A los dieciséis años, el peligro no te asusta; te excita.
San Pedro de la Sierra era un pueblo asfixiado por el tedio, un lugar donde lo único que corría más rápido que los chismes era la urgencia por escapar. Y yo estaba hambrienta de algo que me destruyera o me salvara; lo que llegara primero me servía.
El rugido gutural de una motocicleta rasgó la letargia de la tarde. No se detuvo a una distancia prudente; frenó en seco a escasos centímetros de mis rodillas, escupiéndome el calor del motor y un aroma denso donde la gasolina se mezclaba con un perfume de diseñador.
—Estás muy pequeña para cargar tanto peso, bonita —dijo una voz que sonó como un ronroneo metálico.
Elevé la mirada. Mateo tenía veinte años, la chaqueta de cuero abierta y una de esas sonrisas insolentes que insinúan que sabe exactamente qué llevas puesto debajo de la ropa. Sus ojos oscuros no tenían nada de amables; eran depredadores.
—Puedo con esto y con más —respondí, aferrando el pesado rollo de telas y retazos contra mi pecho. Mis dedos se clavaron en la áspera lona, buscando un ancla para no temblar. Mi voz salió firme, pero el pulso me martilleaba en la garganta.
Mateo apagó el motor. Desmontó con una lentitud insoportablemente calculada y avanzó hasta invadir mi espacio personal. Sentí el calor que irradiaba su cuerpo antes de que llegara a tocarme. Estaba demasiado cerca. Medio paso más, y nuestras bocas se habrían rozado.
—Me gustan las niñas con carácter —susurró. Se inclinó lo justo para que su aliento cálido me rozara el lóbulo de la oreja—. Aunque ese labial rojo que usas es demasiado provocador para andar sola por estas calles. Te hace ver casi de mi edad... y eso, preciosa, es peligroso.
El comentario fue un dardo envenenado, perfectamente disfrazado de halago. Me estaba marcando el territorio en los primeros treinta segundos de conocernos, pero a mis dieciséis años, mi cerebro ingenuo e inexperto tradujo ese instinto de control como una promesa de protección.
—No le pido permiso a nadie para vestirme, Mateo —lo desafié, sosteniéndole la mirada con una valentía suicida que él parecía disfrutar.
Él soltó una carcajada baja, áspera, y deslizó el dorso de su dedo índice por el borde de mi mandíbula. El roce fue helado, una caricia milimétrica que me erizó la piel desde la nuca hasta la base de la espalda.
—Eso vamos a verlo, Valeria —sentenció.
Sin pedir permiso, tiró del fardo de telas y me lo arrebató de las manos, dejando claro quién dictaba las reglas a partir de ese momento.
—Súbete —ordenó, señalando el asiento trasero—. Te voy a enseñar cómo se ve el mundo cuando vas a cien kilómetros por hora.
Ese fue el microsegundo exacto en que me tragué el anzuelo hasta el fondo. Lo nuestro nunca fue un romance dulce de pueblo; fue una adicción fulminante. Mateo no llegó a mi vida para enamorarme; llegó para colonizarme. Vino a medir mis límites, a espantar a mis amigas una por una y a convencerme de que, fuera del amparo de su sombra, yo no valía nada.
Le tomó diecisiete años descubrir que, mientras él jugaba a ser el amo absoluto de la jaula, yo estaba midiendo las tensiones del encierro y tomando nota de cada maldita grieta en sus muros.
Pero esa tarde no había estrategia, ni planos de demolición. Solo existía el calor de su espalda contra mi pecho, el viento feroz golpeándome las piernas y la estúpida y brillante ilusión de que estaba empezando a volar... cuando, en realidad, estaba cayendo en picada directo al infierno.