ANNIA
La propuesta quedó suspendida en el aire matutino como el vapor que se elevaba del río. Parpadeé, ajustándome los lentes con un gesto nervioso que delataba mi completa falta de preparación para este tipo de interacción. Mis dedos aún sostenían el libro empapado contra mi pecho, como si fuera un escudo protector entre mí y este extraño que parecía inmune a mi furia.
El sol comenzaba a elevarse más sobre las copas de los árboles, bañando la escena con una luz dorada que hacía brillar las gotas de agua aún suspendidas en el cabello del tal Julian. Él permanecía de pie en la embarcación, con esa postura confiada de quien está acostumbrado a que las cosas salgan a su favor, pero había algo diferente en su mirada esta vez. No era la expresión calculadora del conquistador habitual; había una chispa genuina de curiosidad, casi infantil.
Sentí cómo el calor subía por mi cuello. No era solo indignación ahora; había algo más, una incomodidad visceral ante la atención directa de alguien tan... presente; además, su voz, demasiado varonil, por un instante me hizo temblar las piernas. Esto era tan diferente a los textos silenciosos y las civilizaciones muertas con las que pasaba mis días. Pero necesitaba huir rápido de este incómodo momento.
—No... no creo que sea una buena idea —mi voz salió más débil de lo que pretendía, y eso me irritó conmigo misma—. Usted y yo claramente habitamos mundos completamente opuestos. Estoy segura de que tiene muchas otras... actividades que requieren su atención.
Di un paso hacia atrás, abrazando el libro con más fuerza, pero mi pie tropezó con una raíz del sauce que sobresalía del suelo. Por un instante perdí el equilibrio, aunque logré recuperarme antes de caer. La torpeza fue apenas un segundo, pero suficiente para que una página suelta del libro cayera revoloteando hasta la orilla del agua.
Julian se agachó con un movimiento fluido, recogiendo la página empapada antes de que el río se la llevara. La estudió por un momento, entrecerrando los ojos ante las ilustraciones de cerámica griega que aún eran apenas visibles bajo el agua.
—¿Arte clásico? —levantó la vista hacia mi dirección, y había algo diferente en su expresión ahora, menos juguetón y más... intrigado—. Mi abuela coleccionaba réplicas de ánforas griegas. Solía contarme historias sobre los dioses cuando era niño. —Extendió la página hacia mí—. Mira, sé que esto empezó mal. Muy mal. Pero no soy solo el idiota que arruinó tu mañana. Dame una oportunidad de demostrártelo. Solo tu nombre. Nada más.
El viento matutino agitó el cabello de ambos, y por primera vez desde el accidente, sentí algo que no había experimentado en años: el vértigo de lo impredecible, de algo que no podía controlar con disciplina o estudio. Era aterrador. Y extrañamente... vivo.
—He dicho que no. No me interesa entablar cualquier tipo de conversación con alguien como usted; ha arruinado un libro demasiado valioso. Con permiso, ¿Julio? —respondí fingiendo olvidar su nombre con un tono de voz lo más cortante posible, dando media vuelta, decidida a marcharme.
Julian permaneció inmóvil por un momento, con la página aún en su mano extendida. Al parecer, no fue de su agrado que le llamara por otro nombre.
Seguí caminando por el sendero que bordeaba el río, obligándome a no voltear. ¿Cómo se le ocurría pensar que con un café arreglaría el daño que le hizo a un libro de cientos de años? Estaba muy equivocado si pensaba que su perfecta sonrisa me haría olvidar que me empapó de agua y arruinó el libro.
Mientras me alejaba, el olor acre del río mezclado con la humedad del papel viejo me golpeó en el pecho, recordándome la pérdida de aquella página. Mi pulso, sin embargo, desmentía mi frialdad. Seguía latiendo con una intensidad molesta en mis sienes, recordándome que, a pesar de mis esfuerzos por mantener el orden, alguien acababa de agrietar el muro de mi rutina. Me obligué a respirar profundo, forzando a mis manos a dejar de temblar mientras ajustaba los lentes, pero cada vez que el eco de su risa baja volvía a mi mente, sentía una descarga de calor recorrer mi espalda. ¿Por qué se sentía como si hubiera dejado una parte de mí junto a ese sauce? Sacudí la cabeza con frustración; no era vértigo, me dije, era simple indignación. Tenía que ser eso. Solo tenía que ser eso.