El dolor era una entidad física, un animal salvaje que habitaba en mi mano izquierda desde hacía semanas. La infección había remitido, pero en su lugar quedaba la rigidez de los tendones dañados y la sensibilidad extrema de una mano que nunca terminaba de sanar. Mateo, envuelto en su aura de superioridad, observaba mis manos cada mañana como si fueran piezas de un reloj que él podía desarmar a su antojo.
—Valeria, te noto lenta —dijo mientras desayunábamos. Su rostro, de una blancura casi translúcida, destacaba contra la penumbra de la cocina. Sus ojos, azules y carentes de cualquier rastro de calidez, me seguían con una atención perturbadora.
Beatriz, sentada frente a él, limpiaba un cuchillo de plata con un paño de lino. Sus ojos negros, hundidos en un rostro surcado por años de amargura, me dedicaron una sonrisa gélida.
—Quizás el problema es que todavía se siente capaz de controlar su propio destino —añadió ella, con una voz que era puro veneno.
Mateo se levantó lentamente. Tenía una forma de moverse felina, deliberada, que siempre precedía al horror. Se acercó a mí por detrás, rodeando mis hombros con una frialdad que me hizo erizar el vello de los brazos. Sin decir palabra, tomó mi mano izquierda, la que aún conservaba el rastro de la herida infectada, y la colocó sobre la mesa de madera pulida.
—Si no puedes trabajar, si no puedes sostener una herramienta, esta parte de tu cuerpo es inútil —murmuró, su aliento frío rozando mi oído.
Antes de que pudiera reaccionar, Mateo aplicó una presión descendente con su brazo izquierdo mientras, con la mano derecha, agarró mis dedos índice y medio. El sonido fue lo primero que percibí: un chasquido seco, nítido, como el de una rama vieja quebrándose en un bosque silencioso.
El dolor fue una explosión blanca que borró mi visión. Sentí cómo mis falanges se desplazaban, cómo los ligamentos se desgarraban en una sinfonía de agonía. Mateo empujó con más fuerza, forzando los dedos hacia atrás, en un ángulo antinatural, hasta que el hueso rozó la piel por dentro. El detalle de la piel estirándose, blanqueándose por la presión extrema, era lo único que mi cerebro podía registrar. La carne alrededor de mis nudillos se puso violácea al instante; era una visión dantesca.
—Míralo, Valeria. Míralo y apréndelo —exigió él mientras mantenía la presión.
Mis dedos quedaron deformados, colgando en una dirección que desafiaba la biología. La hinchazón comenzó de forma inmediata, una reacción violenta del cuerpo ante la agresión. El dolor pulsaba al ritmo de mi corazón, un tambor sádico que me impedía articular palabra.
Beatriz se levantó y se acercó, sosteniendo el cuchillo. Con una destreza que delataba años de práctica en la crueldad, presionó mis dedos para "reacomodarlos". El dolor de la recolocación fue peor que el de la fractura. Sentí el roce de los huesos al deslizarse uno sobre otro, una sensación granulada y horrible que me hizo cerrar los ojos, incapaz de contener el grito que brotó desde lo más profundo de mi ser. Mis dedos quedaron rígidos, en una postura torpe y marcada por una inflamación severa que, supe en ese instante, dejaría una deformidad permanente. Mis nudillos lucían ahora hundidos y oscuros, una marca que llevaría hasta el día en que pudiera devolver el golpe.
—Así estará mejor —dijo Beatriz, limpiando una gota de sangre que había caído sobre la mesa—. Ahora, limpia la cocina. Con ambas manos.
Pasé las siguientes horas lavando platos, sintiendo cómo cada nervio de mi mano izquierda enviaba señales de auxilio al cerebro. La marca estaba ahí: la inflamación comenzó a bajar al día siguiente, pero dejó los nudillos desplazados y una rigidez que me impedía cerrar el puño. Era un recordatorio gráfico, un mapa de mi propio infierno que nunca olvidaría.
Mientras fregaba, observaba mi mano deformada. El odio que sentía hacia Mateo y Beatriz ya no era una emoción; era una parte de mi fisiología, una constante que me permitía soportar el dolor. Sabía que, eventualmente, el hierro que me partió los huesos me serviría para abrirles el pecho a ellos. Cada vez que intentaba agarrar algo y la mano me fallaba, la rabia crecía, fortaleciéndome. Algún día, usaría esta misma mano rota para obligarlos a pedir clemencia, y les recordaría exactamente cómo se siente el sonido de un hueso al romperse.