El complejo Vesper no era un edificio; era un cáncer de hormigón enterrado en las entrañas de la montaña. Habían pasado semanas desde que abandoné a Mateo en aquel sótano, convertido en nada más que un recipiente de dolor y orina, y desde que Beatriz fue entregada a las autoridades, no sin antes ser despojada de cada centavo y cada gramo de dignidad. Pero mi guerra no terminó con ellos. Mi guerra era contra el sistema que los creó, y el complejo Vesper era su corazón palpitante.
Me encontraba en la antecámara del búnker principal, cubierta por un traje táctico negro que me comprimía las costillas, aún sensibles tras tantas batallas. A mi lado, Elias revisaba su rifle de precisión. Su rostro, antes tan controlado, mostraba ahora una sombra de duda. Sabía que las probabilidades de salir de aquí con mi hijo no superaban el cinco por ciento.
—Valeria —dijo Elias, deteniendo su inspección—. Si entramos, no hay retorno. Dante ha concentrado a sus fuerzas de élite aquí. Los "arquitectos" del proyecto están en la sala de mando, esperando la evacuación. Si disparas, atraerás a un batallón. Si no disparas, nunca llegarás a tu hijo.
—No vine a negociar, Elias —respondí. Mi voz era plana, desprovista de cualquier emoción que no fuera un odio afilado como una hoja de afeitar—. Vine a borrar este sitio del mapa.
Mi mano izquierda, la que Mateo se encargó de deformar, se sentía más fuerte que nunca. Había aprendido a canalizar el dolor de mis dedos entumecidos hacia una ira dirigida. Cada vez que apretaba el gatillo del arma, el latido agónico de mis nudillos era mi centro de gravedad.
Entramos.
La primera sala fue un matadero de luces blancas y pasillos asépticos. Los hombres de Dante —la vanguardia del Proyecto Vesper— no esperaban un ataque frontal desde el nivel inferior. Usamos los conductos de ventilación, los mismos que me sirvieron de vía de escape semanas atrás, para caer sobre ellos como una sentencia de muerte. La primera ráfaga de Elias fue precisa; la mía, visceral.
Sentí el impacto de una bala en mi chaleco. Me lanzó contra la pared, el aire escapando de mis pulmones en un silbido agónico. El dolor en mi mano izquierda se disparó, una explosión de fuego blanco que amenazó con nublarme la vista. Pero me obligué a levantarme. Me vi en un panel de vidrio reflejado: una mujer con el rostro cubierto de sangre ajena, los ojos inyectados en rabia, una sombra que había dejado de ser humana para convertirse en una fuerza de la naturaleza.
—¡Están en el sector 7! —gritó un guardia a través de un comunicador, antes de que le atravesara la garganta con el cuchillo de combate.
El complejo era un laberinto de horrores. Mientras avanzábamos, encontré pantallas que mostraban imágenes del Proyecto Vesper en otras partes del mundo: registros de niños usados como moneda, familias destruidas en minutos, un mercado negro de vidas humanas operado por la gente más poderosa del país. La escala del mal era tan vasta que el odio se me quedó pequeño. No quería destruir este edificio; quería prenderle fuego a la sociedad que permitía que esto existiera.
Llegamos a la puerta del búnker principal. Era una estructura de acero reforzado que solo se abría mediante un escaneo biométrico. Dante estaba ahí dentro. Lo sabía. Lo podía sentir. La arquitectura de mi venganza estaba a punto de cerrarse.
—El código —dijo Elias, señalando el panel.
Introduje la secuencia que Mateo, en sus últimos momentos de lucidez antes de ser entregado a los hombres de Dante, me había confesado a cambio de un minuto más de vida. La puerta vibró. Un siseo hidráulico rompió el silencio del pasillo. La luz roja del búnker se tornó verde.
Se abrió.
Dante estaba allí, de espaldas, observando un mapa global en la pared. Al oír los pasos, no se inmutó. Se giró con una calma que me hizo apretar los dientes. Detrás de él, en una celda de cristal reforzado, vi una pequeña figura. Mi hijo. Estaba sentado en el suelo, abrazando sus rodillas, con la mirada perdida. Verlo allí, usado como un juguete, como un cromo en el álbum de un psicópata, rompió el último vestigio de mi cordura.
—Valeria —dijo Dante, con una sonrisa que no tocaba sus ojos—. Me preguntaba cuánto tiempo tardarías en llegar al centro del laberinto. Te has convertido en algo fascinante. Casi me da pena tener que terminarlo.
—No has terminado nada, Dante —dije, dando un paso al frente, con el cañón del arma apuntando directamente a su frente—. La partida acaba de llegar a su turno final. Y he venido a cobrar la deuda de sangre.
Elias se colocó a mi izquierda. La puerta del búnker se cerró tras nosotros. No había más guardias, no había más rutas de escape. Solo éramos nosotros, el hombre que orquestó mi ruina y el niño que era la razón de mi existencia. El aire era pesado, cargado de la electricidad estática de un duelo que se había estado gestando durante meses de tortura y renacimiento.
El final estaba a un suspiro de distancia.