La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 39: El peso de la carne

​El aire en la bodega era denso, saturado con el hedor a sudor, miedo y el humo de la mansión que, allá arriba, empezaba a convertirse en un esqueleto de brasas. Mateo estaba en el suelo, retorciéndose. Su mano derecha, la que yo misma me encargué de destrozar, era una masa amorfa de dedos morados y huesos desplazados. Pero eso era apenas un rasguño comparado con lo que estaba por suceder.

​No fui yo quien lo tocó. Fueron ellos.

​Cuando el equipo de choque de Dante logró, finalmente, forzar la puerta de seguridad, no buscaban conversación. Entraron como una marea de furia, con los ojos inyectados en sangre tras el ataque con gas y el fuego. Al ver a Mateo, el "arquitecto" que los había engañado, su disciplina militar se evaporó para dar paso a un sadismo salvaje.

​—Dante quiere que aprenda —dijo el hombre del tatuaje del escorpión, Rocco, que milagrosamente había sobrevivido a las heridas previas—. Quiere que entienda lo que significa ser un objeto.

​Lo que siguió fue un ritual de degradación tan explícito que incluso Beatriz dejó de gritar para observar en un silencio gélido. Lo inmovilizaron sobre la mesa de metal frío, usando los mismos grilletes que Mateo reservaba para sus víctimas. Los hombres de Dante, una docena de verdugos que durante meses habían recibido órdenes de Mateo para torturar a otros, ahora le devolvían el favor con intereses.

​El primer impacto fue un golpe seco en la boca del estómago que le sacó el aire, dejándolo boqueando como un pez fuera del agua. No hubo misericordia. La violación fue una coreografía de fuerza bruta, diseñada no para el placer, sino para la destrucción de su humanidad. Cada embestida era un recordatorio de su vulnerabilidad.

​Los detalles son una mancha que nunca se borrará de mis retinas: el modo en que su rostro se deformaba por el dolor puro, sus ojos rodando en sus órbitas mientras cada invasión le rasgaba la carne, el sonido húmedo y desgarrador de su tejido cediendo bajo la presión de quienes, hasta hace una hora, eran sus subordinados. Sus súplicas se convirtieron en gemidos agónicos, en un gorgoteo de sangre y saliva que le bajaba por la barbilla. Lo obligaron a sentir cada fibra de la humillación que él me infligió en ese sótano.

​Uno a uno, los hombres pasaron por encima de él, ignorando sus gritos, ignorando que el hombre que estaba debajo, alguna vez poderoso, ahora era solo un pedazo de carne sangrante. Su cuerpo, marcado por los golpes, mostraba signos de desgarro profundo; la piel del área se tornaba de un color violáceo y escarlata mientras el dolor, un dolor agudo, punzante y constante, lo mantenía al borde de la inconsciencia. Lo obligaron a mantenerse despierto, a sentir cada segundo de esa penetración violenta y despiadada que le recorría el cuerpo como un incendio.

​Yo me mantuve en un rincón, observando con una impasibilidad de piedra. Mi mano izquierda, la mano que él rompió, se apoyaba sobre mi arma. Cada vez que Mateo suplicaba, cada vez que sus ojos me buscaban en busca de una salvación que nunca le daría, yo simplemente apretaba el puño, sintiendo el dolor de mis huesos rotos como una confirmación de que la justicia, aunque fuera a través de otros, estaba siendo servida.

​—¿Te duele, Mateo? —le susurré al oído, acercándome cuando el último de los hombres terminó su trabajo y lo dejó tirado, un despojo humano, temblando entre charcos de sangre y fluidos—. ¿Te acuerdas de cuando te reías mientras me sujetaban contra la pared? ¿Te acuerdas del sonido de mis huesos?

​Él apenas pudo mover los labios. Estaba roto, no solo físicamente, sino existencialmente. Había perdido su estatus, su honor, su integridad y su esencia. Su cuerpo era una ruina de carne inflamada y laceraciones que palpitaban al ritmo de su agonía.

​—Dime dónde está mi hijo —repetí, mi voz siendo lo único que lo mantenía en este mundo.

​—En... en el centro de datos —sollozó, con la voz destrozada—. En el búnker bajo el complejo Vesper. Dante... Dante lo usa como seguro de vida.

​Lo dejé allí, tirado sobre el metal, una carcasa de hombre que ya no tenía ni siquiera la fuerza para morir. La información estaba ahí. Ahora el objetivo era claro. Salí de la bodega sin mirar atrás, dejando a los hombres de Dante a terminar de destruir lo que quedaba de él. La verdadera venganza estaba por comenzar, y ahora que sabía dónde estaba mi hijo, no habría pared, ni búnker, ni ejército que me detuviera.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.