La mañana no trajo luz, sino una bruma espesa y grisácea que se filtraba por las rendijas de las cortinas, tiñendo el departamento con un matiz de morgue. Desperté con el corazón martilleando a ritmo de combate.
El sobre guardado dentro del dobladillo de mi colchón no era solo un documento: era dinamita pura. Si Mateo o Beatriz llegaban a sospechar por una fracción de segundo lo que había descubierto la tarde anterior, las consecuencias serían definitivas. El instinto me gritaba que el tiempo se agotaba; la tensión en el aire era tan densa que parecía una red invisible cerrándose alrededor de mi cuello.
Bajé a la cocina con una precisión robótica, midiendo la distancia de cada paso. Beatriz ya estaba allí, moviendo los utensilios con una frialdad mecánica. El aroma a café negro resultaba sofocante.
—El sótano sigue esperando, Valeria —dijo sin girarse, cortando una rodaja de manzana con un cuchillo de chef largo y afilado. El reflejo metálico del acero bajo la luz blanca disparó una alarma en mi cerebro—. Mateo está impaciente. Él no tolera la ineficiencia, y yo tampoco.
Sostuve mi rostro en una inexpresividad total.
—Necesito tiempo, Beatriz. Es mucho más complejo de lo que imaginé —respondí con voz neutra—. Hay archivos viejos que requieren atención detallada si de verdad queremos mantener el orden estricto que ustedes exigen.
Beatriz congeló el movimiento del cuchillo. El silencio que siguió fue atronador. Lentamente, se giró para mirarme, con sus ojos reducidos a dos rendijas de análisis depredador. Por un segundo sentí que el pulso se me escapaba, que el secreto escondido arriba pesaba toneladas. Pero no pestañeé. Había aprendido la regla fundamental: el miedo es un olor que el narcisista detecta al instante, y no iba a regalarle ese triunfo.
Sostuvo la mirada dos segundos más, se dio la vuelta y continuó cortando la fruta.
Al bajar los escalones hacia el subterráneo, la temperatura descendió bruscamente. Cerré la puerta de madera a mis espaldas y, esta vez, no encendí la bombilla principal. Usé únicamente la linterna. La penumbra era mi única aliada.
Me dirigí de inmediato a la mesa del fondo, pero no me detuve en el libro de contabilidad. Empecé a mover las cajas de cartón más pesadas apiladas contra la pared de piedra cruda. Tras retirar la tercera caja, la luz de la linterna rebotó contra un marco de metal: una pequeña caja de seguridad empotrada en la mampostería.
El corazón me golpeaba las costillas con la fuerza de un motor fuera de control. El dial numérico era mecánico. No era una combinación aleatoria; Mateo era un narcisista metódico y ególatra. Probé la secuencia obvia de su universo: el día de su graduación universitaria con honores, la fecha que repetía en sus discursos sobre el éxito.
Click.
El pestillo cedió con un sonido metálico seco.
Al abrir la pequeña puerta de hierro, no encontré fajas de billetes. Encontré algo infinitamente peor: una colección de carpetas delgadas, cintas de micrograbación magnética y fotografías instantáneas.
Tomé el primer grupo de fotos con manos temblorosas. Eran imágenes tomadas a escondidas, fichas de seguimiento, notas sobre debilidades emocionales y estados de cuenta de otras tres mujeres. Tres mujeres jóvenes que habían ocupado mi lugar en años anteriores, antes de que Mateo pisara los veinticinco. No era la primera; yo era simplemente la pieza actual en una secuencia de manipulación sistemática.
Una náusea amarga me subió por la garganta. La adrenalina, ahora teñida de un horror lúcido, me mantuvo firme. Estaba sosteniendo el archivo físico de sus crímenes.
De pronto, un golpe seco resonó en el techo de madera.
Pasos. Pesados, lentos, deliberados.
Mateo había regresado al departamento antes de lo previsto y bajaba la escalera.
El pánico intentó paralizarme por un milisegundo, pero la razón tomó el control con una frialdad matemática. Si me encontraba frente a la caja abierta, todo se terminaba esa misma mañana.
Cerré la puerta de hierro de un empujón silencioso, tomé tres de las cintas de audio y el paquete de fotografías más reciente, y los metí en una bolsa de arpillera gastada. En tres segundos atravesé el sótano y escondí la bolsa detrás de una viga de madera suelta cerca de la entrada, un rincón cubierto de escombros que nadie revisaría a simple vista.
Me dejé caer sobre el taburete viejo, abrí una carpeta al azar y tomé un trapo justo cuando la puerta principal del subterráneo se abrió de golpe.
La silueta de Mateo bloqueó la luz del pasillo. Su rostro era una máscara de sospecha pura.
—¿Qué haces aquí abajo todavía, Valeria? —su voz retumbó contra la piedra, profunda y cargada de una amenaza latente—. Llevas horas encerrada. ¿Desde cuándo el trabajo doméstico requiere tanta intimidad?
—Hay demasiado polvo acumulado, Mateo —dijo alzar la vista con una tranquilidad calculada—. Si quieres resultados reales, necesito concentrarme. No puedes pretender que clasifique años de registros en una sola mañana.
Dio varios pasos hacia mí, invadiendo mi espacio hasta que el olor a su loción cara y al mentol de su aliento me rodeó. Se inclinó, dejando su rostro a escasos centímetros del mío, buscando desesperadamente un temblor en mis párpados, una gota de sudor, una lágrima de acorralamiento.
No le di nada. Mantuve los ojos fijos en los suyos: una mirada vacía, uniforme, la mirada de alguien a quien le han quitado todo y ya no tiene nada que perder.
—Te ves diferente —murmuró con un tono que oscilaba entre la curiosidad y la desconfianza peligrosa—. Casi parece que se te olvidó cómo tener miedo.
—El miedo es una pérdida de tiempo —respondí sin alterar el tono—. Y estoy empezando a entender que en esta casa el tiempo es lo único que nos queda.
Mateo soltó una carcajada breve que no llegó a reflejarse en sus ojos. Se dio la vuelta y comenzó a caminar despacio por el perímetro del sótano. Sus dedos pasaban sobre las estanterías, rozando las cajas, avanzando lentamente hacia la pared frontal... deteniéndose a solo centímetros de la viga donde acababa de ocultar la bolsa.