La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 27: La fractura del honor

​La tensión en el complejo de Dante se volvió tan espesa que parecía posible cortarla con un cuchillo. La semilla que sembré en los registros dio frutos más rápido de lo que esperaba. Dante no era un hombre de paciencia; era un depredador que, al sentir la mínima duda sobre la lealtad de su manada, prefería devorarla antes de arriesgarse a ser traicionado.

​Todo estalló en el comedor, un espacio gris iluminado por luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido constante. Rocco y Víctor estaban sentados en una mesa larga de metal. Yo estaba cerca, encargada de servir el café, una tarea que me permitía observar sin ser detectada. Mis manos, especialmente la izquierda, seguían sufriendo; el simple hecho de sostener la bandeja de plata caliente era una tortura que me obligaba a clavar las uñas de mi mano derecha en mi palma.

​—Dante dice que faltan diez mil —soltó Víctor, con su voz nasal y sus ojos vidriosos recorriendo a Rocco con desconfianza.

​Rocco, cuya presencia me provocaba un asco visceral que apenas lograba enterrar bajo una capa de hielo, golpeó la mesa. El sonido metálico resonó en todo el recinto.

​—Si Dante cree que yo robé, que venga y me lo diga a la cara —rugió Rocco, levantándose. Su tatuaje de escorpión parecía moverse sobre su piel bronceada mientras la tensión tensaba sus músculos—. Quizás es tu perra, la que está en la oficina todo el día, la que está moviendo los números para que nos peleemos.

​Sentí un escalofrío. Me mantuve firme, con la mirada baja, fingiendo la fragilidad que ellos esperaban. Pero por dentro, mi mente estaba analizando cada vector de esta explosión.

​—No te atrevas a culparla —dijo Víctor, levantándose también—. Ella no sabe ni dónde está parada.

​La discusión escaló en segundos. Dante entró en la sala, su presencia silenciando el aire. Se acercó a Rocco con una parsimonia que era más peligrosa que un grito. Su rostro, imponente y afilado, no mostraba emoción, pero sus ojos estaban cargados de un juicio oscuro.

​—Rocco —dijo Dante, su voz tranquila como una sentencia de muerte—. ¿Por qué te importa tanto que investigue las cuentas si no tienes nada que esconder?

​Rocco intentó hablar, pero Dante fue más rápido. Sacó su arma y, sin un segundo de duda, golpeó a Rocco en la sien con la empuñadura. Rocco cayó al suelo, escupiendo sangre. En ese momento, Víctor vio su oportunidad. Se lanzó sobre Rocco, no para ayudarlo, sino para rematarlo y limpiar su propio rastro. La pelea se volvió una danza de violencia cruda. Se golpeaban con una ferocidad de animales salvajes, rompiendo sillas, destrozando la mesa.

​Yo estaba allí, en el centro, obligada a presenciar el espectáculo que yo misma había orquestado. El aroma a sangre fresca llenó la estancia. Rocco, sangrando por la nariz y con un ojo cerrado, logró sacar una navaja. Sin dudar, se la hundió a Víctor en el hombro. Víctor aulló, un sonido agudo y animal, mientras Dante observaba todo desde un costado, con una sonrisa pequeña y cruel.

​Esa noche, la violencia no terminó en el comedor. Dante decidió que Rocco era un lastre. Me llamó a la oficina. Mi mano izquierda palpitaba con un dolor agónico; los nudillos deformes latían como si estuvieran a punto de estallar.

​—Has hecho un buen trabajo, Valeria —dijo él, ofreciéndome una copa de licor que rechacé con un gesto sutil—. Ahora, necesito que te encargues de borrar las pruebas finales de la oficina de Rocco. Es tuya si logras encontrar la caja fuerte.

​Me estaban enviando a la boca del lobo. Si Rocco me encontraba allí, me mataría sin pensarlo. Pero no me importaba. Necesitaba entrar a esa oficina para obtener los documentos que vincularían a Dante con una red de trata internacional. Cuanto más los obligara a destruirse entre ellos, más cerca estaría de la verdadera libertad. Mi cuerpo era un despojo, pero mi voluntad era de acero. El camino estaba lleno de sangre, pero cada gota que se derramaba era una menos que tendría que sangrar yo cuando llegara el momento de mi justicia.




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