El respiradero subterráneo apestaba a agua estancada y rata muerta, pero para mí era el aire de la libertad. Me arrastré por el lodo, con el peso del pendrive como un ancla en mi bolsillo. Mis nudillos rotos golpeaban contra el metal, enviando ondas de dolor que me obligaban a morder mi labio inferior hasta abrirlo. El sabor de mi propia sangre se convirtió en mi compañera de viaje. El ruido del tiroteo allá arriba se transformó en un eco sordo, como el latido de un corazón mecánico que poco a poco se apagaba.
Al salir al sector C-4, encontré el coche: un sedán negro, sobrio, oculto tras unos cajones de carga vacíos. Mis manos temblaban tanto que tardé una eternidad en lograr introducir la llave. Cuando el motor rugió, un sonido grave y vibrante, sentí que la realidad de mi huida me golpeaba. No era un sueño; estaba viva, estaba sola y estaba armada con los secretos que harían arder el imperio de Dante.
Mientras conducía, lejos del resplandor del incendio, la radio de la policía empezó a crujir. Las comunicaciones hablaban de una "disputa interna" en el complejo de Dante, pero yo sabía la verdad: la purga había comenzado. Dante, en su paranoia, no buscaría al traidor; ejecutará a cualquiera que estuviera cerca. Imaginé a Mateo, ese hombre de piel pálida, temblando en un rincón de su despacho, y a Beatriz, con sus uñas sucias, tratando de encontrar una excusa para salvar su vida. Me invadió un deseo oscuro: quería ver sus rostros cuando se dieran cuenta de que yo no estaba allí para ser su juguete, sino para ser su verdugo.
Me detuve en una gasolinera abandonada para revisar el mapa que Elias había dejado en el maletín. Mis dedos, con las articulaciones bloqueadas y la piel inflamada, se movían torpemente sobre el papel. El mapa no solo señalaba un punto de encuentro; trazaba una red de rutas seguras, escondites y nombres de contactos que, según entendí al leer las notas al margen, eran personas a las que Dante había traicionado a lo largo de los años.
De repente, un destello en el espejo retrovisor me puso en alerta. Un vehículo se acercaba a gran velocidad. No eran policías. Eran las camionetas negras de los hombres de confianza de Dante. El pánico, que antes me paralizaba, ahora se transformaba en una calma gélida y analítica. Mi instinto —ese que nació entre el dolor y las violaciones— me gritaba que no debía huir como una presa. Debía luchar como una depredadora.
Aceleré. El coche respondió con una potencia que no esperaba. Entré en una carretera sinuosa, rodeada de bosques oscuros. Mis manos sobre el volante estaban blancas, los nudillos deformes y marcados por Mateo brillaban bajo la luz del tablero. Tú me hiciste esto, pensé, visualizando cómo, eventualmente, usaría esta misma mano para apretar el cuello de mis verdugos hasta que el último aliento escapara de sus pulmones.
En una curva cerrada, pisé el freno bruscamente, haciendo que el coche derrapara y bloqueara el paso. Salté al asiento del copiloto, saqué el arma que Elias me había dejado y me escondí detrás del motor. Cuando la primera camioneta apareció, frenando en seco para no chocar conmigo, descargué el cargador sin titubear. El sonido de los disparos rompió la noche. No disparé al azar; disparé a las llantas, disparé al motor, disparé a la intención de seguirme.
Cuando el coche enemigo se volcó y comenzó a arder, me acerqué con cautela. Uno de los hombres de Dante, el joven de la risa fácil que me había humillado semanas atrás, estaba atrapado entre los hierros. Sus ojos, antes llenos de burla, ahora reflejaban un terror absoluto al verme.
—¿Valeria? —jadeó, con la voz rota—. Por favor… Dante me va a matar si sabe que te dejé ir…
Me incliné sobre él, dejando que la luz del fuego iluminara mi rostro. Mis ojos, vacíos de cualquier piedad, lo observaron como se observa a un insecto bajo una lupa.
—Dante no te va a matar, porque Dante no va a llegar a saber nada de ti —dije, con una sonrisa gélida—. Dile a Mateo que me busque. Dile que el infierno que me construyó ha decidido abrir sus puertas.
El disparo final fue un acto de misericordia que le negué. Lo dejé allí, en la oscuridad, agonizando bajo el peso de su propia traición. Volví al coche. Tenía el pendrive, tenía un aliado y, por primera vez, tenía la certeza de que el dolor no era mi final, sino mi punto de partida.