El recinto de Dante no era una casa, era un complejo industrial reconvertido en fortaleza, un laberinto de pasillos de hormigón desnudo y luces de neón que zumbaban con un tono monótono y enloquecedor. Al entrar, el aire olía a aceite de motor, a sudor acumulado y a una humedad rancia que parecía pegarse a la piel. Dante me soltó con un empujón que me envió directamente contra una pared de metal.
—Bienvenida a tu nueva realidad, Valeria —dijo él, sin mirarme. Hizo una señal con la mano y tres de sus hombres más cercanos, tipos con rostros desfigurados por cicatrices de navaja y miradas carentes de cualquier rastro de remordimiento, se adelantaron.
El mayor, un sujeto de hombros anchos y tatuajes tribales que le subían por el cuello, me agarró del cabello con una mano, enroscando mis mechones entre sus dedos con una fuerza que me obligó a arquear la espalda. El dolor en el cuero cabelludo fue inmediato, una señal de que el cuero cabelludo comenzaba a desprenderse. Me arrastraron hacia una oficina sin ventanas, donde la luz de un solo foco desnudaba cada imperfección, cada cicatriz que Mateo me había dejado.
Lo que siguió fue una coreografía de brutalidad sistemática. Me obligaron a arrodillarme sobre el suelo frío, donde el polvo se mezclaba con restos de cristal. Me desnudaron con una violencia que dejó mi piel marcada con moratones instantáneos. No era solo sexo; era un ritual para demostrar que yo no tenía propiedad sobre mi cuerpo. Cada vez que intentaba cubrirme, uno de ellos me golpeaba en las costillas con una bota pesada, dejándome sin aire, obligándome a reconocer que, en ese momento, yo no era nada.
Los detalles son una mancha imborrable: el tacto de manos ásperas que me sujetaban las muñecas contra el metal, el peso de sus cuerpos que me asfixiaba, las palabras susurradas cerca de mi oído —insultos que buscaban romper lo último que quedaba de mi dignidad—. El escorpión tatuado en el cuello del primero se convirtió en el punto focal de mi visión mientras me ultrajaban. Mi mente se fragmentó. Me vi desde el techo, observando a esta mujer que era yo, pero que ya no me pertenecía. Sentía el roce de la aspereza de sus manos, la presión de sus dedos marcando mi piel como si fuera arcilla, la humillación de ser repartida como botín.
Cuando terminaron, me arrojaron una manta vieja y me dejaron sola en la penumbra. Estaba temblando, no solo por el frío, sino por una descarga de adrenalina que mi sistema ya no podía contener. Mi cuerpo era un mapa de dolor nuevo: marcas de dedos en mis muslos, laceraciones en los labios, el interior de mis muslos ardiendo.
Pero en esa oscuridad, mi cerebro se convirtió en un altar de odio. Memorice cada nombre que usaron entre ellos. El tipo del tatuaje del escorpión se llamaba "Rocco". El otro, el de la mirada vidriosa, era "Víctor". El tercero era un joven de manos inquietas que no paraba de reír. Los nombré en mi mente, uno por uno. Juré que no morirían rápido. Juré que su final sería tan detallado, tan lento y tan agónico que el infierno les parecería un paraíso en comparación.
Mientras la sangre se secaba sobre mi piel, mi mano izquierda —la mano de los nudillos rotos— se cerró con una fuerza sobrenatural. El dolor de esa mano rota se convirtió en mi ancla. Cada vez que la memoria de lo que me hicieron quería destruirme, presionaba mis dedos deformados. El dolor punzante me traía de vuelta a la realidad. No era la víctima. Era el verdugo en espera.
Sentí el cambio. Aquella noche, algo en mi interior se oscureció permanentemente. La mujer que quería sobrevivir se fue; ahora solo quedaba la mujer que quería ver el mundo arder, comenzando por las personas que me habían convertido en esto. Mi venganza no sería solo una reacción; sería una obra de arte sangrienta.