La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 30: La sombra en el umbral

​El hombre de la gabardina se detuvo a tres metros de mí. El aire nocturno estaba cargado con el olor a pólvora y la lluvia fina que comenzaba a caer, convirtiendo el polvo del patio en un lodo viscoso que se pegaba a mis ropas. Mi mano izquierda, con los nudillos atrofiados y sangrantes, latía con una intensidad sádica, obligándome a clavar las uñas de mi otra mano en mi palma para no desmayarme del dolor.

​—No te muevas, Valeria —dijo. Su voz no era amenazante; era pragmática, como la de alguien que lee un informe clínico—. Si das un paso hacia los contenedores, los hombres de Dante te cortarán el cuello antes de que puedas pestañear. Si te quedas aquí, al menos tienes una oportunidad de negociar.

​El hombre se quitó el sombrero, revelando un rostro curtido por el tiempo, con una cicatriz que partía su ceja izquierda. No era un mafioso común. Había algo en su postura, en la forma en que su mano derecha descansaba sobre el arma oculta bajo su gabardina, que gritaba disciplina militar.

​—¿Quién eres? —pregunté, mi voz sonando como el roce de dos piedras.

​—Alguien que ha estado observando cómo el Proyecto Vesper devora vidas —respondió—. Me llamo Elias. Y al igual que tú, he perdido todo por culpa de las personas que hoy te consideran su juguete.

​La duda me desgarró. ¿Era una trampa? La lógica me decía que en este mundo no existen las casualidades, solo las emboscadas. Pero algo en la forma en que miraba hacia los muros, ignorando la posición de los guardias, me indicó que él era el francotirador que había disparado contra el hombre del traje hace minutos.

​Un estallido ensordecedor sacudió el patio. Uno de los depósitos de combustible de Dante había sido alcanzado por una carga explosiva. La onda expansiva me lanzó contra el metal helado de un contenedor. El dolor en mis costillas, ya dañadas por los abusos de los días anteriores, se convirtió en una estocada ardiente que me robó el aliento. Escupí una bocanada de sangre, sintiendo el sabor metálico del hierro en mi lengua.

​Elias se lanzó sobre mí, cubriéndome el cuerpo con el suyo mientras las esquirlas de metal llovían a nuestro alrededor. En ese momento de proximidad, sentí su arma, su temperatura, la firmeza de un hombre que no temía morir porque ya había muerto por dentro.

​—Valeria, escúchame bien —susurró, con la mejilla pegada a la mía—. Ese pendrive es una sentencia de muerte, pero también es la única llave. Mateo no es quien te tiene presa. Mateo es un peón que está a punto de ser sacrificado por los dueños del Proyecto Vesper. Si quieres a tu hijo a salvo, si quieres ver a Beatriz y a tu esposo arrastrándose ante ti, tienes que confiar en mí durante los próximos cinco minutos. ¿Estás lista para dejar de ser una víctima y empezar a ser una pesadilla?

​El fuego del incendio iluminaba el patio, creando sombras dantescas que bailaban sobre los cuerpos de los hombres de Dante que empezaban a rodearnos. Tenía que decidir. Entregarle el pendrive significaba arriesgarme a ser traicionada nuevamente, pero quedarme aquí significaba morir bajo la bota de Dante en cuestión de segundos.

​Miré mi mano deforme. El dolor era la única verdad que conocía. Cerré los dedos sobre el dispositivo, sintiendo cómo el borde de plástico cortaba mi piel.

​—Haz que sufran —dije, y mis palabras no fueron una súplica, fueron un contrato—. Haz que sientan cada gramo de agonía que yo he cargado.

​Elias sonrió, una mueca que no llegaba a sus ojos fríos. Me entregó una pequeña pieza de metal —una ganzúa— y señaló un respiradero subterráneo oculto bajo unas rejillas de hierro.

​—Baja. Ve al sector C-4. Allí encontrarás un coche negro. Si sobrevivo a esto, nos veremos en el punto de encuentro. Si no... sigue el mapa que hay en el maletín.

​Lo vi desenfundar dos pistolas con una fluidez aterradora y lanzarse contra el primer grupo de atacantes. La sangre comenzó a brotar de sus enemigos casi al mismo tiempo que él disparaba. No era una lucha; era una ejecución. Mientras me arrastraba hacia el respiradero, miré hacia atrás por última vez. Vi a Dante aparecer en el balcón superior, gritando órdenes, con el rostro desencajado por la furia.

​Estaba a punto de desaparecer bajo tierra, pero mi mente ya estaba en el capítulo 60. Ya no era Valeria. Era el arma que los destruiría.




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