La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 42: El corredor de la muerte

​El sonido del metal retorciéndose y el rugido de las alarmas de autodestrucción crearon una cacofonía infernal. La celda de cristal, al verse privada de energía tras el pulso electromagnético, comenzó a ceder. Con un golpe seco de mi culata, el vidrio, ya debilitado, estalló en mil pedazos. No hubo palabras, solo el choque de mi hijo contra mi cuerpo; su pequeño abrazo, tembloroso y desesperado, fue lo único que me impidió convertirme en una bestia desbocada en ese instante.

​—Vámonos —le susurré, apartándolo apenas lo suficiente para ver sus ojos cargados de terror—. Corre hacia Elias. No mires atrás, pase lo que pase.

​Elias tomó al niño. Mis nudillos rotos, bañados en una mezcla de sangre y sudor, se aferraron a mi arma con una fuerza que desafiaba la anatomía. Dante, que seguía en el suelo aturdido por mi golpe, comenzó a reírse. Era una risa enferma, el sonido de alguien que ya no tiene nada que perder.

​—El complejo tiene seis minutos antes de que el núcleo colapse, Valeria —dijo él, escupiendo sangre—. Ninguno de nosotros saldrá de esta montaña.

​No le respondí con palabras, sino con un disparo al suelo, justo entre sus piernas, que lo hizo callar de golpe.

​El pasillo era una carrera contra el tiempo. Las paredes blindadas comenzaban a inclinarse bajo la presión del colapso estructural. Cada paso era una tortura; el dolor en mi mano izquierda se irradiaba hasta mi mandíbula, obligándome a apretar los dientes hasta sentir que se fracturaban. Pero cada vez que miraba hacia adelante y veía a mi hijo, la agonía se transformaba en el combustible de mi furia.

​De repente, las luces de emergencia fallaron. La oscuridad fue absoluta, pero el entrenamiento de los últimos meses, sumado a la necesidad visceral de supervivencia, me permitió percibir la emboscada antes de que sucediera. Escuché el leve roce de una tela, el chasquido del seguro de un arma.

​—¡Abajo! —grité.

​Empujé a Elias y al niño contra una columna de hormigón justo cuando una ráfaga de fuego automático iluminó la oscuridad. Los hombres de Dante, aquellos que habían logrado sobrevivir a la primera oleada, nos esperaban en el corredor principal. Estaban desesperados, decididos a llevarse a alguien consigo al infierno.

​El tiroteo fue una danza de sombras y chispas. Mi mano izquierda, casi inútil, se convirtió en una carga; tuve que cambiar el arma a la derecha, obligándome a una precisión que no sabía que poseía. Disparé con una frialdad matemática. Tres hombres cayeron. Cada proyectil era una factura pagada por las noches de humillación en aquel sótano.

​Elias devolvía el fuego, cubriéndonos mientras nos arrastrábamos hacia la salida. Un impacto en el techo hizo que una viga cayera, bloqueando el camino. El búnker se estaba asfixiando a sí mismo.

​—¡Por aquí! —señaló Elias una escotilla de mantenimiento que conducía a las tuberías de drenaje.

​Era un espacio estrecho, asqueroso y oscuro, pero era nuestra única salida. Metí a mi hijo primero, luego a Elias. Cuando me disponía a entrar, una mano me agarró por el tobillo. Era Dante. Se había arrastrado por el suelo, sangrando, con los ojos inyectados en odio.

​—No te vas a ir sin ver esto —dijo, intentando activar un mando en su mano.

​Lo pateé con toda la fuerza que me quedaba en la pierna derecha, golpeándole la cara. El mando resbaló por el suelo, perdiéndose en una rejilla. Dante gritó, tratando de alcanzarlo, pero un trozo de techo se desplomó sobre sus piernas, dejándolo atrapado mientras el fuego de los servidores comenzaba a extenderse hacia él.

​—¡Valeria! —la voz de mi hijo desde el túnel me sacó de mi trance.

​Miré a Dante una última vez. Su rostro, el rostro que había sido el arquitecto de mi pesadilla, ahora reflejaba el mismo terror que yo sentí el primer día que me encerraron en aquel sótano. No le dije adiós. No le ofrecí piedad. Simplemente me di la vuelta y me sumergí en la oscuridad del túnel.

​Detrás de nosotros, el complejo Vesper soltó un rugido final. La montaña pareció estremecerse. Estábamos fuera, en el frío aire de la noche, mientras a nuestras espaldas, el imperio de los arquitectos se convertía en cenizas y escombros.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.