Los monstruos de verdad no llegan con cuernos ni tormentas; llegan luciendo collares de perlas australianas, oliendo a perfume francés caro y regalándote sonrisas que te congelan la sangre.
Beatriz de la Vega no entró en mi vida como un terremoto, sino como el monóxido de carbono: en silencio, ensayada, imperceptible y absolutamente letal.
La primera vez que la tuve de frente fue un domingo por la tarde. Yo llevaba semanas escuchando a Mateo hablar de su madre como si fuera una divinidad intocable, una mujer de la alta sociedad capitalina que había tenido la «condescendencia» de acompañar a su hijo a San Pedro para revisar unos asuntos familiares. Yo estaba aterrorizada. Para la ocasión, pasé dos días enteros cosiendo una blusa de seda marfil, ajustando cada costura con la ilusión estúpida de impresionar a la mujer que había criado al hombre que amaba.
Serví el café en la sala con un temblor fino en las manos que me obligó a chocar la taza contra el plato de porcelana. El tintineo sonó como una alarma en el silencio de la habitación.
Beatriz ni siquiera se molestó en mirarme a la cara cuando le entregué la taza. Mantuvo los ojos fijos en mis manos, reparando en los pequeños callos de mis dedos y en el rastro casi imperceptible de tiza de sastre bajo mis uñas.
—Mateo es un chico brillante, querido —dijo Beatriz, dirigiéndose únicamente a su hijo mientras revolvía el azúcar con una lentitud desesperante—. Tiene un apellido que sostener y un futuro enorme en la capital. Pero un hombre de su calibre necesita a su lado a alguien que sepa estar a su altura. No puede andar cargando con distracciones innecesarias ni con improvisaciones de pueblo.
Bajé la mirada de golpe, sintiendo cómo las mejillas me armaban en fuego por la vergüenza. El aire de la sala se volvió denso, rancio. Busqué desesperadamente los ojos de Mateo, esperando la palabra de aliento, el gesto protector, la defensa apasionada del hombre que juraba adorarme en la oscuridad de la noche.
No llegó nada.
Mateo dio un sorbo a su café y le dedicó a su madre una sonrisa de complicidad ciega. Una mirada silenciosa que selló mi sentencia: entre ellos dos había una alianza de hierro, un club exclusivo de sangre y soberbia, y yo solo era una intrusa de clase baja a la que le estaban haciendo el favor de tolerar.
Con el paso de los meses, la presencia de Beatriz dejó de ser una visita para convertirse en una plaga. Si Mateo ya era posesivo, la entrada de su madre convirtió nuestra relación en una prisión con vigilancia de doble turno. Beatriz aparecía en la casa a cualquier hora, sin avisar, caminando por las habitaciones con esa elegancia fingida que ocultaba un apetito voraz por destruir todo lo que no encajara en su molde.
Nunca me gritó. No lo necesitaba. El veneno aristocrático se sirve frío y en dosis microscópicas.
—Ese color verde no te favorece en nada, niña —comentó una tarde, tomando el dobladillo de una falda que yo había confeccionado con semanas de esfuerzo, sobándola entre sus dedos enguantados como si fuera trapo de cocina—. Te hace ver pálida, ordinaria... descuidada. Una mujer que aspira a acompañar a un De la Vega debe entender cómo presentarse ante el mundo para no dejar mal a su hombre. La ropa hecha en casa apesta a pobreza.
Y yo, en mi desesperada, patética e ingenua búsqueda de una aprobación que jamás iba a llegar, empecé a autodestruirme para complacerla.
Tiré las telas de colores vivos que tanto me apasionaban. Cambié los rojos, los verdes y los azules por los tonos beige, gris y nude que Beatriz consideraba «decentes». Dejé de usar el labial que me gustaba. Comencé a hablar en un hilo de voz, a medir el volumen de mi risa, a pedir perdón por respirar demasiado fuerte y a caminar con una cautela enferma dentro de mi propia casa. Me borré a mí misma, capa por capa, creyendo que si lograba volverme lo suficientemente invisible, al menos tendría un poco de paz.
Pero Mateo jamás me defendió. Al contrario: descubrió en las humillaciones de su madre la herramienta perfecta para rematar el trabajo de sometimiento.
—¿Ves, Val? Mi mamá tiene toda la razón —me decía Mateo al final del día, acorralándome en la oscuridad del pasillo mientras me sujetaba de los hombros con una presión sofocante—. Ella solo quiere lo mejor para nosotros. Si fueras un poco más inteligente y atenta a lo que ella te dice, si dejaras de ser tan caprichosa, nuestra vida sería mucho más fácil. Mi mamá sabe cómo se comporta una mujer de verdad. Tú solo eres una campesina que tiene suerte de que yo me haya fijado en ti.
La trampa estaba cerrada con doble candado. Por un lado, la violencia psicológica de Mateo; por el otro, la vigilancia inquisidora de Beatriz. Vivía en una casa de espejos deformantes donde cada movimiento mío era analizado, criticado y catalogado como un error que debía ser castigado con días de silencio helado o con miradas de desprecio.
La prueba de fuego llegó una noche de lluvia, durante una cena donde Beatriz se superó a sí misma. Pasó tres horas diseccionando cada detalle de mi persona: desde la forma en que tomaba el tenedor hasta la sal de la comida, pasando por la soltura de mi cabello y mi falta de conversación sobre temas de la alta sociedad. Mateo asentía a cada estocada, disfrutando del espectáculo mientras yo me tragaba mis propias lágrimas junto con el pastel de carne.
Cuando la cena terminó, me excusé con la voz rota y me encerré en el baño de la planta baja.
Apoyé las manos sobre el lavabo de mármol y me miré al espejo. El reflejo que me devolvió el cristal me dio escalofríos. La chica de dieciséis años de San Pedro de la Sierra, la que tenía las manos llenas de tiza, los cuadernos repletos de sueños de alta costura y la mirada encendida de ambición, había desaparecido. En su lugar había un fantasma de diecisiete años, vestida con un suéter beige tres tallas más grande, con la cara pálida y los ojos apagados de una prisionera de guerra.