El sonido del metal retorciéndose sobre sí mismo y el alarido ensordecedor de las alarmas de autodestrucción crearon una cacofonía infernal que sacudía los cimientos de la montaña. La celda de cristal, al verse totalmente despojada de energía tras el pulso electromagnético, comenzó a ceder en sus juntas de seguridad. Con un golpe seco y brutal propinado con la culata de mi arma, el vidrio templado, ya debilitado, estalló en mil fragmentos brillantes que llovieron como escarcha sobre el suelo. No hubo palabras, ni saludos, ni tiempo para el alivio; solo el impacto inmediato de mi hijo arrojándose contra mi cuerpo. Su pequeño abrazo, febril, temblando de un terror puro que ningún niño debería conocer jamás, fue lo único que me ancló a la realidad, impidiendo que el monstruo de la venganza me devorara por completo en ese preciso instante.
—Vámonos —le susurré al oído, apartándolo apenas lo suficiente para sostener su rostro pálido entre mis manos—. Corre hacia Elias. No mires atrás, pase lo que pase.
Elias se adelantó con reflejos felinos y tomó al niño en sus brazos, protegiéndolo con su propio cuerpo. Mis nudillos rotos, bañados en una mezcla viscosa de sangre y sudor frío, se aferraron a la empuñadura de mi arma con una fuerza sobrehumana que desafiaba cualquier lógica anatómica.
Dante, que seguía tendido en el suelo tras el golpe devastador que le propiné, comenzó a reír. Era una risa rota, enferma y hueca, el sonido patético de un hombre que sabía que ya lo había perdido absolutamente todo.
—El complejo tiene exactamente seis minutos antes de que el núcleo colapse por completo, Valeria —bramó él, escupiendo una bocanada de sangre sobre el hormigón—. Ninguno de nosotros va a salir vivo de esta maldita montaña.
No le regalé ni una sola palabra de réplica. Apreté el gatillo y disparé contra el suelo, justo entre sus piernas, astillando el cemento y haciendo que su risa histérica se ahogara en seco con un respingo de puro pánico.
El pasillo principal era una pesadilla en plena ebullición. Las paredes blindadas comenzaban a arquearse y crujir bajo la presión titánica del colapso estructural. Cada paso era una puñalada de fuego puro; el dolor en mi mano izquierda se irradiaba en ondas feroces hasta la mandíbula, obligándome a apretar los dientes con tanta fuerza que sentía que las muelas iban a fracturarse. Pero cada vez que enfocaba la mirada al frente y veía la pequeña silueta de mi hijo a salvo con Elias, la agonía física se disolvía, transformándose en el combustible nuclear de mi furia.
De repente, las luces de emergencia intermitentes murieron por completo. La oscuridad fue absoluta, impenetrable. Pero el entrenamiento implacable de los últimos meses, sumado a la necesidad visceral y animal de supervivencia, me permitió percibir la emboscada un segundo antes de que se materializara. Mis oídos captaron el leve roce de una bota contra el metal y el chasquido mecánico del seguro de un fusil de asalto.
—¡Abajo! —grité con voz ronca.
Empujé a Elias y a mi hijo hacia la protección precaria de una columna de hormigón justo en el instante en que una ráfaga asesina de fuego automático desgarraba la negrura, iluminando el pasillo con destellos parpadiantes. Los hombres de Dante, los últimos leales que habían logrado sobrevivir a la primera fase del asalto, nos esperaban agazapados en el corredor principal. Estaban acorralados, desesperados, decididos a arrastrarnos al infierno con ellos.
El tiroteo estalló como una danza macabra de sombras, pólvora y chispas. Mi mano izquierda, casi completamente inútil por el dolor y la deformidad de los huesos, se convirtió en un lastre peligroso; con un movimiento rápido y fluido, cambié el arma a la mano derecha, obligándome a una precisión milimétrica que no sabía que poseía. Disparé guiada por el eco de los fogonazos enemigos. Tres hombres cayeron pesadamente al suelo uno tras otro. Cada proyectil que abandonaba el cañón era una factura pagada con intereses por las interminables noches de humillación en aquel maldito sótano.
Elias respondía al fuego enemigo con ráfagas controladas, cubriendo nuestra retirada mientras nos arrastrábamos hacia el sector de evacuación. Un impacto de mortero o una explosión interna en el techo hizo que una viga de acero gigantesca se desplomara con estrépito, bloqueando por completo el camino principal. El búnker se estaba asfixiando a sí mismo, sellando sus propias arterias.
—¡Por aquí! —gritó Elias, señalando una escotilla de mantenimiento lateral que conducía directamente a las viejas tuberías de drenaje industrial.
Era un espacio claustrofóbico, asqueroso, oscuro y apestoso, pero representaba nuestra única rendija hacia la libertad. Empujé a mi hijo primero, ayudándolo a deslizarse hacia el interior, y luego custodié el salto de Elias. Cuando me disponía a cruzar el dintel de la escotilla, una mano fría, desesperada y maciza se cerró con fuerza asesina alrededor de mi tobillo derecho.
Bajé la mirada. Era Dante. Se había arrastrado por el suelo a rastras, dejando un rastro escarlata, con los ojos inyectados en una demencia absoluta.
—No te vas a ir sin ver el gran final —escupió él, intentando alzar un pequeño mando de control remoto que sostenía en la mano temblorosa.
Lo pateé con toda la fuerza desatada en mi pierna libre, conectando un botazo seco directo en su mandíbula. El mando se zafó de sus dedos, resbalando por el suelo inclinado hasta perderse en una rejilla de desagüe profundo. Dante aulló de frustración, intentando estirar los brazos para alcanzarlo, pero un fragmento colosal del techo comenzó a derrumbarse, sepultando sus piernas bajo toneladas de escombros de hormigón mientras el fuego descontrolado de los servidores cercanos comenzaba a lamer sus ropas.
—¡Mamá! ¡Vámonos! —la vocecita de mi hijo resonó desde el fondo del túnel oscuro, sacándome del trance de la venganza.
Miré a Dante una última vez. Su rostro, el semblante pulcro y altivo que alguna vez había diseñado la arquitectura de mi pesadilla, reflejaba ahora exactamente el mismo terror paralizante que yo sentí el primer día que me encerraron en la oscuridad. No le dedicué un adiós. No le ofrecí ni una brizna de piedad. Simplemente giré el rostro, me solté de su último intento de agarre y me sumergí en la negrura del túnel.