La Arquitecta De Las Cenizas ✓

Capítulo 37: La arquitectura del colapso

​El aire dentro de la casa de la costa se había vuelto denso, irrespirable, cargado con el hedor acre y pesado de un pánico tan puro que casi podía saborearse a través de las lentes de las cámaras de seguridad. Mateo y Beatriz ya no formaban un frente unido ni una alianza de mentes criminales; se habían convertido en dos ratas famélicas atrapadas en una caja de metal hermética, devorándose la una a la otra mientras el aislamiento absoluto y implacable les devoraba los últimos jirones de cordura. Mi plan táctico funcionaba con una precisión quirúrgica superior a la que había imaginado en mis mejores sueños: la paranoia es un ácido corrosivo, y yo llevaba horas vertiendo bidones enteros de ese veneno directamente sobre su piel.

​Observé desde la pantalla de la tablet en el asiento trasero del coche cómo Mateo, con la camisa de seda hecha jirones, la corbata desatada y los ojos hundidos por el insomnio y la fiebre del terror, arrastraba violentamente a Beatriz hacia el centro del opulento salón de mármol. Ella, enloquecida por la histeria, intentaba zafarse de su agarre con la fuerza desesperada de una fiera acorralada, arañándole los brazos con uñas furiosas.

​—¡No puedes hacerme esto, maldito cobarde! —chillaba Beatriz, con la voz rota y desquiciada, mientras la sangre brotaba de los rasguños en la piel de Mateo—. ¡Fui yo quien te cubrió los desfalcos cuando la junta de inversores amenazaba con hundirte! ¡Fui yo quien se encargó de domar a Valeria en el sótano cuando tú no tenías el estómago ni los cojones para ensuciarte las manos!

​Mateo ya no la escuchaba. Su mente narcisista se había desprendido de cualquier lealtad pasada; habitaba ahora en un plano paranoico donde solo existía la supervivencia miserable de su propio pellejo. Con manos trémulas, había encontrado el teléfono satelital que yo le había permitido hallar, creyéndolo un golpe de suerte dentro de su laberinto de pesadillas.

​—Dante tiene que entender que yo no tomé las decisiones operativas —masculló Mateo, hablando con una lentitud aterradora, con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa temblorosa y patética—. Tú fuiste la que manejó los contactos directos en la red de trata y explotación. Tú fuiste la que diseñó el protocolo de encierro. Yo solo fui el arquitecto de los planos. Si te entrego, si les doy tu ubicación exacta y la documentación encriptada que guardabas en la caja fuerte de seguridad, me dejarán marchar. Tienen que hacerlo...

​Desde el asiento del copiloto, sentí una oleada de frialdad placentera, limpia y absoluta recorrer mi columna vertebral. Estaba ocurriendo exactamente lo que había calculado. La maldad, cuando se ve acorralada en el fondo del abismo, siempre traiciona a sus propios cómplices buscando una víctima más débil a quien sacrificar para calmar a la bestia.

​—Elias —susurré, sin apartar los ojos de la pantalla donde los monitores mostraban la degradación total de mis verdugos—. ¿Estás grabando cada segundo de esto?

​—Cada palabra, cada grito, Valeria —respondió Elias con una voz grave y contenida, mientras tecleaba con calma en su terminal—. Los socios de Dante están escuchando la frecuencia en directo. Les facilité el código de acceso al canal satelital hace exactamente diez minutos. Están en primera fila viendo cómo se destruyen entre ellos.

​El desenlace de aquella escena fue tan grotesco como inevitable. Beatriz, al comprender con brutal claridad que el hombre al que había servido, idolatrado y protegido durante años estaba dispuesto a arrojarla a los lobos sin parpadear un solo segundo, sufrió una mutación irreversible. Dejó de ser la mujer altiva, calculadora y elegante para convertirse en una criatura salvaje, guiada únicamente por el rencor más primitivo. Se lanzó sobre Mateo como una pantera herida, hundiéndole los dientes en el cuello con una ferocidad ciega. Mateo soltó un aullido gutural de dolor puro, desplomándose de espaldas sobre el frío suelo de mármol mientras forcejeaba para apartarla.

​—Se acabó el tiempo de mirar desde la distancia —dije, abriendo la puerta del coche con una calma helada—. Es hora de que sientan mi presencia de verdad. La "muerta" ha regresado a cobrar la factura completa.

​Salí del vehículo acompañada por Elias. Nos acercamos con paso firme hacia la entrada principal de la mansión, mientras los gritos de la pelea, los sollozos y los golpes resonaban sordamente a través de los gruesos muros de cristal blindado. Al cruzar el umbral derribado, el espectáculo que se desplegó ante nosotros era digno de las pinturas más oscuras del infierno. Mateo yacía boca arriba sobre el suelo manchado de sangre, jadeando y apretándose el cuello desgarrado, mientras Beatriz se encogía en un rincón lejano, con el costoso vestido hecho jirones y el cabello revuelto como el de una bruja enloquecida.

​Cuando sus ojos desorbitados se posaron de repente en mí, el tiempo dentro de esa sala pareció congelarse por completo.

​No llevaba peluca rubia. No llevaba lentes de contacto oscuros, ni maquillaje sofisticado, ni máscaras fingidas de alta sociedad. Era yo. Era Valeria, pero no la mujer sumisa, quebrada y temerosa que habían encerrado en el calabozo, sino la criatura indestructible que su propio fuego e infierno se habían encargado de forjar. Mi mano izquierda, con los nudillos todavía soldados en un ángulo grotesco y antinatural, se deslizó lentamente para cerrar los dedos alrededor de la culata fría de mi pistola.

​—Hola, Mateo —dije, y mi voz ya no era un susurro filtrado por altavoces, sino una sentencia inapelable que rebotaba contra las paredes de mármol—. ¿Buscabas una salida de emergencia?

​Mateo emitió un sonido ahogado y comenzó a arrastrarse hacia atrás con desesperación, pataleando contra el suelo para intentar levantarse, pero su propio terror paralizante lo mantenía clavado al piso como a un insecto atrapado en ámbar.

​—Valeria... por favor... párate a pensar... te lo suplico... tengo dinero oculto, cuentas en paraísos fiscales que ni siquiera lograste rastrear... podemos llegar a un acuerdo...




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