El aire dentro de la cabaña se volvió de repente irrespirable, pesado como plomo derretido. La revelación que Elias acababa de soltar sobre el Proyecto Vesper no fue un simple golpe táctico; fue un terremoto de proporciones cataclísmicas que hizo añicos los cimientos mismos de mi realidad. Comprendí, con una claridad helada y nauseabunda, que Mateo nunca había sido meramente un marido cruel, manipulador y abusivo. Había sido un ingeniero metódico de la miseria humana, y toda mi existencia —cada año de matrimonio, cada silencio forzado, cada lágrima— había sido diseñada meticulosamente como su banco de pruebas favorito.
Pero antes de que mi mente lograra procesar la magnitud de semejante arquitectura de traición, Elias asestó el golpe definitivo, uno que atravesó mis defensas psicológicas y me impactó directamente en el alma.
—Tu hijo, Valeria —dijo Elias, su voz perdiendo por primera vez esa frialdad quirúrgica y distante para temblar con una nota de genuina gravedad—. No está en el internado seguro que Mateo te prometió, ni bajo el cuidado de una niñera de confianza como te hicieron creer. Lo utilizan como una ficha de cambio, como un rehén de carne y hueso para garantizar el silencio y la lealtad ciega de otros inversores de la red. Está encerrado en una residencia de máxima seguridad, vigilado día y noche por los hombres que financian el Proyecto Vesper.
El mundo a mi alrededor se desvaneció, volviéndose de un gris ceniciento y opaco. El dolor sordo y constante en mi mano izquierda —aquellos nudillos que Mateo se había encargando de fracturar y deformar con tan diabólica precisión— cobró de pronto un significado completamente nuevo y brutal. Ya no se trataba solo de una marca de maltrato físico; era la prueba tangible de que él me había roto a propósito, asegurándose de que mis manos fueran incapaces de sostener un arma, de abrir una cerradura o de escapar cuando finalmente descubriera la verdad de su monstruosidad. Un rugido sordo, una furia animal y primordial, ascendió desde lo más profundo de mi garganta, un fuego tan puro y destructivo que hizo temblar cada hueso de mi cuerpo.
—Dímelo todo —exigí, abalanzándome sobre él y agarrándolo con desesperación por la solapa de la gabardina con mi mano derecha, mientras la izquierda, rígida, deforme y completamente inútil, pendía pesadamente a mi costado—. Dime exactamente dónde está mi hijo.
—Primero está la supervivencia, Valeria —sentenció Elias con una dureza implacable, apartando mis dedos con firmeza pero sin violencia—. Los hombres de Dante ya están cerrando el perímetro. Si salimos de aquí sin un plan, lo haremos bajo una lluvia cerrada de plomo.
Como una confirmación macabra a sus palabras, el primer impacto de bala atravesó la pared de madera de la cabaña con un silbido seco, seguido de inmediato por una ráfaga que astilló los tablones y esparció virutas de madera por toda la habitación. El ataque había comenzado.
Sin pensarlo dos veces, me dejé caer tras la protección de una viga de carga maestra, sintiendo cómo los impactos sucesivos hacían vibrar la estructura entera del refugio. La intriga que me rodeaba se cernía sobre mí como una danza macabra y mortal: ¿era Elias realmente un aliado dispuesto a ayudarme a rescatar a los míos, o simplemente un titiritero despiadado que utilizaba mi desesperación maternal como el motor final de su propia y oculta venganza?
En ese preciso instante, la respuesta me importó poco. La lógica de mi corazón era más simple y absoluta que cualquier cálculo estratégico: si el mismísimo diablo se hubiera parado frente a mí en ese umbral para ofrecerme la libertad y la vida de mis hijos a cambio de mi alma, habría firmado el contrato con mi propia sangre sin parpadear ni un solo segundo.
Elias reaccionó con la velocidad de un depredador entrenado. Lanzó una granada de humo táctica hacia la zona frontal de la estancia. Un espeso, denso y acre vapor gris inundó la sala en cuestión de segundos, cegando por completo a los atacantes que comenzaban a irrumpir violentamente a través de las ventanas rotas.
Guiada puramente por el instinto de supervivencia y por el recuerdo ardiente de mi hijo, me moví con sigilo entre la neblina artificial. A través del humo, alcancé a distinguir la silueta de uno de los hombres de Dante, un rostro que recordaba con nauseabunda claridad de las noches de abuso en la mansión, avanzando con un subfusil en ristre.
Sin una pizca de duda, sin vacilación moral, alcé el arma que Elias me había confiado y apreté el gatillo.
El retroceso brutal me golpeó el hombro lesionado, pero el estampido y la inmediata satisfacción de ver cómo su cuerpo se desplomaba inerte sobre el suelo —cómo su expresión de arrogancia y superioridad se convertía instantáneamente en una máscara de sorpresa vacía y patética— resultó ser un analgésico infinitamente más potente que cualquier morfina.
—¡Muévete ahora, Valeria! —gritó Elias desde la puerta trasera, abriendo fuego para cubrir mi retirada.
Corrimos a toda velocidad hacia la espesura oscura del bosque, con las balas enemigas silbando sobre nuestras cabezas como un enjambre de avispas enfurecidas y letales. El dolor punzante en mis dedos rotos era tan intenso que amenazaba con nublarme la vista, obligándome a morder los labios hasta sangrar para no desmayarme. Pero cada vez que mi cuerpo amenazaba con colapsar por el agotamiento, mi mente proyectaba una sola imagen: la sonrisa de mi hijo cautivo y el rostro pálido de Beatriz, la mujer de ojos de vidrio, suplicando clemencia de rodillas. Visualizaba a Mateo perdiendo absolutamente todo lo que amaba, despojado de su máscara de respetabilidad corporativa.
Cuando por fin alcanzamos la seguridad relativa del límite del bosque, nos detenemos a recuperar el aliento. Elias respiraba de manera agitada, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, pero sus ojos glaciales ya estaban fijos en el mapa táctico que habíamos rescatado de la cabaña.