La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 33: La verdad que quema la sangre

​El aire dentro de la cabaña se volvió irrespirable. La revelación de Elias sobre el Proyecto Vesper no fue un golpe, fue un terremoto que sacudió los cimientos de mi realidad. Mateo no era solo un marido abusivo; era un ingeniero de la miseria, y mi vida había sido su banco de pruebas favorito. Pero lo que siguió a sus palabras fue aún peor: un puñetazo directo al alma.

​—Tu hijo, Valeria —dijo Elias, su voz perdiendo esa frialdad quirúrgica por un segundo—. No está donde Mateo te dijo que estaba. No está en un internado ni bajo el cuidado de una niñera. Lo están utilizando como moneda de cambio para garantizar la lealtad de otros socios. Está en una residencia de seguridad máxima propiedad de los inversores del proyecto.

​El mundo se volvió gris. El dolor de mi mano —aquellos nudillos que Mateo se encargó de deformar con tanta precisión—, cobró un significado nuevo. Ya no era solo una herida; era un recordatorio de que él me rompió para que yo no pudiera escapar cuando me diera cuenta de la verdad. Un rugido de rabia animal me ascendió por la garganta, una furia tan pura que me hizo temblar.

​—Dímelo —exigí, agarrándolo por la solapa de la gabardina con mi mano derecha, mientras la izquierda, rígida e inútil, colgaba a mi costado—. Dime dónde está.

​—Primero, la supervivencia —sentenció él, apartando mis manos—. Los hombres de Dante están rodeando la cabaña. Si salimos, será bajo una lluvia de plomo.

​Los disparos comenzaron a perforar las paredes de madera como si fueran de papel. El astillado de la madera se mezcló con el grito de furia que solté. Agarré una de las pistolas que Elias me había deslizado. El arma era pesada, fría, una extensión de mi odio. Me coloqué tras una viga de carga, sintiendo cómo los impactos de bala hacían vibrar la estructura.

​La intriga se volvía una danza macabra. ¿Era Elias un salvador o un titiritero que buscaba usar mi desesperación maternal como el motor final de su propia agenda? No importaba. En ese momento, si el diablo me hubiera ofrecido la libertad de mi hijo a cambio de mi alma, habría firmado el contrato con mi propia sangre sin parpadear.

​Elias lanzó una granada de humo. El espeso vapor gris inundó la sala, cegando a los atacantes que empezaban a entrar por las ventanas. Me moví entre el humo, guiada por el instinto. Vi a un hombre, uno de los que recuerdo claramente de la noche de los abusos, entrando con una ametralladora en ristre. Sin pensar, sin dudar, apreté el gatillo. El retroceso me golpeó el hombro, pero la satisfacción de ver cómo su cuerpo se desplomaba, cómo su expresión de superioridad se convertía en una máscara de sorpresa vacía, fue mejor que cualquier analgésico.

​—¡Muévete, Valeria! —gritó Elias desde la puerta trasera.

​Corrimos hacia el bosque, con las balas silbando sobre nuestras cabezas como avispas enfurecidas. El dolor en mis dedos rotos era tan intenso que me nublaba la visión, pero cada vez que el instinto me decía que colapsara, visualizaba a mi hijo. Visualizaba a Beatriz, esa mujer de piel amarillenta y ojos de vidrio, suplicando. Visualizaba a Mateo, mi marido, el hombre de las manos largas y la sonrisa vacía, perdiéndolo todo.

​Al llegar al límite del bosque, nos detuvimos. Elias estaba respirando agitadamente, pero sus ojos seguían analizando el mapa táctico que habíamos traído de la cabaña.

​—Lo siguiente es un golpe financiero —dijo Elias—. Mateo va a participar en una subasta privada mañana por la noche. Allí se mueve el dinero del Proyecto Vesper. Si hackeamos sus cuentas antes, lo dejaremos sin protección. Y sin protección, Mateo es solo un hombre cobarde esperando a ser despedazado.

​—No quiero que lo despidacen —dije, limpiándome la sangre del labio—. Quiero que sufra tanto que el infierno le parezca un lugar de descanso. Quiero que vea cómo destruyo cada una de sus posesiones, cada uno de sus sueños, y quiero que, al final, me vea a los ojos y entienda que soy la autora de su ruina.

​Elias me miró fijamente. Por un instante, pareció ver a través de mí, reconociendo al monstruo que él mismo había ayudado a despertar. Sabía que ya no era la mujer que se ocultaba en el sótano. Ahora era la sombra que acechaba sus pasos.

​El plan estaba en marcha. La cacería había empezado. Y mientras nos adentrábamos en la oscuridad, supe que no habría vuelta atrás. Cada paso era una sentencia, cada latido de mi corazón roto era un segundo menos de vida para aquellos que se atrevieron a tocar lo que era mío.




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