La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 28: El aliento de la serpiente

​El pasillo que llevaba a la oficina de Rocco olía a ozono y a sudor seco. Cada paso que daba me enviaba una descarga de dolor desde los nudillos rotos hasta el hombro; la mano izquierda me palpitaba con un ritmo febril, como si dentro de mis huesos viviera un parásito alimentándose de mi ira. Llegué a la puerta. Estaba entreabierta. Un rastro de sangre viscosa, oscura y brillante bajo la luz artificial, manchaba la alfombra gris.

​Rocco estaba allí. El hombre que me había ultrajado, el que me había humillado en aquel suelo frío, estaba desplomado contra el escritorio, con la camisa hecha jirones y el rostro convertido en una máscara de hematomas. Respiraba con dificultad, un gorgoteo húmedo que me recordó al sonido de las olas rompiendo contra las rocas. Me detuve en el umbral, con el corazón martilleando contra mis costillas amoratadas. Mi instinto de supervivencia me gritaba que saliera corriendo, pero mi sed de venganza me clavó los pies al suelo.

​Me acerqué lentamente. Rocco abrió un ojo, el único que no estaba completamente cerrado por la hinchazón. Me vio, y una chispa de odio agonizante brilló en su mirada.

​—Valeria… —siseó, escupiendo un coágulo de sangre que salpicó mis zapatos—. Tú… tú lo hiciste. Pusiste a Dante en mi contra.

​No respondí. Me incliné sobre él, sintiendo el calor de su cuerpo moribundo. El hedor a muerte y alcohol barato era insoportable. Apoyé mi mano derecha sobre la mesa para equilibrarme, y con la izquierda, esa mano deforme y rígida que él mismo había ayudado a quebrar, busqué el compartimento secreto detrás del panel de madera que había localizado en los registros.

​—¿Por qué debería ayudarte, Rocco? —susurré, mi voz apenas un soplo de aire gélido—. ¿Qué me diste tú a cambio de mi dolor?

​Rocco intentó alargar la mano, sus dedos manchados de sangre rozaron mi rodilla. —Hay… una cuenta —articuló, su aliento siendo cada vez más débil—. No es de Dante. Es de algo más grande. El hombre que realmente mueve los hilos… no es Dante. Dante es solo… el perro faldero. Si tienes eso… puedes… puedes quemar a todos.

​Mi mente se detuvo. Una intriga profunda, un nombre, una sigla que apareció en la pantalla del ordenador cuando él tecleó el código antes de colapsar: "Proyecto Vesper". No era solo mafia. Era política, era algo estructural. Algo que me hizo entender que mi venganza no terminaría con Dante, sino que apenas comenzaría una guerra contra sombras mucho más poderosas.

​Rocco soltó un último suspiro y su cuerpo se tensó antes de quedar inerte. El silencio en la habitación se volvió absoluto. Tenía el pendrive en la mano. El secreto del "Proyecto Vesper" latía como una bomba de tiempo en mis dedos.

​Pero entonces, un ruido en el pasillo me congeló. Pasos. Pesados, metódicos. No era Dante, no era Víctor. Era alguien con una calma que me dio más miedo que cualquier grito. Me escondí tras la cortina pesada justo cuando la puerta se abrió. Un hombre alto, vestido con un traje impecable, entró en la oficina. No parecía de la mafia; parecía un ejecutivo, un verdugo con clase. Se acercó al cadáver de Rocco y, sin inmutarse, revisó sus bolsillos.

​—Lo sé, Valeria —dijo él, sin volverse, hablando al aire—. Sé que estás ahí. Y sé que tienes lo que necesito. Si sales ahora, tal vez tu hijo vea otro amanecer.

​Mi respiración se cortó. El pánico, ese animal que había domesticado, intentó tomar el control. El Proyecto Vesper no era solo una clave bancaria; era un nido de víboras y yo acababa de pisar la cabeza de la principal. El hombre se giró lentamente, revelando un rostro esculpido, frío, y unos ojos que no conocían la piedad.

​Este era el nudo. Este era el momento donde mi venganza se transformaba en una lucha por la existencia misma. No podía entregar el pendrive. No podía salir. Pero si me quedaba, me convertiría en la próxima víctima de una cacería que no terminaría hasta que todos estuviéramos muertos.




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