El grito de Mateo aún resonaba en las paredes de mármol cuando el sonido de neumáticos derrapando sobre la grava del exterior rompió la atmósfera. No eran policías. Eran motores potentes, el rugido de vehículos de alto tonelaje que rodeaban la casa. Dante había llegado. La traición de Mateo al intentar vender a Beatriz por la radio satelital había sido la última gota para el capo; la ejecución no sería un asunto de justicia, sería una masacre.
Elias se colocó a mi lado, su arma desenfundada con una calma glacial.
—Valeria, tenemos un problema —dijo, sin apartar la mirada de los monitores—. Dante no viene solo a hablar. Viene a purgar. Si entran, no dejarán a nadie vivo, ni a ti.
Mateo, con el dedo índice colgando en un ángulo grotesco, se arrastraba desesperado hacia la puerta. Su dolor físico parecía haber quedado en segundo plano ante el terror absoluto de ser devorado por los hombres a los que intentó engañar.
—¡Dante! ¡Espera! ¡Tengo información! —gritaba Mateo hacia los cristales, su voz quebrada por el pánico.
—No puede salir —dije, sintiendo cómo mi furia se transformaba en una frialdad táctica—. Si sale, muere. Y si muere, mi deuda no queda saldada.
Tomé una decisión. No dejaría que Dante se llevara a mi presa. Agarré una de las escopetas que Elias tenía sobre la mesa de centro y, sin dudar, disparé contra la cerradura electrónica de la puerta principal, sellándola magnéticamente. Luego, activé el protocolo que habíamos preparado: las persianas de acero blindado comenzaron a descender, encerrando a Mateo y Beatriz en una tumba de lujo mientras afuera, el ejército de Dante comenzaba a martillear el cristal.
El ruido era ensordecedor. Las balas de alto calibre hacían que las paredes de la mansión vibraran como si estuvieran sufriendo un ataque de epilepsia. Mateo se hizo un ovillo en el suelo, llorando, mientras Beatriz, en un estado de catatonia, se reía histéricamente, mirando su propio reflejo en el cristal blindado que nos separaba del fuego exterior.
—Es el final, ¿verdad? —dijo Beatriz, mirándome con unos ojos despojados de toda humanidad—. Dante nos va a matar a todos.
—No —respondí, acercándome a ella y agarrándola del cabello, forzándola a levantarse—. Ustedes no van a morir hoy. Ustedes van a vivir para ver cómo su mundo se reduce a nada. Elias, despliega el gas lacrimógeno del sistema de ventilación. Vamos a sacar a los hombres de Dante de su formación.
Elias activó el sistema. En segundos, el exterior de la casa se convirtió en una nube espesa y blanca. Los disparos se volvieron erráticos, confusos. Dante, furioso, empezó a gritar órdenes que se perdían en el caos. Aproveché la distracción para arrastrar a Mateo y Beatriz hacia la bodega subterránea, un lugar que ellos mismos construyeron para esconder su oro, sin saber que se convertiría en su mazmorra.
Al cerrar la pesada puerta de acero, quedamos en una penumbra total, rota solo por una bombilla amarilla que colgaba del techo. Mateo intentó levantarse, pero le pisé la mano herida con el tacón. El crujido fue secundario al sonido de su alma rompiéndose.
—Escúchenme bien —susurré, inclinándome sobre ellos—. Dante está ahí fuera, queriendo sus cabezas. Podría abrir esa puerta y entregarlos ahora mismo. Podría dejar que los descuarticen en ese jardín que tanto amaban. Pero no lo haré. Porque todavía no me han dicho dónde está mi hijo.
Mateo palideció aún más. Su secreto, el único que le quedaba para mantenerse con vida, estaba en juego.
—No te lo diré —balbuceó, aunque sus ojos traicionaban su voluntad—. Si te lo digo, soy hombre muerto.
—Ya estás muerto, Mateo —dije, sacando una pequeña hoja de bisturí del kit que Elias me había entregado—. Estás muerto desde el momento en que me tocaste. Ahora, la única pregunta es si vas a pasar el resto de tus días en este infierno consciente de cada segundo de tu agonía, o si vas a terminarlo con un poco de redención. Habla. ¿Dónde está mi hijo?
Afuera, la casa empezaba a arder. El fuego de Dante comenzaba a lamer las paredes, y yo, encerrada en la oscuridad con mis verdugos, sentí por primera vez que tenía el control total. La venganza no era solo castigar; era tener el poder absoluto sobre su destino.