El archivo subió al servidor al 100%. Un pequeño clic en la pantalla de mi teléfono y la trampa quedó armada.
Ya no había espacio para los mareos ni para la debilidad en las rodillas. El temblor se me quitó de golpe, como un balde de agua helada en la cara. Borré el historial, limpié la caché por instinto y me metí el teléfono en el bolsillo del abrigo. Al salir al pasillo, la casa olía a encierro, a tabaco rancio y a café quemado.
De la sala venían los gritos. No era la autoridad impostada de Mateo; era el tono agudo y desarticulado de un hombre que siente la soga apretándole la garganta. Asomé la cabeza desde la sombra.
Mateo caminaba de un lado a otro junto al ventanal, sudando a mares a pesar del frío de la noche, con la cara pálida y enfermiza, y esos ojos azul acuoso desencajados por el pánico. Beatriz estaba sentada en el sofá, pero por primera vez en su vida no parecía una estatua de mármol. Su rostro amarillento, surcado por la amargura, reflejaba una tensión casi grotesca, y sus ojos negros como cuentas de vidrio temblaban.
—¡Es que no entiendes, mamá! —bramó Mateo, despeinándose con desesperación—. ¡Dante no va a esperar! Hay dos carros negros parados en la esquina. ¡Me acaban de mandar una foto de la placa de mi propio coche!
—Cálmate, Mateo —siseó Beatriz, aunque la voz le salió delgada, impregnada de ese tufo a lavanda rancia que me producía arcadas—. La agenda está a salvo. Si Dante entra a la fuerza, no consigue nada.
—¡La agenda no me sirve de nada si me meten un tiro antes de cruzar la puerta! —gritó él, estampando un adorno de cristal contra el suelo.
Sonreí en la oscuridad. Qué sabroso era verlos sudar.
Caminé hacia la sala con pasos lentos y firmes, sin apoyar la espalda en las paredes, sin fingir la cojera que me sirvió de escudo. Me detuve en el arco de entrada. Los dos se giraron. El silencio fue absoluto. Beatriz me escaneó de arriba abajo y, por primera vez en diez años, la vi dudar. Se dio cuenta de que la postura me había cambiado: los hombros atrás, la barbilla arriba y la mirada fija.
—¿Qué haces de pie? —preguntó ella, intentando sonar inquisidora.
—Escuchando cómo se les cae la casa encima —respondí. Mi voz no tembló. Sonó tan plana y afilada que Mateo dio un paso atrás.
—Tú te callas —dijo él, señalándome con un dedo trémulo—. No tienes idea de lo que está pasando afuera.
—Sé perfectamente lo que pasa afuera, Mateo. Sé que Dante está en la esquina porque no le cumpliste. Sé que no tienes cómo pagarle a tus socios. Y sé que la agenda negra que guardas en el escritorio ya no te sirve de nada.
Mateo se congeló. La poca sangre de su rostro se evaporó, dejándolo de un color gris cadavérico.
—¿Qué dijiste? —susurró Beatriz, poniéndose de pie con lentitud.
—Que la jugada se les acabó. Dante cree que yo tengo las cuentas. Mateo cree que las tiene él. Pero la policía financiera tiene la copia exacta en su correo desde hace diez minutos. Si Dante cruza esa puerta, cae con ustedes. Y si intentan tocarme, el servidor libera las claves suizas a la prensa.
Mentí con una precisión aterradora. Les di la dosis exacta de veneno para inducirlos al pánico total. Mateo miró a su madre; Beatriz lo miró a él. La máscara de la familia perfecta se desmoronó en dos segundos. Eran solo dos ratas acorraladas en una cocina de lujo.
En ese instante, el teléfono de Mateo comenzó a sonar sobre la mesa de centro. En la pantalla iluminada se leía un solo nombre: Dante.
Mateo miró el aparato como si fuera una víbora a punto de morderlo.
—Contesta —le dije con una sonrisa helada, dando media vuelta—. Dile que la dueña de la casa lo espera afuera.
Bajé las escaleras sin mirar atrás y salí al aire libre. La cita no podía esperar. Fui a su encuentro en el viejo almacén del puerto que Dante usaba como guarida, donde el olor a óxido y salitre se mezclaba de inmediato con su perfume de sándalo.
Dante era la antítesis perfecta de Mateo. De piel bronceada por el sol, cabello negro azabache despeinado con intención y una presencia física imponente bajo su chaqueta de cuero negro. Sus ojos, oscuros como café sin azúcar, buscaban doblegarte al instante.
—¿Lo tienes? —preguntó, apoyado contra una viga de acero, con la musculatura tensa.
Sentí el peligro emanando de su cuerpo, pero el odio me cubría como una armadura. Ya no era la mujer que temblaba. Pasé semanas analizando a estos hombres: Dante era un narcisista dominante y agresivo; Mateo, un cobarde manipulador.
—Tengo algo mejor que un documento, Dante —dije, acortando la distancia sin pestañear—. Sé dónde guarda Mateo el efectivo fuera de libros. Y sé las fechas exactas en que Beatriz mueve los fondos a las islas.
Dante dio un paso al frente, invadiendo mi espacio. Su mano, grande y callosa, me sujetó el mentón con fuerza. Sus dedos estaban calientes, un contraste violento con el frío helado de mi pecho.
—Valeria, si esto es un juego, te aseguro que el final no te va a gustar. Mateo es un estúpido, pero yo no tengo paciencia.
—No es un juego —susurré, dejando salir todo el rencor acumulado—. Es el mapa para enterrarlo. Ayúdame a destruirlo y te entrego el acceso total.
Sus ojos brillaron con una codicia casi infantil. En ese instante me provocó un asco infinito. Dante no me deseaba a mí; deseaba el imperio de mentiras que Mateo había levantado. El odio hacia ambos creció dentro de mí como hiedra venenosa. Quería verlos colisionar. Quería ver a Mateo suplicando por una misericordia que jamás tuvo, y a Dante, con toda su prepotencia, cayendo de cabeza en la trampa que yo misma le estaba tejiendo.
—La agenda está expuesta, Dante. Si no actúas esta noche, Mateo quema los servidores y se desvanece —añadí, liberándome de su agarre con un movimiento seco.
Él me sostuvo la mirada un segundo más, apretando la mandíbula antes de asentir con una sonrisa torcida y peligrosa. Se dio la vuelta para dar órdenes a sus hombres. La mecha estaba encendida.