La Arquitecta De Las Cenizas ✓

Capítulo 28: La sombra del Proyecto Vesper

​El pasillo que conducía a la oficina privada de Rocco exhalaba un tufo denso a ozono quemado, metal frío y sudor seco. Cada paso que daba sobre la alfombra gastada me enviaba una descarga furiosa de dolor desde los nudillos soldados y deformes de mi mano izquierda hasta el mismo hombro; la extremidad palpitaba con un ritmo febril y punzante, como si dentro de mis huesos rotos habitara un parásito invisible que se alimentaba directamente de mi furia acumulada.

​Al llegar al umbral, me detuve en seco. La puerta estaba entreabierta, dejando escapar una franja de luz artificial que se estrellaba contra el suelo. Un rastro de sangre viscosa, oscura y brillante bajo el reflejo del neón, manchaba las fibras de la alfombra gris como una firma macabra.

​Contuve el aliento y empujé la madera con la punta de los dedos.

​Rocco estaba allí. El hombre que me había ultrajado sin piedad, el que se había regodeado en mi humillación sobre aquel suelo frío de cemento, yacía desplomado contra la madera noble de su escritorio. Su camisa de marca estaba hecha jirones, empapada en sangre coagulada, y su rostro se había convertido en una grotesca máscara de hematomas violáceos y carne reventada. Respiraba con una dificultad espantosa, emitiendo un gorgoteo húmedo y cavernoso que me recordó, con escalofriante precisión, al sonido de las olas negras rompiendo contra las rocas en una noche de tormenta.

​Me detuve en la entrada, con el corazón martilleando de manera salvaje contra mis costillas amoratadas y doloridas. Por un instante, mi instinto primitivo de supervivencia —ese que tantas veces me había salvado la vida— me suplicó que diera media vuelta y huyera despavorida por donde había venido. Pero mi sed de venganza, fría e implacable como el acero templado, me clavó los zapatos al suelo con la fuerza de un ancla.

​Me acerqué con una lentitud deliberada, sintiendo el calor denso y pestilente de su cuerpo moribundo. El hedor a muerte inminente, pólvora y alcohol barato inundaba la estancia. Apoyé la palma de mi mano derecha sobre la esquina de la mesa para mantener el equilibrio, mientras que con la izquierda —esa mano rígida, torcida y marcada por la crueldad que él mismo había ayudado a fracturar— comencé a tantear el borde inferior del escritorio, buscando el compartimento secreto detrás del panel de madera que había descubierto analizando los registros financieros de Dante.

​—¿Por qué diablos debería ayudarte, Rocco? —susurré, mi voz apenas un soplo de aire gélido que cortó la tensión de la habitación—. ¿Qué me diste tú a cambio de mi dolor, de mi dignidad pisoteada?

​Rocco abrió con extrema lentitud un ojo, el único que no estaba completamente sellado por la monstruosa inflamación. Al reconocerme, una chispa de odio puro, febril y agonizante parpadeó en el fondo de su mirada vidriosa.

​—Valeria… —siseó con voz rota, escupiendo un coágulo espeso de sangre que salpicó la punta de mis zapatos—. Tú… perra maldita… tú lo hiciste. Pusiste a Dante en mi contra… tú tejiste toda esta trampa.

​—Digamos que solo aceleré lo inevitable —respondí con una serenidad pasmosa, sin apartar los ojos de su agonía.

​Rocco intentó alzar la mano en un último y desesperado gesto de ataque, pero sus dedos, gruesos y manchados de sangre seca, apenas lograron rozar la tela de mi pantalón antes de desplomarse de nuevo.

​—Espera… no lo entiendes… —articuló, su aliento volviéndose cada vez más corto, más frágil—. Hay… una cuenta secreta. No es de Dante… No pertenece a esta organización de poca monta. Es de alguien mucho más poderoso. El hombre que realmente mueve los hilos desde las sombras… no es Dante. Dante es solo… un maldito perro faldero que cree que gobierna el mundo. Si logras conseguir eso… puedes… puedes quemar a todos los cimientos del sistema.

​Mis pensamientos se congelaron por completo. Una intriga profunda, oscura y vertiginosa se abrió paso en mi mente cuando, al presionar el mecanismo oculto, una pequeña pantalla lateral en el escritorio se iluminó, mostrando una serie de carpetas cifradas y un código parpadeante que capturé con la mirada: Proyecto Vesper.

​Aquello trascendía por completo el submundo de la mafia y el narcotráfico convencional. Era una estructura política, corporativa y gubernamental de alto nivel. Comprendí, con una claridad terrorífica, que mi venganza contra Mateo, Beatriz y Dante no era más que el umbral de una guerra infinitamente más vasta y peligrosa contra sombras que operaban en los despachos más altos del poder.

​Rocco soltó un último y largo suspiro, un estertor seco que sacudió su caja torácica antes de que su cuerpo se tensara violentamente y quedara por fin completamente inerte.

​El silencio en la oficina se tornó absoluto, pesado, sepulcral.

​Entre mis dedos rígidos sostenía un pequeño pendrive de metal, el único objeto que contenía las entrañas del Proyecto Vesper. Latía en mi mano como una bomba de tiempo lista para detonar.

​Pero entonces, un sonido seco al otro lado de la puerta me devolvió de golpe a la realidad.

​Pasos. Lentos, pesados, metódicos, marcando el compás con una precisión militar. No eran las pisadas torpes de los matones de Dante ni el andar apresurado de los guardias del pasillo. Era alguien que caminaba con una calma tan absoluta, tan carente de prisa, que me congeló la sangre en las venas con más efectividad que cualquier grito de guerra.

​Sin pensarlo un segundo, me deslicé con agilidad hacia atrás, ocultándome por completo detrás de la cortina de terciopelo pesado que cubría el ventanal de la oficina, justo en el momento exacto en que la puerta giraba sobre sus bisagras.

​Un hombre alto, impecablemente vestido con un traje sastre de corte italiano hecho a la medida, cruzó el umbral. No encajaba en absoluto con la estética sórdida del complejo criminal; parecía un alto ejecutivo corporativo, un tiburón de las altas finanzas o un verdugo de guante blanco enviado a limpiar los despojos. Se acercó al cadáver de Rocco con total indiferencia, se agachó con parsimonia y, sin inmutarse ante el charco de sangre, revisó con dedos enguantados los bolsillos del difunto.




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