La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 36: El refugio de las cenizas

​La huida de Mateo y Beatriz fue una sinfonía de pánico y decisiones erróneas. Gracias al rastreador que instalé en su maletín y a los sistemas de vigilancia que Elias había interceptado, podía ver cada uno de sus movimientos a través de una tablet en el asiento trasero del coche. Se movían como animales heridos, abandonando sus rutas seguras y lanzándose hacia la costa, hacia esa casa de seguridad que Mateo guardaba como su último as bajo la manga. Lo que ellos no sabían era que esa casa no era un refugio, sino una celda que yo misma había remodelado.

​—¿Estás segura de que el contacto en la propiedad hizo su parte? —preguntó Elias, manteniendo sus ojos fijos en la carretera.

​—Más que segura —respondí, acariciando la rigidez de mi mano izquierda con la derecha—. El guardés, un hombre al que Mateo le debe años de humillaciones, recibió el pago y las instrucciones. La casa es una trampa de lujo. No podrán salir, pero lo más importante: no podrán llamar a nadie. Las comunicaciones están bloqueadas por un aislante de señal que instalamos ayer.

​Mateo y Beatriz llegaron a la casa al amanecer. En las pantallas de monitoreo, los vi entrar al salón principal. El lugar era una oda a la ostentación: mármol blanco, ventanales que daban al océano embravecido y una soledad asfixiante. Mateo se dejó caer en un sofá de cuero, con la corbata deshecha y el rostro desencajado. Beatriz, siempre aferrada a una apariencia de control, comenzó a buscar frenéticamente un teléfono fijo, solo para encontrarlo muerto.

​Observar su desesperación fue como inyectarme una dosis de adrenalina pura. Mi dolor físico —esa mano que no podía cerrar y esas costillas que protestaban con cada respiración— se disipó. Era el momento de empezar la disección psicológica.

​—Elias, activa el circuito de audio —ordené.

​Una voz distorsionada, la mía, comenzó a filtrarse por los altavoces de la casa de la costa, oculta tras las paredes. No era un grito, era un susurro frío que parecía venir de los cimientos mismos de la construcción.

​—¿Se siente cómodo el hogar, Mateo? ¿O el peso de todo lo que has robado empieza a hundir el suelo?

​Mateo saltó del sofá como si le hubieran disparado. Sus ojos, inyectados en sangre, recorrieron la sala. Beatriz soltó un grito ahogado y se refugió tras él.

​—¿Quién está ahí? —bramó Mateo, su voz perdiendo la autoridad para sonar como el balbuceo de un niño asustado—. ¡Sal y da la cara, cobarde!

​—¿Cobarde? —respondí a través del sistema, modulando mi voz para que sonara como un eco del pasado—. ¿Acaso no fuiste tú quien se escondió detrás de Dante mientras me dejabas en el sótano? ¿Acaso no fuiste tú quien disfrutó viendo cómo me rompían los dedos?

​El silencio que siguió fue absoluto. Mateo se quedó paralizado. Su piel, de una palidez mortecina, se volvió de un color cenizo. Beatriz comenzó a sollozar, un sonido agudo y repetitivo que me llenaba de un placer oscuro. Sabía que me habían reconocido. El tono, la mención de los dedos, el conocimiento de su propia vileza... todo encajaba en su mente como una pesadilla que se vuelve real.

​—Valeria... —susurró Mateo, y al pronunciar mi nombre, sentí cómo algo en mi interior finalmente se tensaba para el golpe final.

​—No soy Valeria —dije, observando cómo él se derrumbaba, cubriéndose los oídos como si el sonido de mi voz pudiera quemarle el cerebro—. Soy la consecuencia. Y estoy empezando a cobrar los intereses de mi propia sangre.

​Esa noche, no les permití dormir. Alterné entre sonidos electrónicos estridentes y el silencio más absoluto, entre luces que parpadeaban como un estroboscopio y una oscuridad total. Los estaba desquiciando. Beatriz comenzó a perder el contacto con la realidad, murmurando números y fechas, mientras Mateo intentaba desesperadamente buscar una salida, rompiéndose las uñas contra las ventanas blindadas que él mismo había pagado para que nadie pudiera entrar... ni salir.

​Cada segundo de esa tortura era un tributo a las noches que pasé en el sótano, escuchando sus pasos sobre mi cabeza, esperando el golpe. Ahora, ellos eran los que esperaban, y el verdugo era una mujer a la que creyeron haber borrado.




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