La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 34: La máscara de la elegancia

​El hotel "Gran Horizonte" era una fortaleza de mármol y cristal, un lugar donde el dinero se lavaba con la misma frialdad con la que se servía el champán. Para infiltrarme, Elias me había proporcionado un vestido negro de seda, una pieza tan costosa como letal. La tela, ajustada y fría, se deslizaba sobre las cicatrices de mi espalda, un recordatorio constante de los latigazos que recibí. Pero lo más difícil fue ocultar mi mano izquierda; los nudillos deformes y la rigidez permanente de mis dedos exigían un guante de encaje fino que, aunque elegante, me impedía cerrar el puño del todo. No importa, me dije frente al espejo. Para lo que voy a hacer, no necesito fuerza, solo precisión.

​Mi rostro era el de una desconocida. Gracias a una peluca rubia platino y un maquillaje que endurecía mis rasgos, la mujer que habitaba el sótano de Mateo se había evaporado. Ahora era "Elena Vance", una consultora financiera con contactos en las islas. Mi corazón, sin embargo, latía con una violencia que amenazaba con romper mi compostura.

​Cuando las puertas del salón de subastas se abrieron, el aroma a dinero y tabaco caro me golpeó. Ahí estaba él. Mateo. Se veía ridículamente impecable, con su traje a medida y esa piel pálida que parecía no haber visto nunca la luz del sol. A su lado, Beatriz lucía un collar de perlas que, sabía por mis días de servidumbre, había sido pagado con los ahorros de una familia a la que ellos mismos arruinaron. Verlos ahí, rodeados de hombres que se hacían llamar "respetables", me produjo una náusea que tuve que canalizar hacia un odio helado.

​Me acerqué a la barra, manteniendo mi mano enguantada fuera de la vista. Mateo estaba a menos de tres metros, hablando con un inversor árabe. Su voz, ese tono suave y condescendiente que solía usar conmigo mientras me partía los dedos, me llegó como un eco del infierno.

​—La licitación para el sector minero será nuestra, Marcos —decía Mateo, con esa sonrisa fina que yo conocía demasiado bien—. Los contratos ya están listos. Nadie más tiene acceso a los servidores.

Error, Mateo. Cometiste el error de dejarme vivir lo suficiente para aprender a usar tu propia tecnología.

​Mientras Elias, desde un punto ciego en la sala de seguridad, comenzaba a desviar los fondos de las cuentas bancarias de Mateo hacia servidores fantasma, yo tenía mi propia tarea: implantar un dispositivo en su maletín. Era un transmisor pequeño que nos permitiría seguir cada uno de sus pasos, una "baliza" que garantizaría que nunca pudieran esconderse de mí.

​Me deslicé por la sala con una elegancia que me sorprendió incluso a mí. La humillación que sufrí, la sangre que derramé, me habían dotado de una capacidad de observación sobrenatural. Vi el momento exacto en que Mateo se distrajo con una llamada telefónica. Me acerqué, sosteniendo una copa de vino, y tropecé ligeramente. Fue un movimiento calculado, una coreografía de la tragedia.

​El vino cayó sobre su chaqueta.

​—¡Oh, Dios mío! —exclamé, con la voz impostada, fingiendo un pánico que no existía—. Soy tan torpe, por favor, permítame...

​Mateo se giró. Sus ojos, azules y vacíos, se encontraron con los míos. Por un milisegundo, la máscara de frialdad se le rompió. Pareció reconocer algo en mi mirada, una chispa de oscuridad que le resultó familiar. Pero no pudo identificarme; mi rostro era otro.

​—No se preocupe —dijo él, con esa cortesía falsa que me daba ganas de vomitar—. Es solo una mancha.

​Mientras él se ocupaba con su pañuelo, mi mano enguantada se movió con la velocidad de una cobra. El transmisor quedó adherido a la base de su maletín. Un segundo, un roce, y la sentencia estaba escrita.

​—Es usted muy amable —dije, retirándome con una reverencia mínima.

​Al alejarme, sentí que una mano me agarraba del brazo. Era Beatriz. Su agarre era seco, como el de una garra.

​—Ese perfume... —murmuró ella, olfateando el aire con una intensidad que me heló la sangre—. Me recuerda a alguien que deberíamos haber enterrado hace mucho tiempo.

​Sentí el impulso de clavarle el tacón en el pie, pero me contuve. Me giré y la miré con una frialdad que la hizo retroceder un paso.

​—Se equivoca, señora —dije, mientras mis dedos, dentro del guante, se contraían con un dolor punzante—. A veces, los muertos no se quedan enterrados. A veces, simplemente esperan el momento perfecto para volver a reclamar lo que es suyo.

​Salí de aquel salón con el corazón martilleando, sabiendo que la trampa estaba cerrada. Mateo ya no era dueño de su propio dinero, y pronto, dejaría de ser dueño de su propia vida. La cacería acababa de subir de nivel.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.