El caos no llegó con gritos, sino con el silencio sepulcral de las pantallas en negro. En mitad de la subasta, mientras Mateo se pavoneaba frente a los inversores, el sistema central del Gran Horizonte sufrió una desconexión total. Las pantallas que proyectaban los datos financieros, las proyecciones de las minas y las transferencias en tiempo real se apagaron simultáneamente. El murmullo en la sala creció hasta convertirse en un zumbido de alarma.
Mateo palideció. Su piel, siempre cetrina, tomó un tono grisáceo, casi cadavérico. Sacó su teléfono personal, sus dedos largos y temblorosos moviéndose con una urgencia que delataba el pánico que intentaba ocultar.
—¡Beatriz! —rugió, ignorando las miradas de los magnates—. ¡Saca el respaldo físico, ahora!
Desde un rincón de la sala, observé cómo el control se les escapaba de las manos. Elias estaba en algún lugar, tejiendo la red final. El hackeo no solo había robado el dinero; había expuesto sus transacciones ilegales en todas las pantallas de la sala principal antes de morir. Nombres, fechas, localizaciones de cuentas en las Islas Caimán y, lo más importante, pruebas de las extorsiones que Mateo había orquestado.
La sala se convirtió en un nido de víboras. Los inversores, hombres que no toleran la incompetencia ni la traición, empezaron a rodear a Mateo. El prestigio de mi verdugo se desmoronaba en cuestión de segundos, igual que él intentó desmoronar mi vida. Beatriz, por su parte, trataba de abrirse paso entre la multitud, sus ojos negros escaneando el salón, buscando una salida, buscando una cara. Me miró. Por un segundo, sus ojos se cruzaron con los míos. Sentí una descarga de adrenalina: ella no me reconoció, pero sintió la depredadora que yo me había convertido.
—Tenemos que irnos, Mateo —siseó ella, tirando de su brazo—. Esto es una trampa. Alguien nos está vigilando desde adentro.
Mateo no respondió. Estaba petrificado, mirando cómo su imperio virtual se convertía en una estafa expuesta ante los ojos de quienes más temía. Fue entonces cuando una voz metálica, filtrada por los altavoces de emergencia del hotel, comenzó a reproducirse. No era la voz de Elias. Era la mía, grabada semanas atrás, editada para sonar como un eco distorsionado.
—Todo lo que construiste sobre la sangre, Mateo, está volviendo a su dueño.
Mateo dio un paso atrás, tropezando con una silla. Su mirada de repente se centró en mí. No en la mujer que fingía ser Elena, sino en algo que no podía nombrar. Un recuerdo de la mujer a la que le rompió los dedos, a la que encadenó en el sótano. Se llevó una mano a la sien, como si la voz le estuviera provocando un dolor físico.
—¿Quién está hablando? —gritó, con la voz quebrada.
Aproveché el tumulto. Me acerqué a ellos, mezclándome con los guardaespaldas que intentaban proteger a su jefe. Pasé tan cerca que pude oler el miedo de Mateo: un aroma agrio, a sudor frío y derrota.
—El karma, Mateo —susurré, tan bajo que solo él pudo oírlo—. El karma suele volver a casa.
Me alejé antes de que pudiera ver mi rostro. Salí del salón justo cuando la seguridad privada del hotel empezaba a cerrar las puertas. Mi mano, escondida bajo el guante de encaje, pulsó el pequeño detonador que Elias me había dado. No era un explosivo, era una señal. En el garaje, el coche de Mateo, el símbolo de su éxito, empezó a emitir una alarma ensordecedora y, acto seguido, sus neumáticos estallaron simultáneamente, junto con los de los vehículos de su escolta.
Quedaron varados. En el centro de una ciudad llena de gente que ahora quería su cabeza.
Caminé hacia el exterior, donde el aire nocturno me devolvió el aliento. Elias me esperaba en el coche negro. Entré en el vehículo, sintiendo cómo el temblor en mis piernas finalmente se calmaba. Me quité la peluca rubia, dejando caer mi cabello natural, despeinado y sudoroso. Me quité el guante de encaje, dejando al descubierto los nudillos deformes y la piel inflamada de mi mano izquierda.
—¿Lo viste? —preguntó Elias, arrancando el motor.
—Lo vi caer —respondí, mirando por el retrovisor cómo Mateo y Beatriz eran empujados por los guardias hacia una salida de servicio, perseguidos por la furia de sus propios socios—. Pero esto no es suficiente, Elias. Esto solo es el inicio del principio. Ahora, quiero que sufran el aislamiento. Quiero que se queden sin dinero, sin aliados y, sobre todo, que sientan el peso de no saber qué viene después.
Elias sonrió. —Eso es exactamente lo que haremos. Mateo cree que perdió su dinero. Aún no sabe que también ha perdido su libertad.
La noche prometía ser larga, pero por primera vez en años, el miedo no era mío. El miedo ahora le pertenecía a ellos. Y yo, armada con mi dolor y mi nueva identidad, estaba lista para asegurarme de que cada segundo de su huida fuera una tortura. La partida de ajedrez apenas estaba empezando, y Mateo, mi marido, el hombre que creyó haberme roto, pronto descubriría que las cosas rotas son las más peligrosas cuando se convierten en armas.