El amor-bomba es la droga más efectiva del mundo porque se administra bajo anestesia.
Durante las primeras cuatro semanas, Mateo me convirtió en el centro absoluto de su universo. Me esperaba afuera de la academia de costura recostado en su motocicleta, luciendo esa chaqueta de cuero pesada que olía a tabaco, velocidad y a una libertad que yo nunca había probado. Me traía pequeños detalles sin motivo: caramelos importados, cintas de seda para el cabello y, sobre todo, un torrente inagotable de palabras hermosas diseñadas para desarmarme. Me escuchaba hablar de mis borradores de moda como si yo fuera una eminencia de la alta costura, mirándome con una devoción casi religiosa que, a mis dieciséis años, me hacía sentir la mujer más envidiada y especial sobre la tierra.
Pero el veneno nunca sabe mal en el primer sorbo.
La primera tijerada a mi red de seguridad llegó una tarde de martes junto al río. El sol se estaba escondiendo detrás de las montañas de San Pedro de la Sierra, tiñendo el agua de un dorado sucio. Mateo me sostenía la mano mientras caminábamos sobre las piedras mojadas, apretando mis dedos con un poco más de la fuerza necesaria.
—Lucía te estaba mirando raro hoy cuando saliste de clase —soltó de pronto, rompiendo el silencio con una voz extrañamente pausada.
—¿Lucía? No, para nada. Solo me estaba esperando para ir a tomar un helado a la plaza. Quedamos en vernos al rato —respondí, sonriendo sin sospechar la trampa.
Mateo se detuvo en seco. Me giró del brazo, no con violencia física, sino con una firmeza seca que me obligó a encararlo de frente. Su rostro, habitualmente risueño, se había vuelto una máscara de mármol frío.
—No me gusta que pases tanto tiempo con ella, Valeria. Tu amiguita tiene una vibra podrida. Te envidia, ¿no te das cuenta? Ella sabe que tú vales diez veces más que cualquier pueblerina de por aquí y no soporta ver que tú y yo tenemos planes gigantes. Lucía solo quiere arrastrarte a su mediocridad.
—Mateo, Lucía es mi mejor amiga desde que teníamos seis años...
—Era —me cortó en seco, dando un paso hacia mí hasta que su pecho pegó contra el mío, acorralándome contra el tronco de un sauce—. Era tu amiga cuando estabas sola y no tenías a nadie que te cuidara de verdad. Ahora me tienes a mí. Ellas solo te distraen de lo importante: nuestro plan de salir de este agujero. Si de verdad me quieres como dices, no necesitas andar perdiendo el tiempo con niñatas que no te aportan absolutamente nada.
Sentí un punzazo amargo en la boca del estómago. Una mezcla rara de culpa y desorientación. Sus palabras sonaban agresivas, pero la forma en que me miraba —como si estuviera desesperado por protegerme de un mundo cruel— me hizo pensar que la mala de la historia era yo por no valorar su «entrega».
Ese fue el primer hilo que cortó. A partir de esa tarde, cualquier intento de ver a Lucía se convirtió en un campo de minas. Si salía con ella, Mateo aparecía «por casualidad» diez minutos después, parado en la esquina de la plaza, cruzado de brazos, vigilándome con la mirada fija hasta que la tensión se volvía tan insoportable que mi amiga terminaba inventando una excusa para marcharse. En menos de un mes, me quedé sola. Y lo peor fue que creí que había sido mi propia decisión.
Poco a poco, mi mundo comenzó a encogerse al tamaño de la sombra de Mateo.
En mi casa, la vibración del ambiente cambió por completo. Mi madre, que conocía el ritmo de cada uno de mis pasos, empezó a mirarme con una preocupación silenciosa desde la cocina. La máquina de coser Singer que solía sonar hasta tarde en la noche, acompañando mis tarareos mientras cortaba patrones, comenzó a juntar polvo en una esquina de la sala. La chispa en mi pecho no se había apagado; se estaba ahogando bajo una capa de ansiedad constante por complacerlo.
Si el teléfono sonaba en la sala y yo tardaba tres segundos de más en contestar, sabía perfectamente lo que vendría después. Mateo llamaba dos veces seguidas. Si no respondía a la primera, a los quince minutos el rugido de su moto retumbaba frente a mi puerta. Llegaba sonriendo, saludando a mis padres con la cortesía impecable del yerno perfecto, pero en cuanto quedábamos a solas en el pasillo, se me acercaba a la oreja para susurrarme con una voz envenenada: «¿Con quién hablabas que tenías la línea ocupada? No me hagas pensar mal, Valeria».
El golpe definitivo a mi autoestima no llegó con un grito ni con un golpe, sino con un ataque directo a mi creatividad.
Había pasado tres semanas diseñando un vestido de verano. Era mi obra maestra de adolescente: tela de lino verde olivo, un escote cuadrado suave que marcaba mis clavículas y una falda con vuelo que yo misma había bordado a mano con pequeños hilos crema en el dobladillo. Me sentía hermosa. Me sentía una diseñadora de verdad.
Me lo puse un sábado por la noche para ir a una cena familiar en casa de mis tíos. Cuando bajé los escalones de la entrada, Mateo estaba esperándome apoyado en la cerca.
En lugar de la mirada de admiración que mi ingenuidad esperaba, sus ojos se volvieron dos ranuras heladas. Recorrió mi cuerpo de arriba abajo como si estuviera viendo algo sucio.
—¿A dónde vas vestida así? —preguntó, sin molestarse en saludar.
Se me congeló la sonrisa en los labios.
—Es... es el vestido que cosí la semana pasada. Te hablé de él, ¿recuerdas?
Mateo caminó hacia mí, agarró la tela de la manga entre sus dedos y la apretó con desprecio.
—Es demasiado llamativo, Valeria. Pareces una cualquiera. Ese escote enseña demasiado y la falda se te pega a las caderas cuando caminas. ¿Eso es lo que quieres? ¿Que todos los viejos morbosos del pueblo se te queden mirando mientras yo estoy al lado tuyo?
—No enseña nada, Mateo, es un corte clásico...
—Te ves ridícula queriendo llamar la atención —me interrumpió, alzando la voz lo suficiente para que la vergüenza me quemara las mejillas—. No voy a acompañarte a ningún lado si te vas a presentar como una regalada. Ve arriba y cámbiate. Ahora mismo.