La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 37: La traición del parásito

​El aire dentro de la casa de la costa se había vuelto denso, cargado de un olor a desesperación que yo podía saborear incluso a través de las cámaras. Mateo y Beatriz ya no eran un frente unido; eran dos ratas atrapadas en una caja de metal, devorándose la una a la otra mientras el aislamiento les comía la cordura. Mi plan funcionaba mejor de lo que había imaginado: la paranoia es un ácido, y les estaba vertiendo litros sobre la piel.

​Observé desde la tablet cómo Mateo, con la camisa abierta y los ojos hundidos por el insomnio, arrastraba a Beatriz hacia el centro del salón. Ella, histérica, intentaba zafarse de su agarre.

​—¡No puedes hacerme esto, Mateo! —gritaba ella, sus uñas arañando los brazos de él—. ¡Fui yo quien te cubrió en el desfalco! ¡Fui yo quien se encargó de Valeria cuando tú no tenías el estómago para hacerlo!

​Mateo no la escuchaba. Su mente estaba en otro plano, un lugar donde solo existía la supervivencia de su pellejo. Había encontrado un teléfono satelital que yo le permití hallar, una pequeña concesión dentro de mi juego sádico.

​—Dante tiene que entender que no fui yo —masculló Mateo, hablando con una lentitud aterradora—. Tú fuiste la que manejó los contactos en la red de trata. Tú fuiste la que la llevó al sótano. Yo solo fui el arquitecto. Si te entrego, si les doy tu ubicación y la documentación que guardaste en la caja fuerte de seguridad, me dejarán ir. Lo harán.

​Sentí una oleada de frialdad placentera recorrer mi columna. Estaba ocurriendo. La maldad, cuando se ve acorralada, siempre busca una víctima más débil a quien devorar.

​—Elias —dije, sin apartar la vista de la pantalla—. ¿Estás grabando esto?

​—Cada palabra, Valeria —respondió él, su voz cargada de una expectación contenida—. Sus socios de Dante están escuchando la frecuencia. Les di el código de acceso al canal satelital hace diez minutos.

​El desenlace fue grotesco. Beatriz, al comprender que el hombre al que había servido durante años estaba dispuesto a sacrificarla como un peón, se transformó. Dejó de ser la mujer calculadora y se convirtió en una fiera. Se lanzó sobre Mateo, mordiéndole el cuello con una ferocidad animal. Mateo aulló, soltándola y cayendo de espaldas sobre el mármol frío.

​Yo no me quedé mirando desde la distancia. Era hora de que ellos sintieran mi presencia. Había llegado el momento de que la "muerta" regresara a cobrar la factura.

​Salí del coche con Elias. Nos dirigimos hacia la casa mientras los gritos de la pelea resonaban en el interior. Al entrar, el espectáculo era digno de un matadero. Mateo estaba en el suelo, sangrando, y Beatriz jadeaba en un rincón, con la ropa hecha jirones. Cuando sus ojos se posaron en mí, el tiempo pareció detenerse.

​No llevaba maquillaje. No llevaba máscaras. Era Valeria, pero la Valeria que ellos habían fabricado en el infierno. Mi mano izquierda, con los dedos todavía deformes, se cerró sobre la culata de mi pistola.

​—Hola, Mateo —dije, mi voz no era un susurro esta vez; era una sentencia—. ¿Buscabas una salida?

​Mateo se arrastró hacia atrás, intentando levantarse, pero su propio miedo lo mantenía clavado al suelo.

​—Valeria... por favor... podemos hablar... tengo dinero, tengo cuentas que no pudiste rastrear...

​Me acerqué a él, mis tacones resonando contra el mármol como latidos de un tambor de guerra. Me detuve frente a él y, sin decir una palabra, levanté mi mano izquierda. Los nudillos rotos, la marca de su maldad, quedaron expuestos bajo la luz del salón.

​—¿Ves esto, Mateo? —pregunté, forzando los dedos para que se movieran en aquel ángulo antinatural que él mismo había causado—. Cada vez que siento este dolor, pienso en ti. Y cada vez que pienso en ti, me prometo que no te mataré hasta que hayas sentido exactamente lo mismo.

​Agarré su mano derecha. Su piel era fría, húmeda por el sudor. Mateo empezó a llorar, un llanto lastimero, infantil.

​—Por favor, no... —suplicaba.

​—¿Te acuerdas? —pregunté—. ¿Te acuerdas de cómo sonó el hueso?

​Con una frialdad quirúrgica, puse su dedo índice sobre el borde de una mesa de mármol. No hubo duda en mi movimiento. Fue rápido, preciso y cargado de toda la rabia acumulada durante meses. El crujido del hueso de Mateo al partirse fue la música más hermosa que había escuchado jamás.

​El grito que soltó fue desgarrador, una nota aguda de puro horror. Beatriz, desde su rincón, se cubrió la cara, pero no pude permitir que cerrara los ojos.

​—Míralo, Beatriz —ordené, obligándola a observar el rostro de su cómplice, bañado en lágrimas y sudor—. Míralo y entiende que esto es solo el principio. Porque después de que él termine de pagar, vas a seguir tú. Y te aseguro que tu cuenta es mucho más larga.

​El infierno en la tierra tenía nombres y apellidos, y esa noche, yo me encargué de escribir el prefacio de su agonía.




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