El hombre de traje impecable permanecía de espaldas, exhalando una postura de elegancia depredadora y absoluta confianza, como un felino paciente que sabe perfectamente que su presa se encuentra acorralada en el rincón más oscuro del cuarto. Mis nudillos rotos latían con un fuego agónico, un dolor punzante y febril que se propagaba por todo mi antebrazo mientras el sudor frío, espeso por la tensión, bañaba mi frente y se deslizaba por mis mejillas. Tenía plena consciencia de la ecuación: si decidía salir de la cobertura, el precio inmediato sería mi propia vida y la de la criatura que crecía en mis entrañas; pero si me quedaba inmóvil, atrincherada entre las sombras, el secreto del Proyecto Vesper —que ahora ardía en mi mano derecha como una brasa encendida dentro del pequeño pendrive de metal— amenazaba con incinerar el mundo entero.
—El silencio es una respuesta elocuente, Valeria —dijo él con esa voz siseante y suave, una seda perfectamente tejida para ocultar la hoja de una cuchilla—. Pero es una respuesta definitiva, una que suele llevar a consecuencias de las que ya no hay retorno.
Aproveché el instante exacto en que su atención se desvió al inclinarse para recoger un maletín olvidado bajo la superficie del escritorio. Con la agilidad silenciosa de una sombra que se funde con la negrura, me deslicé por la parte trasera de la cortina de terciopelo, pegando mi espalda a la pared fría del despacho.
En ese preciso segundo, antes de que él pudiera enderezarse, un estallido seco y ensordecedor rompió el cristal de la ventana en mil pedazos. No era un ataque de sus hombres. Un francotirador, un tercer jugador invisible en esta danza macabra de intereses cruzados, acababa de abrir fuego desde la oscuridad exterior con el mismo objetivo que yo: silenciar lo que estaba a punto de revelarse.
La bala atravesó el aire con un silbido letal y se incrustó violentamente en la mampostería de la pared, a escasos centímetros de su hombro. El hombre de traje reaccionó con una velocidad sobrehumana, una agilidad felina que delataba un entrenamiento militar o de alta seguridad, lanzándose al suelo mientras el caos absoluto estallaba al otro lado de la puerta.
No desaproveché la ventana de oportunidad. Me puse en movimiento con una urgencia eléctrica que desafiaba el dolor de mis costillas amoratadas.
Salí disparada hacia el pasillo, zigzagueando entre los gritos histéricos de los guardias y el barullo de las alarmas que comenzaron a ulular por todo el complejo. En medio de la confusión, colisioné de frente contra Víctor, quien aún se arrastraba sujetándose el hombro ensangrentado por la navajada de Rocco.
—¡Es ella! ¡Deténganla, es la maldita perra de la oficina! —vociferó Víctor, señalándome con un dedo tembloroso mientras intentaba ponerse en pie.
No me detuve ni un solo segundo a negociar con el destino. Con un impulso desesperado y brutal, me lancé contra él, usando toda la fuerza de mi mano derecha para golpear directamente sobre su herida abierta con una precisión quirúrgica. Víctor soltó un aullido agudo, inhumano, y su cuerpo colapsó de inmediato contra el suelo, retorciéndose de dolor mientras yo continuaba mi carrera furiosa, ignorando por completo el latigazo de fuego en mis dedos deformes.
Siguiendo de memoria los planos estructurales que había estudiado durante mis horas frente al monitor en la oficina de Dante, me desvié hacia el ala de servicio hasta alcanzar la rejilla del sistema de ventilación que conectaba directamente con el patio trasero de la fortaleza.
Me arrastré por el interior del conducto estrecho y metálico a gatas, sintiendo cómo los bordes afilados del acero cortaban la tela de mi ropa y rasguñaban mi piel ya castigada, mientras el óxido y el polvo se incrustaban en mis heridas recientes. El sonido de los disparos lejanos y las sirenas se amortiguaba sordamente a mis espaldas, convirtiéndose en un eco cavernoso. Mi mente, sin embargo, volaba a una velocidad vertiginosa: ¿Quién era ese hombre de traje impecable? ¿Cómo demonios sabía el nombre de mi hija y de mi hijo? El Proyecto Vesper ya no era simplemente un archivo cifrado en una base de datos clandestina; era una mancha de sangre histórica que comenzaba a extenderse amenazante por todo mi pasado, conectando a Mateo, a Beatriz y a Dante con hilos invisibles de poder absoluto.
Al fin, empujé la compuerta exterior y caí rodando hacia el patio trasero. El aire helado y húmedo de la madrugada me golpeó el rostro como una bofetada revitalizante. Estaba fuera de la celda y fuera del despacho, pero seguía encerrada dentro de los muros perimetrales de la fortaleza de Dante.
Corrí agachada hacia la oscuridad impenetrable de la zona de carga, ocultándome detrás de un bloque masivo de contenedores metálicos oxidados. Saqué el pequeño pendrive del bolsillo de mis jeans y lo apreté con fuerza contra mi pecho, sintiendo su frío metal como un talismán. Ese diminuto objeto tecnológico era, al mismo tiempo, la llave maestra que abriría las tumbas de mis verdugos locales y la diana perfecta que me convertiría en la persona más buscada y cazada de todo el país.
De pronto, una silueta emergió de la negrura a lo lejos. No eran los matones de Dante ni los guardias de seguridad del perímetro. Era una figura envuelta en una gabardina oscura que se desplazaba entre las sombras con una fluidez fantasmal, una elegancia tan sigilosa que me heló la sangre. ¿Se trataba de un aliado inesperado enviado por el azar, o era mi ejecutor final, el verdugo definitivo que venía a cobrar la pieza?
Mi respiración se había vuelto un jadeo agónico y irregular. Las costillas me quemaban, la mano izquierda me latía como si estuviera sumergida en brasas ardientes, y el miedo —ese viejo conocido— intentaba paralizar mi sistema nervioso.
Pero al levantar la vista y contemplar la pálida luz de la luna reflejada en un charco de agua sucia, vi el rostro de la mujer que me devuelvo el espejo. La chica sumisa, rota y suplicante que había entrado al sótano de Mateo y Beatriz ya no existía; había quedado enterrada bajo capas de inmundicia y dolor.