La Arquitecta De Las Cenizas ✓

Capítulo 27: La cosecha de la paranoia

​La atmósfera en el interior del complejo de Dante se había vuelto tan densa, pesada y cargada de estática que parecía verdaderamente posible cortarla con un cuchillo de hoja fría. La semilla envenenada que había plantado con tanta paciencia en los registros contables comenzó a germinar y a dar frutos macabros mucho más rápido de lo que mis cálculos más optimistas habían previsto. Dante nunca había sido un hombre dotado de paciencia o de temperamento reflexivo; era, en su esencia más pura, un depredador alfa que, al percibir la más mínima sombra de duda sobre la lealtad de su propia manada, prefería devorar a los suyos desde adentro antes que correr el más mínimo riesgo de ser traicionado en su propia casa.

​Todo estalló finalmente durante la hora del almuerzo en el comedor general, un espacio amplio y lúgubre, dominado por paredes de concreto gris e iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban incesantemente con un zumbido agudo y enloquecedor.

​Rocco y Víctor estaban sentados en una mesa larga de metal atornillada al suelo. Yo me encontraba cerca, cumpliendo con la orden de servir el café, una tarea subalterna que me permitía moverme por el perímetro sin levantar sospechas, observando cada movimiento como una araña en el centro de su telaraña. Mis manos, especialmente la extremidad izquierda, seguían sufriendo espasmos de dolor sordo; el simple hecho de sostener la pesada bandeja de plata caliente era una tortura física que me obligaba a clavar con fuerza las uñas de mi mano derecha contra la palma de la mano, utilizando ese dolor agudo para enmascarar cualquier gesto de debilidad.

​—Dante dice que faltan diez mil de la última entrega en la ruta norte —soltó Víctor de repente, con su voz nasal y sus ojos vidriosos recorriendo a Rocco con una mezcla de abierta desconfianza y cálculo mezquino.

​Rocco, cuya sola presencia física me provocaba un asco visceral tan profundo que apenas lograba enterrarlo bajo una gruesa capa de hielo emocional, golpeó la superficie de la mesa con la palma abierta. El estruendo metálico resonó con fuerza en todo el recinto, haciendo que el resto de los guardias detuvieran sus cubiertos en el aire.

​—Si el jefe cree de verdad que yo robé un solo centavo de este maldito lugar, que venga aquí y me lo diga a la cara como un hombre —rugió Rocco, levantándose de golpe con los ojos desorbitados por la furia. Su tatuaje de escorpión parecía contorsionarse sobre la piel bronceada de su cuello mientras los músculos se le tensaban al límite—. Aquí el único que se mueve raro es otro... Quizás es tu querida protegida, la perra esa que está metida en la oficina todo el día, la que está moviendo los números de los balances solo para ponernos a pelear entre nosotros como imbéciles.

​Sentí un escalofrío helado recorrer mi columna vertebral. Me mantuve firme, con la postura encorvada y la mirada clavada en el suelo, interpretando a la perfección el papel de la mujer aterrorizada y ajena al conflicto. Pero por dentro, mi mente operaba como un superordenador, analizando milimétricamente cada vector de esta explosión controlada.

​—No te atrevas a culparla a ella, idiota —espetó Víctor, poniéndose de pie de un salto con el rostro contraído por la defensiva—. Ella es una inútil total; no tiene ni la menor idea de dónde está parada ni de cómo funciona este negocio.

​La discusión verbal escaló en cuestión de segundos, convirtiéndose en un intercambio de gritos y amenazas de muerte. En ese preciso instante, la puerta principal se abatió con violencia y Dante entró en la sala. Su sola presencia, imponente y silenciosa, apagó el aire de la habitación de inmediato. Se desplazó con paso firme hacia la mesa, deteniéndose a poca distancia de Rocco con una parsimonia helada que resultaba mucho más aterradora que un estallido de gritos. Su rostro de porcelana oscura no mostraba la menor emoción, pero sus ojos brillaban con un juicio implacable.

​—Rocco —dijo Dante, con una voz tan suave y tranquila que sonaba como una sentencia de muerte ejecutada a medianoche—. Si no tienes absolutamente nada que esconder, ¿por qué te importa tanto que investigue las cuentas con lupa?

​Rocco abrió la boca para intentar justificarse, pero Dante fue infinitamente más rápido. Con un movimiento felino y coordinado, sacó la pistola semiautomática de la cartuchera y, sin dudar ni un solo segundo, golpeó a Rocco de lleno en la sien con la pesada empuñadura de metal. Rocco se desplomó de inmediato sobre el suelo de cemento, escupiendo un chorro espeso de sangre y bilis.

​Al ver a su compañero caído y vulnerable, Víctor vio la oportunidad perfecta para salvar su propio pellejo y desviar cualquier sospecha futura. Sin pensarlo dos veces, se lanzó sobre Rocco no para auxiliarlo, sino para patearlo en las costillas y rematarlo con saña, intentando borrar cualquier rastro que lo vinculara al desfalco.

​La pelea degeneró instantáneamente en una danza salvaje de violencia cruda y visceral. Se golpeaban con la furia ciega de dos animales acorralados, derribando sillas, destrozando la mesa de metal y manchando las paredes con salpicaduras de sangre fresca.

​Yo me encontraba allí, inmóvil en el centro del caos, obligada a presenciar el macabro espectáculo que mis propias manos habían orquestado desde las sombras. El aroma metálico y denso de la sangre fresca saturó la estancia rápidamente. Rocco, con la nariz fracturada, un ojo completamente cerrado por la hinchazón y la boca sangrante, logró zafarse un instante, metió la mano en el bolsillo y sacó una navaja de muelle. Sin vacilar un ápice, se la hundió con fuerza brutal directamente en el hombro a Víctor.

​Víctor soltó un aullido desgarrador, un sonido agudo, animal y desesperado, mientras Dante observaba toda la carnicería desde un costado con una sonrisa pequeña, fría y profundamente cruel en los labios, disfrutando del espectáculo como un emperador romano en el coliseo.




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