El Hotel "Gran Horizonte" se alzaba ante nosotros como una imponente y fría fortaleza de mármol pulido y cristal blindado, un santuario de lujo donde el dinero sucio se blanqueaba con la misma indiferencia clínica con la que los camareros servían el champán francés en copas de cristal cortado. Para infiltrarme en aquel nido de serpientes de cuello blanco, Elias me había proporcionado un vestido negro de seda pura, una pieza de alta costura tan costosa como letal. La tela, ajustada, fría y pesada, se deslizaba directamente sobre las profundas cicatrices cruzadas en mi espalda, un recordatorio físico y constante de cada uno de los latigazos que recibí en el sótano. Sin embargo, el mayor desafío técnico consistía en ocultar mi mano izquierda: los nudillos soldados en un ángulo grotesco y la rigidez permanente de mis dedos exigían el uso de un elegante guante de encaje fino que, aunque cumplía una función estética impecable, me impedía cerrar el puño por completo. No importa, me repetí a mí misma frente al espejo del tocador, conteniendo la respiración. Para lo que voy a hacer esta noche no necesito fuerza bruta; solo requiero precisión milimétrica.
Mi rostro reflejado en el cristal pertenecía a una total desconocida. Gracias a una peluca impecable de tono rubio platino, lentes de contacto oscuros y un maquillaje sofisticado que endurecía sutilmente mis rasgos, la mujer demacrada y quebrada que habitaba el calabozo de Mateo se había evaporado por completo. Ahora vestía la identidad de "Elena Vance", una supuesta consultora financiera internacional con contactos de peso en las islas Caimán. No obstante, en el interior de mi pecho, el corazón latía con una violencia desbocada que amenazaba con destrozar mi fachada de fría compostura en cualquier segundo.
Cuando las enormes puertas de caoba del salón principal de subastas se abrieron de par en par, el penetrante y pesado aroma a dinero fresco, tabaco carísimo y perfume caro me golpeó los sentidos de inmediato. Y entonces lo vi.
Mateo estaba allí. Se veía ridícula e insultantemente impecable, enfundado en un traje hecho a la medida, con esa piel pálida y enfermiza que parecía no haber recibido jamás la luz directa del sol. A su lado, Beatriz lucía un ostentoso collar de perlas auténticas que, según sabía perfectamente por mis largas y dolorosas jornadas como sirvienta en su casa, había sido financiado directamente con los ahorros vitalicios de una familia campesina a la que ellos mismos habían llevado a la bancarrota y a la ruina total. Verlos allí parados, rodeados de hombres que se autodenominaban "respetables miembros de la sociedad", hizo que una náusea profunda y amarga me ascendiera por la garganta; tuve que canalizar toda esa bilis acumulada hacia un odio frío, denso y perfectamente administrado.
Me deslicé con sigilo hacia la barra de bebidas, manteniendo mi mano enguantada estratégicamente fuera del campo visual de los invitados. Mateo se encontraba a menos de tres metros de distancia, conversando animadamente con un inversor árabe de alta jerarquía. Su voz, ese tono suave, pausado y condescendiente que solía utilizar conmigo mientras me fracturaba los dedos con una sonrisa, llegó hasta mis oídos como un eco directo del infierno.
—La licitación para el sector minero será nuestra, jeque Al-Fayed —decía Mateo, con esa mueca ensayada que yo conocía demasiado bien—. Los contratos ya están blindados en el servidor central. Nadie más tiene acceso autorizado a las claves de cifrado.
Error, Mateo. Cometiste el peor error de tu vida al dejarme respirar lo suficiente para aprender a hackear, sobrevivir y usar tu propia tecnología en tu contra.
Mientras Elias, apostado en un punto ciego del sistema de seguridad del hotel, comenzaba el complejo proceso de desviar sigilosamente los fondos millonarios de las cuentas offshore de Mateo hacia servidores fantasma imposibles de rastrear, yo tenía una misión física que cumplir: implantar un pequeño dispositivo emisor en su maletín de ejecutivo. Era una baliza de proximidad del tamaño de una moneda, diseñada para garantizar que nunca volvieran a esconderse de mí.
Me moví entre los corrillos con una elegancia felina que me sorprendió incluso a mí misma. La humillación sistemática, el hambre y la sangre derramada me habían dotado de una capacidad de observación sobrenatural. Esperé el instante exacto en que Mateo se distrajo con una llamada entrante en su teléfono corporativo. Tomé una copa de vino tinto de la bandeja de un camarero despistado, me acerqué con paso firme y, deliberadamente, tropecé contra su flanco en una coreografía calculada de la tragedia.
El líquido rojo se desparramó de golpe sobre la impecable chaqueta blanca de su traje.
—¡Por Dios bendito, discúlpeme! —exclamé fingiendo un pánico exagerado, con la voz temblorosa y los ojos anegados en una falsa culpa—. Soy una completa torpe... Por favor, permítame ayudarle a limpiarlo...
Mateo se giró bruscamente. Sus ojos, de un azul pálido y completamente vacíos, se encontraron de golpe con los míos. Por una fracción de segundo, la máscara de frialdad corporativa se le resquebrajó. Pareció reconocer algo inquietante en mi mirada, un destello de oscuridad y familiaridad que le rascó los instintos. Pero el disfraz era perfecto; no había forma de que identificara a su antigua esclava bajo la piel de Elena Vance.
—No se preocupe, señorita —respondió él con esa cortesía automática y falsa que me daban ganas de arrancarle la yugular con los dientes—. Es solo una mancha sin importancia.
Mientras él se ocupaba torpemente con un pañuelo de hilo en la solapa, mi mano enguantada se deslizó con la velocidad y el sigilo de una cobra hacia la base de su maletín de cuero rígido. Un segundo de contacto, un roce imperceptible, y el transmisor quedó firmemente adherido al fondo. La sentencia estaba oficialmente dictada.
—Es usted muy amable al disculparme —dije, retirándome con una reverencia mínima y una sonrisa gélida.