La Arquitecta De Las Cenizas ✓

Capítulo 26: La contabilidad de la ruina

​La recuperación física era un concepto abstracto que mi organismo se negaba categóricamente a aceptar. Tenía el cuerpo entero cubierto por una constelación grotesca de moratones y hematomas en constante evolución: desde el violeta profundo y necrótico en las costillas hasta los tonos amarillentos y verdosos que aún rodeaban con precisión milimétrica las marcas de los dedos de Rocco en mis muslos. Mi mano izquierda, con los dedos soldados en una rigidez anómala y deforme, era un recordatorio constante e implacable de que mi capacidad de movimiento físico estaba severamente restringida. Sin embargo, en proporción inversa a la destrucción de mi carne, mi intelecto se había expandido de manera vertiginosa hacia el vasto vacío que la tortura y el horror habían dejado en mi alma.

​A mitad del día, la puerta de mi celda se abrió con un zumbido electrónico y uno de los guardias me hizo una seña seca para que saliera. Dante me mandaba a llamar.

​No me recibió como a una mujer, ni siquiera como a una persona digna de consideración; para él, yo no era más que un activo deteriorado, una herramienta maltrecha que intentaba reintroducir a la fuerza en el inventario operativo de su imperio criminal. Sin mediar palabra, me lanzó una bolsa de plástico negro sobre la mesa metálica de su despacho. Contenía un par de prendas oscuras y toscas: unos jeans ásperos y una camiseta negra de algodón grueso que, al contacto, rozaba las costras y las heridas abiertas de mi espalda, provocándome escalofríos punzantes de dolor puro.

​—Tienes una mente analítica, Valeria, aunque tu aspecto exterior dé lástima —dijo él sin apartar los ojos de su labor, mientras limpiaba con paciencia quirúrgica el mecanismo de una pistola semiautomática sobre la superficie de su escritorio caoba—. Mateo me aseguró alguna vez que eras excepcionalmente buena con los registros y los números ocultos. Necesito que pongas esa cabeza a trabajar. Revisa las cuentas de los envíos internacionales de esta semana. Mis contadores actuales son unos completos idiotas, y tengo la firme sospecha de que Víctor se está quedando con un porcentaje considerable de las ganancias de la ruta norte.

​El odio que sentía hacia él no era una llamarada caótica; era un bloque de hielo puro, un frío glacial que me paralizaba los gestos y me encendía el pensamiento. Mientras él hablaba con esa suficiencia insoportable, yo me dedicaba a estudiar cada milímetro de su anatomía: memoricé la curvatura exacta de su cuello, el punto preciso donde un corte profundo y certero terminaría de golpe con su arrogancia y su imperio. Me senté frente al monitor del ordenador, apoyando mis dedos rígidos y deformados sobre el teclado con una torpeza calculada. Cada tecla presionada exigía un esfuerzo físico considerable, pero mi mente volaba libre y veloz, adentrándose sin resistencia en el corazón financiero y clandestino de la mafia.

​—Haré exactamente lo que pidas —respondí. Mi voz salió rasposa, seca, como si hacía años que no la utilizaba para articular una frase coherente.

​Durante horas, mientras Dante se ausentaba para atender sus reuniones de negocios en otra ala del complejo, me sumergí en la disección milimétrica de su estructura financiera. No tardé demasiado en descubrir que sus sospechas se quedaban cortas. Víctor no era el único que robaba; cruzando los datos y las facturas falsificadas, comprobé que Rocco —el bruto del tatuaje del escorpión— llevaba meses vendiendo información privilegiada y rutas de contrabando a una banda rival a espaldas de la organización.

​La oportunidad era perfecta, una carambola macabra dispuesta sobre el tablero. Dante era un narcisista de manual: un hombre profundamente paranoico, egocéntrico y convencido en su delirio de superioridad de que nadie en el mundo era lo suficientemente inteligente como para desafiarlo o engañarlo en sus propias narices. Con una frialdad absoluta, comencé a plantar «errores» sutiles, discrepancias contables y transferencias camufladas en los registros oficiales que incriminaban directamente tanto a Víctor como a Rocco, tejiendo una red invisible de mentiras tan bien estructurada que, a su debido tiempo, los obligaría a volverse los unos contra los otros en una guerra intestina por la supervivencia.

​Al caer la tarde, cuando la luz artificial del complejo comenzaba a zumbar con más fuerza, la puerta de la oficina se abrió de golpe. Rocco entró sin previo aviso.

​Su sola presencia física provocó en mi interior una arcada violenta que tuve que sofocar de inmediato, apretando con furia mi mano herida contra el borde filoso de la mesa, utilizando ese dolor físico agudo como un ancla para mantenerme completamente inexpresiva y pétrea. Él se acercó con pasos pesados, invadiendo mi espacio vital con un tufo nauseabundo a nicotina barata y sudor rancio, y posó una mano brutal y pesada directamente sobre mi hombro magullado.

​—¿Qué diablos haces ahí pegada a la pantalla, mujercita? —su voz era un gruñido ronco, áspero. Sus dedos, gruesos, sucios y con las uñas mordidas, se hundieron con saña en el moratón reciente de mi hombro, probando los límites de mi resistencia.

​El instinto animal, el reflejo primitivo de supervivencia, me gritaba a gritos que huyera, que me encogiera o que gritara pidiendo auxilio. Pero la mujer nueva —aquella que había renacido desde el fondo de las cenizas y el lodo— no se movió ni un solo milímetro. Me giré con lentitud estudiada, ocultando con maestría el temblor involuntario de mis manos.

​—Dante quiere revisar las cuentas con lupa, Rocco. Me pidió explícitamente que buscara las irregularidades de la semana —respondí con una calma glacial y serena que logró sorprender incluso a mi propio juicio—. Dice que alguien le está robando dinero de las rutas. Y por lo que alcanzo a ver en los balances, los números fríos simplemente no mienten.

​Vi cómo sus ojos pequeños y crueles se estrecharon de inmediato, perdiendo el brillo momentáneo de la prepotencia para dar paso a la sombra alargada de la sospecha. La semilla envenenada de la paranoia ya estaba sembrada en terreno fértil. Rocco no tenía la menor idea de que yo poseía el control absoluto de los registros, de que era capaz de editar facturas y fabricar pruebas falsas tan verosímiles que destruirían a cualquiera. Sin saberlo, me estaba convirtiendo en la titiritera invisible de su propia destrucción.




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