por el coraje; no esperé a que él hablara.
—¿Es que acaso no tiene ojos? —espeté, señalando el libro con manos temblorosas—. ¡Este material es irrecuperable! ¿Tiene idea de lo que acaba de hacer?
El chico era realmente alto e imponente; por un segundo me intimidó su estatura, pues yo, que no era muy bajita, fácilmente me sacaba una cabeza de más. Tal parece que el chico se quedó mudo, solamente se quedaba observándome.
Se quitó las gafas de sol, dejando al descubierto unos ojos que me escaneaban con una ¿fascinación? No, tal vez con una rareza que no podía ocultar.
—Vaya... —murmuró él, con una sonrisa ladeada que no llegaba a ser arrogante, sino genuinamente curiosa—. Llevo dos años remando en este río todos los días, y te aseguro que jamás te había visto en este campus.
—Porque mientras usted se dedica a hacer ruido y mojar a las personas, algunos estamos intentando estudiar —respondí, cerrando mi libro arruinado con un golpe seco, dejando escapar una pequeña gota de agua de la que no me percaté por la prisa.
Él soltó una risa baja, un sonido que me pareció refrescante pero irritante. Se puso de pie en la barca, equilibrándose con una destreza casi arrogante.
Por Dios, realmente era apuesto; tenía unos ojos café oscuro que le daban una mirada algo penetrante y divertida a su vez. Su cabello estaba algo despeinado y un pequeño mechón le caía con gracia en la frente. Vestía unos jeans de mezclilla oscuro que, sorprendentemente, estaban totalmente secos, a diferencia de los míos, y traía puesta la playera del equipo de remo. Desde ya, es un "aléjate de él", Annia, pensé con rapidez.
—Soy Julian —dijo, estirando la mano, ignorando deliberadamente que estaba furiosa—. Y prometo que, si me perdonas por el desastre, te compensaré con un café. O con un libro nuevo. Lo que sea necesario para que vuelvas a mirarme así de enojada.
¿En serio dijo eso?
Lo miré, perpleja por su descaro, y por primera vez en mucho tiempo, mi rutina se sintió, irremediablemente, alterada.