La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 43: La herida que no cierra

​El aire de la montaña era gélido, un contraste brutal con el infierno de calor y humo que dejamos atrás. Mis pulmones ardían con cada inhalación y mis nudillos —aquellos huesos astillados por la maldad de Mateo— palpitaban con un ritmo frenético, como si intentaran recordarme que el dolor era la única constante en mi vida. Mi hijo estaba temblando contra mi pecho, su respiración agitada era el único sonido que me anclaba a la cordura.

​Elias, sin embargo, no parecía aliviado. Estaba de pie junto al sedán negro, observando las llamas que todavía lamían los restos del complejo Vesper. Su mano derecha no abandonaba el arma.

​—No ha terminado —dijo él, sin mirarme—. La explosión destruyó el servidor, pero el Proyecto Vesper no está en los servidores, Valeria. Está en las personas. Y ahora mismo, alguien ha activado el protocolo de sucesión.

​Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Dejé a mi hijo en el asiento trasero del vehículo y me acerqué a Elias. El miedo, ese animal que había domesticado, intentó morder de nuevo.

​—¿De qué hablas? —pregunté. La sangre en mis manos se estaba secando, formando costras oscuras que tiraban de mi piel rota—. Dante era la cabeza. Lo vi caer bajo los escombros.

​Elias se giró lentamente. Por primera vez desde que nos conocimos, su mirada no era la de un aliado cínico; era la de un hombre que sabía que el tiempo se estaba agotando. Sacó un dispositivo de su bolsillo: una tablet que mostraba un mapa con un solo punto rojo parpadeando con insistencia. El punto no estaba en las ruinas, estaba a kilómetros de distancia, en una mansión privada que yo conocía demasiado bien. La residencia de los antiguos socios de Mateo.

​—Dante era solo el capataz —explicó Elias—. El Proyecto Vesper tiene un benefactor. Alguien que financió a Mateo desde el principio. Alguien que, al ver que el búnker caía, decidió que era hora de limpiar la casa.

​La revelación me golpeó con la fuerza de un golpe seco en el estómago. Toda la tortura, los años de cautiverio, la sangre derramada por Rocco, Víctor y Mateo... todo había sido orquestado por una mano que yo ni siquiera había vislumbrado.

​—Dime el nombre —exigí, sintiendo cómo mi mano izquierda se cerraba en un puño a pesar del dolor insoportable.

​Elias dudó, un segundo de vacilación que me confirmó que el nombre que iba a escuchar no solo era peligroso, sino personal.

​—El benefactor es alguien que creías muerto, Valeria. Alguien que Mateo usó para darte el golpe de gracia emocional años atrás.

​Se hizo un silencio absoluto, solo interrumpido por el crepitar de las ruinas. Mi mente recorrió los nombres de mi pasado, las caras de las personas que perdí, los fantasmas que me perseguían en cada pesadilla. Entonces, un nombre emergió de las sombras de mi memoria, un nombre que se sentía como una cicatriz abierta.

​—No puede ser... —susurré, con la voz quebrada.

​—Es ella —confirmó Elias—. Y está esperando a que llegues. Quiere que recuperes a tu hijo, pero quiere algo a cambio: que seas la ejecutora de su nueva etapa. Quiere que tú ocupes el lugar de Mateo.

​La traición se sintió como una estocada final. Elias, el hombre que me "ayudó", el hombre que me guió a través del infierno, conocía esta identidad desde el principio. Lo miré, y por primera vez, vi la verdadera naturaleza de su lealtad: no era hacia mí, era hacia el poder.

​—¿Cuántos más son como tú? —le pregunté, bajando mi arma pero manteniéndola lista—. ¿Cuántos títeres hay en este juego?

​Elias no respondió. En su lugar, el sonido de un helicóptero cortando el aire nocturno anunció la llegada de los nuevos dueños del tablero. No venían a rescatarnos; venían a sellar el pacto.

​El juego había cambiado. Ya no se trataba de escapar de un sótano, se trataba de sobrevivir a una guerra civil de sombras. Y yo, que había aprendido a convertir mi dolor en una espada, estaba a punto de descubrir que a veces, para destruir a un monstruo, tienes que estar dispuesta a convertirte en la peor versión de ti misma.




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