La Arquitecta De Las Cenizas ✓

Capítulo 24: En el vientre de la bestia

​El trayecto en el asiento trasero del vehículo de Dante fue un ejercicio absoluto de contención física y mental. Las piedras afiladas del camino de grava se habían incrustado con saña en mis rodillas desnudas durante el arrastre, dejando un rastro de ardor punzante que se fundía de manera agónica con la fricción constante de la seda cruda contra mi espalda flagelada. Cada bache del camino y cada giro brusco del motor golpeaban mi cuerpo maltrecho, convirtiendo cada centímetro de mi piel en un mapa de fuego. Sin embargo, el dolor físico ya no representaba una derrota ni un motivo de quiebre; se había transformado en el ancla precisa, en el estímulo visceral que me mantenía completamente lúcida mientras la oscuridad de la noche devoraba los kilómetros hacia la guarida del lobo.

​Dante habitaba en una fortaleza brutalista de concreto armado y cristal oscuro situada en los riscos de las afueras de la ciudad, un recinto blindado que exhalaba un aroma denso y pesado a dinero negro, tabaco caro, pólvora y una testosterona agresiva que parecía flotar en el ambiente como una niebla irrespirable. Al detenerse el motor con un chirrido seco, uno de sus hombres de confianza abrió la portezuela trasera con violencia y me tiró del brazo sin el menor atisbo de consideración, tratándome como a un bulto inservible.

​Caí pesadamente de rodillas sobre el pulido mármol negro del recibidor principal. Al intentar amortiguar el impacto por puro instinto de supervivencia, la mano izquierda —con los nudillos soldados en un ángulo grotesco y antinatural— impactó de lleno contra el suelo frío, disparando una descarga de fuego blanco que recorrió todo mi antebrazo hasta congelarme la respiración. No emití un solo sonido. Contuve el llanto y el grito con tanta fuerza que alcancé a morder el interior de mi mejilla hasta saborear el rastro metálico y tibio de la sangre en mis encías. El sufrimiento era solo una variable más en la ecuación que yo misma había comenzado a resolver.

​Dante descendió por la imponente escalinata principal con pasos pausados, rítmicos, sosteniendo una copa de cristal pesada con licor ámbar en la mano. Se detuvo a un par de metros de distancia, escrutándome con la misma curiosidad fría, distante y clínica con la que un coleccionista examina una pieza rota o un insecto atrapado en resina.

​—Levántala —ordenó con voz ronca, sin apartar de mí sus oscuros ojos.

​El matón me sujetó del cabello con una brusquedad salvaje, obligándome a ponerme en pie de un tirón. Mis piernas temblaban, pero no por debilidad física, sino por el esfuerzo monumental y calculado de simular una fragilidad extrema, una debilidad a punto de derrumbarse. Me obligué a encorvar ligeramente los hombros, a dejar caer los brazos con una pesadez inerte y a mantener la mirada completamente perdida, vidriosa, reflejando el vacío absoluto de alguien cuya voluntad había sido triturada hasta los cimientos.

​—¿Esta es la gran garantía con la que Mateo pensaba saldar su deuda? —preguntó Dante, soltando una risa corta, seca y cargada de un desdén absoluto que retumbó en las paredes de mármol—. Me entregó una muñeca rota, una obra en total ruina. No sirve ni para decorar la entrada.

​—Una ruina puede ser sumamente útil si sabes exactamente dónde cavar, Dante —respondí por primera vez, alzando apenas un hilo de voz delgado, tembloroso y quebradizo, imitando a la perfección el terror de una rehén acobardada que suplica clemencia.

​Dante frunció el ceño de inmediato, visiblemente intrigado y desconcertado por el hecho de que una criatura a la que él consideraba un despojo se atreviera a dirigirle la palabra sin orden previa. Se acercó con esa marcha felina, dominante y peligrosa, deteniéndose tan cerca que pude percibir el amargor denso del alcohol y el sándalo en su aliento. Me tomó del mentón con los dedos duros, ejerciendo una presión dolorosa que hizo que mis cervicales crujieran. Sus ojos oscuros y penetrantes buscaron desesperadamente una rendija en mi fachada, un destello fugaz de desafío que confirmara sus sospechas de que había gato encerrado.

​No encontró absolutamente nada. Mi rostro era un desierto. Solo halló el reflejo vacío de una mujer destruida, una cáscara vacía dispuesta a obedecer cualquier orden por puro instinto de conservación.

​—Llévenla al ala del servicio —le indicó finalmente a uno de sus subalternos sin apartar de mí su mirada suspicaz—. Que la limpien, que le quiten ese maldito trapo de seda ensangrentado y que la encierren bajo llave en la habitación del fondo, junto a la despensa. Mañana por la mañana empezaremos a evaluar si esta basura tiene algún valor real para nosotros.

​La habitación del fondo no era más que una celda de lujo disimulada tras paneles de madera fina y falsa modestia. Carecía por completo de ventanas al exterior, un cubículo claustrofóbico iluminado únicamente por una bombilla cenital protegida por una pesada rejilla metálica. Apenas los guardias cerraron la puerta con llave y el cerrojo metálico cayó con un golpe seco, el patético personaje de la mujer aterrorizada y rota se desvaneció de mi rostro de inmediato, como una máscara de teatro barata que cae al suelo y se hace añicos.

​Me desplomé lentamente sobre el colchón de la cama individual, pero mi mente operaba con la velocidad fría y precisa de un engranaje de relojería suiza. No había tiempo para el descanso ni para el autocompadecimiento; la partida de ajedrez acababa de entrar en su fase más peligrosa.

​Lo primero que hice fue examinar metódicamente el perímetro de la celda. A simple vista no había cámaras de seguridad visibles, pero agucé el oído y percibí un zumbido eléctrico constante que provenía del panel de ventilación situado justo sobre el dintel de la puerta; era evidente que había micrófonos ocultos registrando cada respiración. Medí mis pasos con precisión milimétrica, conté exactamente treinta y dos baldosas de lado a lado y memoricé el patrón acústico de las rondas de los guardias al otro lado del pasillo blindado.




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