A los dieciocho años no me regalaron una fiesta ni una copa de vino para celebrar la mayoría de edad; me entregaron las llaves de mi propia celda.
Mateo y yo nos mudamos a un departamento pequeño en las afueras, un espacio que sobre el papel representaba "nuestro primer hogar de pareja", pero que en la realidad funcionaba como una sucursal del infierno regida por el manual no escrito de los De la Vega. En ese lugar, la única moneda de cambio aceptada era la obediencia ciega, y mi voz había sido catalogada oficialmente como una molestia que debía ser erradicada.
Beatriz no necesitó mudarse con nosotros para estar presente las veinticuatro horas del día. Tenía su propio juego de llaves —un privilegio que Mateo le otorgó sin tomarse la molestia de preguntarme— y lo usaba con la impunidad de un inspector de prisiones. Podía aparecer a las nueve de la mañana o a las ocho de la noche, cruzando la puerta sin tocar, moviendo los adornos de la sala, abriendo el refrigerador con una mueca de asco y pasando el dedo por encima de los marcos de las puertas para buscar motas de polvo.
Cualquier intento mío por opinar sobre la decoración, sobre el menú o sobre la compra de un simple juego de sábanas era aplastado al instante.
—Valeria, hija —me dijo Beatriz una tarde de jueves, dejando caer la cuchara dentro de la olla de sopa con un chasquido metálico que me erizó los pelos de la nuca—, recuerda que Mateo está haciendo un esfuerzo sobrehumano trabajando en la empresa familiar. Él necesita estabilidad, no llegar a casa a encontrarse con tus caprichitos de diseño o con platos mal sazonados. Esta comida tiene demasiada sal. Un hombre de su nivel no puede comer como si estuviera en una fonda de pueblo.
Mateo estaba sentado a la mesa, revisando unos papeles. Ni siquiera levantó la mirada del plato, pero asentía con la cabeza a cada palabra de su madre, sellando el veredicto.
—Mamá tiene razón, Valeria —agregó él, apoyando los codos sobre el mantel—. Tienes que entender tu rol aquí. Tu único trabajo es hacerme la vida fácil y ser mi apoyo, no convertirte en una carga pesada que me distraiga de mis metas.
Ese era el frente común. Un bloque de cemento armado contra el que cualquier réplica mía chocaba y se deshacía. Si intentaba explicarme, era "inmadura". Si me defendía, era una "falta de respeto a los valores de la familia". Así que elegí la única opción que me permitía conservar un hilo de cordura: el silencio.
Pero mi silencio también los enfurecía.
En cuanto la puerta se cerraba tras la partida de Beatriz, Mateo se transformaba. El hijo abnegado y educado le cedía el paso al tipo posesivo y acorralador que no soportaba perder el control de la escena.
—¿Por qué te quedas callada cuando mi mamá te habla? —me recriminó esa misma noche, acorralándome contra el mesón de la cocina mientras yo lavaba los platos. Su aliento caliente me quemaba la mejilla—. Te pones esa puta cara de víctima y te quedas como una estatua. Te ves arrogante, Valeria. Pareces una extraña en tu propia casa.
—Solo estoy cansada, Mateo —respondí, sintiendo cómo un nudo amargo me estrangulaba la garganta mientras apretaba la esponja entre mis dedos hasta sacarle la última gota de agua—. Siento que no importa lo que haga, nada nunca es suficiente para ustedes.
Él no me abrazó. No hubo un solo gesto de empatía. Soltó una risita seca, cargada de desprecio, y se alejó hacia la sala dejándome sola en la penumbra.
—El día que hagas algo bien, te lo voy a reconocer —soltó desde el sofá, encendiendo el televisor a todo volumen—. Mientras tanto, deja el drama y termina de limpiar.
La soledad cuando estás rodeada de gente que te odia es una herida abierta que pica todo el tiempo. Para sobrevivir a esas noches, desarrollé una habilidad mental casi quirúrgica: la disociación. Aprendí a apagar mi mente a voluntad. Cuando la voz de Beatriz diseccionaba mi forma de vestir o cuando Mateo se lanzaba en interrogatorios interminables sobre por qué había tardado veinte minutos más en el supermercado, yo simplemente desenfocaba la mirada. Fijaba la vista en un punto muerto de la pared, en una grieta del techo o en el marco de la ventana, mientras por dentro me refugiaba en las historias y patrones que solía escribir en mis cuadernos confiscados.
La costura, la única actividad que alguna vez me hizo sentir libre y talentosa, fue secuestrada y convertida en un trabajo forzado. Beatriz descubrió rápidamente la precisión de mis manos y no tardó en explotarla.
—Tengo cuatro vestidos de seda que necesitan ajuste en la cintura y un abrigo al que hay que cambiarle el forro completo —me dijo un domingo, tirando una bolsa de boutique sobre mi cama sin pedir por favor—. Quiero las puntadas invisibles, Valeria. Si me arruinas una sola de estas telas, te la descuento del dinero que Mateo te da para la casa.
Cosía hasta altas horas de la madrugada. Bajo la luz de una lámpara de escritorio cansada, clavaba la aguja en las telas caras de mi suegra con una rabia contenida que me hacía sangrar los yemas de los dedos. Irónicamente, busqué en la perfección técnica mi único escudo. Si la prenda quedaba impecable, no habría gritos. Pero el narcisismo de Beatriz siempre encontraba una rendija por donde colar el veneno: si el vestido le quedaba perfecto, declaraba ante sus amigas que era gracias a la excelente calidad de la tela que ella misma había comprado; si encontraba un hilo milimétricamente desviado en el interior, era la prueba irrefutable de mi inoperancia.
El aislamiento ya no era solo emocional; Mateo se encargó de volverlo físico y geográfico.
Controlaba cada uno de mis desplazamientos. Si necesitaba ir a comprar hilo, me acompañaba. Si mis padres llamaban desde San Pedro de la Sierra con la voz rota de preocupación al notar mi distancia, Mateo se paraba a un metro de mí, cruzado de brazos, escuchando cada palabra que salía de mi boca. Mi madre intentó preguntarme varias veces si todo estaba bien, pero la presencia intimidante de Mateo al lado del teléfono me obligaba a responder con frases cortas y neutras: "Sí, mamá, todo está perfecto. Estoy muy ocupada. Tengo que colgar".