La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 41: La danza de las piezas rotas

​La confusión en el búnker era absoluta. Tras la confesión de Mateo, el rastro me llevó a un complejo industrial en las afueras, un lugar que no figuraba en ningún mapa público. Cada paso que daba hacia el corazón de la instalación me recordaba el peso de los meses perdidos. Mis nudillos rotos, esa marca indeleble que Mateo me dejó, martilleaban con un dolor sordo; cada pulsación era un segundo menos de paciencia que me quedaba en el cuerpo.

​Elias se mantenía a mi espalda, una sombra constante y disciplinada, pero yo sabía que él también temía lo que estábamos a punto de encontrar. La información sobre mi hijo no había sido un regalo; había sido el último acto de un hombre que se sabía condenado.

​Al entrar en la zona central, el aire cambió. Ya no olía a ozono y metal, sino a químicos pesados y a la esterilidad antiséptica de un hospital del horror. Dante estaba allí, moviéndose entre servidores que emitían un zumbido eléctrico de alta frecuencia. No estaba solo. A su alrededor, una docena de hombres armados con tecnología de punta custodiaban las salidas.

​—Valeria —dijo Dante, girándose sin dejar de teclear en una consola—. Siempre fuiste la pieza más impredecible del juego. Mateo pensaba que eras un títere, pero te has convertido en el titiritero.

​—Cállate —escupí. Mi voz sonó como un metal raspando piedra—. Dime dónde está y terminaré esto rápido. No quiero tu dinero, no quiero tus excusas. Solo quiero lo que me arrebataste.

​Dante soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humanidad. Señaló una pantalla. En ella, vi una imagen en directo de mi hijo, encerrado en una sala de cristal al otro extremo del búnker. Estaba vivo, pero su rostro, antes lleno de luz, ahora era una máscara de miedo contenido. Mi corazón dio un vuelco, una descarga de adrenalina que casi me hace soltar el arma.

​—El Proyecto Vesper necesita una estructura de datos estable —explicó Dante con una frialdad que me heló la sangre—. Tu hijo es el catalizador. Su genética, su vinculación con los activos de Mateo... es el eje sobre el que gira toda esta operación. Si lo tocas, el sistema se bloquea y el búnker se sella permanentemente. No saldrás viva, y él morirá asfixiado.

​La intriga era una soga al cuello. Dante estaba ganando tiempo, configurando una trampa lógica. Si disparaba, mataba al rehén. Si bajaba el arma, entregaba mi libertad y mi vida. Pero él no contaba con una cosa: yo ya no tenía nada que perder. Había aprendido a navegar por el dolor hasta convertirlo en mi mapa personal.

​—Elias, ahora —susurré.

​Fue un movimiento ensayado mil veces en mi mente, pero una ejecución nunca antes vista. Elias lanzó un dispositivo de pulso electromagnético que habíamos extraído del laboratorio de Mateo semanas atrás. El efecto fue instantáneo: las luces del búnker parpadearon y se apagaron, los sistemas de seguridad de las puertas se bloquearon momentáneamente y el zumbido de los servidores cesó.

​En la oscuridad, me moví por instinto. Sabía dónde estaba cada hombre, dónde estaba cada salida, porque me había obligado a memorizar los planos durante noches enteras de tortura, cuando mis nudillos no me dejaban dormir.

​Disparé. No al aire, no a ciegas. Disparé con la precisión de quien no necesita ver para acertar. Escuché el primer grito de un guardia, seguido del impacto seco de un cuerpo cayendo sobre el metal. Dante intentó alcanzar su arma en la consola, pero me adelanté.

​Me lancé sobre él, olvidando el dolor de mis dedos rotos. Lo golpeé con la empuñadura de mi pistola en la sien, derribándolo. La oscuridad era nuestra ventaja, pero también nuestra mayor amenaza. Mi hijo lloraba al otro lado del cristal, un sonido que me desgarraba el alma y a la vez me daba una fuerza sobrenatural.

​—¡Valeria, cuidado! —gritó Elias.

​Un proyectil rozó mi hombro. Me giré, sintiendo cómo el calor de la herida se mezclaba con el sudor frío. Dante, recuperándose, sacó un pequeño detonador de su bolsillo.

​—Si no puedo tener el sistema, nadie lo tendrá —dijo él, su rostro iluminado por una luz de emergencia que acababa de activarse.

​En ese momento, la verdadera batalla no era contra Dante, sino contra el tiempo. Cada decisión que tomaba abría una nueva herida, pero también acercaba el final de este calvario. La intriga sobre el origen del Proyecto Vesper empezaba a aclararse: no era una organización, era un virus social que se alimentaba del poder. Y yo, Valeria, era el anticuerpo que iba a destruirlo, aunque eso significara arder junto con él.

​El juego había terminado. La cacería estaba en su clímax. Y mientras mis dedos, deformes y ensangrentados, volvían a apretar el gatillo contra Dante, supe que no habría perdón, no habría juicios y, sobre todo, no habría vuelta atrás.




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