La Arquitecta De Las Cenizas ✓

Capítulo 39: Hacia el corazón de la bestia

​El aire del exterior me golpeó como una bofetada de realidad, helado, cargado de ceniza y del estruendo ensordecedor de una estructura que se desmoronaba bajo el furor implacable de las llamas. Dejé atrás la penumbra de la bodega subterránea, cerrando mis oídos a los estertores y lamentos de un hombre que había dejado de ser humano para convertirse en el mero recordatorio de lo que ocurre cuando se despierta la furia de una mujer a la que intentaron enterrar en vida. No sentí compasión ni remordimiento; la justicia fría y salvaje que Dante y sus hombres habían ejecutado no era más que el eco kármico de los abusos que Mateo sembró durante años. Mi única brújula, el único pensamiento que latía con la fuerza de un motor nuclear en mi pecho, era una coordenada y un nombre: mi hijo.

​A pocos metros de la línea de fuego, donde la silueta del coche de huida se recortaba contra el resplandor naranja del incendio, Elias me esperaba con la puerta abierta y el motor rugiendo con impaciencia. Al verme salir de la humareda, con la ropa manchada de hollín y la mirada afilada como un cuchillo de combate, supo de inmediato que habíamos cruzado el punto de no retorno.

​—¿Tienes lo que necesitábamos? —preguntó Elias, con la voz tensa, mientras pisaba el acelerador antes incluso de que terminara de cerrar la portezuela del copiloto.

​—Lo tengo —respondí, ajustándome el arnés táctico y apoyando la mano izquierda, todavía entumecida y dolorida, sobre el metal frío de mi arma—. Está en el búnker subterráneo bajo el complejo industrial del norte. El centro de datos principal del Proyecto Vesper. Lo utilizan como su seguro de vida final.

​Elias lanzó una mirada rápida a la tablet de navegación, donde las rutas encriptadas ya trazaban el camino más rápido hacia el norte. Sus nudillos blancos apretaban el volante con fuerza.

​—Ese complejo está blindado, Valeria. Si Dante y sus hombres van tras las mismas pistas, o si los remanentes de la cúpula directiva se percatan de que el sistema ha sido vulnerado, van a blindar el perímetro con fuego cruzado. No será un rescate sencillo.

​—Nada de lo que he hecho hasta ahora ha sido sencillo, Elias —dije, girándome para mirar por la ventanilla trasera cómo la mansión de la costa colapsaba en una pirámide de chispas y humo negro—. Pero que les quede claro a todos: nadie, absolutamente nadie, va a interponerse entre mi hijo y yo esta noche.

​El trayecto hacia el complejo industrial fue un viaje a través de la noche más oscura y desolada. La lluvia comenzó a caer con más intensidad, transformando el asfalto en un espejo oscuro que reflejaba las luces rojas y azules de la devastación que íbamos dejando atrás. En el asiento trasero, revisé cada cargador, comprobando el mecanismo de disparo con una precisión milimétrica. El dolor físico en mis nudillos se había desvanecido, anestesiado por la descarga pura de adrenalina y por un amor maternal tan profundo, feroz e inquebrantable que era capaz de desafiar al mismísimo infierno.

​La gente suele romantizar el amor pintándolo como un refugio de mansas caricias y susurros apacibles. Qué poco sabían de la verdadera naturaleza de este sentimiento. El amor de una madre por sus hijos no es un lazo frágil; es una armadura de titanio, una fuerza primigenia y nuclear que convierte a la criatura más quebrada en una fuerza destructiva e imparable. No luchaba por odio a mis verdugos, sino por una devoción tan absoluta a la vida de mi pequeño que estaba dispuesta a incendiar el mundo entero con tal de volver a sostenerlo entre mis brazos.

​Al cabo de veinte minutos, el imponente complejo industrial del norte se alzó ante nosotros como una mole de hormigón gris, acero y torres de vigilancia automatizadas. Las luces de seguridad barrían los perímetros vacíos con una monotonía robótica.

​—Hemos llegado —susurró Elias, apagando los faros del vehículo y ocultándolo bajo la sombra de un cobertizo abandonado a doscientos metros de la entrada principal—. El acceso al búnker subterráneo está blindado por un escáner biométrico y una puerta de esclusa de cinco pulgadas de espesor. No podemos entrar por la fuerza bruta sin activar todas las alarmas de la ciudad.

​Me saqué los guantes oscuros, revelando por un instante la piel amoratada y los nudillos deformados de mi mano izquierda, antes de volver a ponerme unos guantes tácticos delgados. Miré hacia la imponente estructura con una sonrisa fría, calculadora y letal.

​—No necesitamos volar la puerta principal, Elias —dije, recordando las palabras entrecortadas que Mateo me había arrancado en el fondo de su agonía—. Mateo me dio algo más que una ubicación. Me dio el código maestro de la puerta de servicio que él mismo diseñó cuando construyó los planos de seguridad del complejo. Creía que ese secreto lo mantendría a salvo, pero lo único que hizo fue firmar el acta de defunción de su propia red.

​Elias me miró con una mezcla de asombro y profunda admiración. Desenfundó su arma y asintió lentamente, abriendo la puerta del conductor.

​—Entonces no perdamos ni un segundo más. Vamos a cobrar lo que nos pertenece.

​Salimos del vehículo y nos adentramos en la fría negrura de la noche, deslizándonos con la precisión de dos sombras hacia los dominios de la bestia. El búnker del Proyecto Vesper estaba a punto de abrir sus puertas, y la arquitectura de su caída sería absoluta. Mi hijo me esperaba al otro lado de ese muro, y yo estaba lista para escribir el último y más sangriento capítulo de nuestra redención.




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