La confusión en el interior del búnker era absoluta, un estado de suspensión donde cada segundo se dilataba bajo el peso de una tensión insostenible. Tras la confesión de Mateo en sus últimos momentos de agonía, el rastro me había conducido hasta este complejo industrial en las afueras, un agujero negro que no figuraba en ningún mapa oficial del mundo. Cada paso que daba hacia el corazón de la instalación me recordaba el costo exacto de los años perdidos. Mis nudillos rotos, esa marca indeleble y deforme que Mateo me había dejado como recordatorio de su sadismo, martilleaban con un dolor sordo y constante; cada pulsación era un segundo menos de paciencia que me quedaba en el cuerpo.
Elias se mantenía firme a mi espalda, una sombra constante, disciplinada y letal, pero yo sabía que él también sopesaba el peligro mortal de lo que estábamos a punto de enfrentar. La información sobre mi hijo no había sido un regalo de clemencia; había sido la última y desesperada moneda de cambio de un hombre que ya se sabía condenado al olvido.
Al cruzar el umbral de la zona central, el aire cambió de golpe. Ya no olía a ozono y metal fundido, sino a químicos pesados y a la esterilidad antiséptica de un hospital del terror. Dante estaba allí, de pie entre hileras de servidores masivos que emitían un zumbido eléctrico de alta frecuencia. No estaba solo. A su alrededor, una docena de hombres armados con tecnología de punta custodiaban las salidas, formando un perímetro impenetrable.
—Valeria —dijo Dante, girándose lentamente sin dejar de teclear en su consola principal—. Siempre fuiste la pieza más impredecible y peligrosa de todo el tablero. Mateo creía que eras un simple títere que podía romper a su antojo en el sótano, pero te has convertido en el titiritero.
—Cállate —escupí, y mi voz sonó como metal raspando piedra pura—. Dime dónde está mi hijo y terminaré esto rápido. No quiero tu maldito dinero, no quiero tus excusas corporativas. Solo quiero lo que me arrebataste.
Dante soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humanidad o empatía. Con un gesto displicente, señaló una de las pantallas gigantes del fondo. En ella se proyectaba una imagen en directo: mi hijo, acorralado y temblando en una sala de cristal al otro extremo del búnker. Estaba vivo, pero su rostro, antes lleno de luz, ahora era una máscara de miedo contenido tras años de cautiverio. Mi corazón dio un vuelco salvaje, una descarga masiva de adrenalina que por un segundo amenazó con hacerme perder el control del arma.
—El Proyecto Vesper no es solo un sindicato; necesita una infraestructura de datos estable para sobrevivir —explicó Dante con una frialdad glacial que me heló la sangre en las venas—. Tu hijo es el catalizador biológico de todo el sistema. Su genética, su vinculación con los activos que Mateo registró a su nombre... es el eje central sobre el que gira esta operación. Si lo tocas o intentas sacarlo por la fuerza sin el protocolo, el sistema se bloquea automáticamente y el búnker entero se sella de forma permanente. No saldrás viva, y él morirá asfixiado.
La intriga era una soga apretada alrededor de mi cuello. Dante estaba ganando tiempo, configurando una trampa lógica perfecta: si disparaba, ponía en riesgo la vida del rehén; si bajaba el arma, entregaba mi libertad y la de mi pequeño a un psicópata. Pero el error de cálculo de Dante era monumental: él no contaba con que yo ya no tenía absolutamente nada que perder. Había navegado por los abismos del dolor físico y mental hasta convertirlo en mi propio mapa de supervivencia.
—Elias, ahora —susurré con un hilo de voz.
Fue un movimiento ensayado mil veces en mi mente, pero ejecutado con una precisión quirúrgica implacable. Elias lanzó con fuerza un dispositivo de pulso electromagnético (EMP) que habíamos extraído de los laboratorios clandestinos de Mateo semanas atrás.
El efecto fue instantáneo y devastador: las luces blancas del búnker parpadearon con violencia antes de apagarse por completo, los sistemas de seguridad biométricos de las puertas se bloquearon momentáneamente y el zumbido ensordecedor de los servidores cesó, sumiendo la sala en una negrura absoluta.
En la oscuridad total, me moví por instinto puro. No necesitaba la vista; sabía exactamente dónde estaba cada guardia, dónde se ubicaban las consolas y hacia dónde girar, porque me había obligado a memorizar los planos durante noches enteras de insomnio y tortura, cuando mis nudillos rotos ni siquiera me dejaban dormir.
Disparé. No al aire, no a ciegas. Disparé con la frialdad de quien no necesita ver para acertar. Escuché el primer grito ahogado de un guardia, seguido por el impacto sordo y seco de un cuerpo blindado desplomándose sobre las placas de metal del suelo.
Dante intentó estirar el brazo para alcanzar su arma de fuego en la consola de comandos, pero me adelanté con la velocidad de un depredador.
Me lancé sobre él, ignorando por completo el fuego agónico que estallaba en mis dedos deformes. Lo golpeé con toda la fuerza de la culata de mi pistola directamente en la sien, derribándolo de rodillas. La oscuridad era nuestra ventaja táctica, pero también nuestra mayor amenaza. A lo lejos, el llanto de mi hijo al otro lado del cristal resonaba como un eco desgarrador que me partía el alma, inyectándome a la vez una fuerza sobrehumana.
—¡Valeria, cuidado! —gritó Elias desde el otro extremo de la sala.
Un proyectil silbó en la oscuridad, rozando con violencia la carne de mi hombro izquierdo. Me giré sobre mis talones, sintiendo cómo el calor punzante de la herida abierta se mezclaba con el sudor frío de la batalla. Dante, recuperando el equilibrio con desesperación, sacó un pequeño detonador de emergencia de su bolsillo táctico.
—Si no puedo controlar el sistema, ¡nadie lo tendrá! —bramó Dante, con los ojos inyectados en locura, mientras su rostro quedaba iluminado por la luz roja intermitente de una alarma de emergencia que acababa de activarse.