La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 26: El veneno en la seda

​La recuperación física era un concepto que mi cuerpo se negaba a aceptar. Tenía el cuerpo cubierto por una constelación de moratones, desde el violeta profundo en mis costillas hasta el amarillento verdoso que rodeaba las marcas de los dedos de Rocco en mis muslos. Mi mano izquierda, con los dedos todavía rígidos y deformes, era un recordatorio constante de que mi capacidad de movimiento estaba restringida, pero mi intelecto se había expandido hacia el vacío que la tortura dejó en mi alma.

​Dante me hizo llamar al mediodía. No me trataba como a una mujer; me trataba como a un activo deteriorado que intentaba reintegrar al inventario. Me lanzó una bolsa con ropa oscura: jeans ásperos y una camiseta negra que rozaba mis heridas aún abiertas, provocándome escalofríos de dolor.

​—Tienes una mente analítica, Valeria —dijo él, sin mirarme, mientras limpiaba una pistola semiautomática en su escritorio—. Mateo dice que eras buena con los registros. Necesito que revises las cuentas de los envíos de esta semana. Mis contadores son idiotas y sospecho que Víctor se está quedando con un porcentaje.

​El odio que sentía hacia él era un frío glacial. Mientras él hablaba, yo memorizaba la curvatura de su cuello, el lugar exacto donde un corte profundo terminaría con su arrogancia. Me senté frente al monitor, mis dedos deformados moviéndose sobre el teclado con dificultad. Cada tecla presionada era un esfuerzo, pero mi mente volaba. Estaba dentro del corazón financiero de la mafia.

​—Haré lo que pidas —respondí. Mi voz sonó rasposa, como si no la hubiera usado en años.

​Durante horas, mientras él se ausentaba, diseccioné la estructura de su imperio. No solo Víctor robaba; Rocco, el tipo del tatuaje del escorpión, estaba vendiendo información a una banda rival. La oportunidad era perfecta. Dante era un narcisista de manual: paranoico, egocéntrico y convencido de que nadie era lo suficientemente inteligente para desafiarlo. Empecé a plantar "errores" en los registros que incriminaban a Rocco y a Víctor de forma sutil, creando una red de mentiras que, a su debido tiempo, los obligaría a volverse uno contra el otro.

​Al caer la tarde, Rocco entró en la oficina. Su sola presencia me provocó una arcada que tuve que ocultar apretando la mano herida contra el borde de la mesa, usando el dolor para mantenerme inexpresiva. Él se acercó, su aliento a nicotina invadiendo mi espacio, y posó una mano pesada sobre mi hombro.

​—¿Qué haces ahí, mujercita? —su voz era un gruñido. Sus dedos, gruesos y sucios, se hundieron en el moratón de mi hombro.

​El instinto me gritaba que huyera, que gritara, pero la mujer nueva —la que se alimentaba de cenizas— no se movió. Me giré lentamente, ocultando el temblor de mis manos.

​—Dante quiere ver las cuentas, Rocco. Me pidió que buscara las irregularidades —dije con una calma que me sorprendió—. Dice que alguien está robando. Y, por lo que veo, los números no mienten.

​Vi cómo sus ojos se estrecharon. La semilla de la paranoia estaba plantada. Rocco no sabía que yo tenía la capacidad de editar los registros, de crear pruebas falsas que parecieran reales. Me estaba convirtiendo en la titiritera de mi propia destrucción.

​Al volver a mi celda —porque eso era, una habitación con una cerradura electrónica—, me desplomé sobre el catre. El dolor en mis costillas era insoportable y la rigidez de mi mano izquierda me impedía cerrar el puño. Pero no lloré. Me miré las manos, una deformada por la maldad de Mateo y la otra lista para teclear el código de la ruina de Dante. Había empezado a entender que mi supervivencia dependía de cuánto dolor pudiera convertir en estrategia. Ellos creían que me habían reducido a un esclavo sexual y una calculadora humana. No sabían que, cada vez que me tocaban, yo aprendía un punto débil más.

​El dolor era mi instructor. La humillación era mi motivación. Y la venganza, esa sinfonía sangrienta, apenas estaba comenzando a afinar sus instrumentos.




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