El aire de la montaña era gélido, una bofetada helada que chocaba de manera brutal contra el infierno de calor, humo y cenizas que acabábamos de dejar a nuestras espaldas. Mis pulmones ardían con cada inhalación desesperada y mis nudillos —aquellos huesos astillados y deformados por la maldad pura de Mateo— palpitaban con un ritmo frenético y sordo, como si intentaran recordarme a golpes que el dolor físico era la única constante inquebrantable de mi existencia. En el asiento trasero del sedán negro, mi hijo temblaba acurrucado, y su respiración agitada era el único hilo invisible que me anclaba a la cordura en medio de la tormenta mental.
Elias, sin embargo, no parecía aliviado. Estaba de pie junto a la puerta del copiloto, inmóvil como una gárgola, observando cómo las llamas del complejo Vesper devoraban los últimos vestigios de su propio imperio subterráneo. Su mano derecha, callosa y experta, jamás se apartaba del rifle táctico.
—No ha terminado, Valeria —dijo él con voz seca, sin dignarse a mirarme a los ojos—. La explosión destruyó los servidores principales y sepultó a la guardia de élite, pero el Proyecto Vesper no vive en las máquinas ni en el hormigón. Vive en las personas. Y alguien, en este preciso instante, acaba de activar el protocolo de sucesión.
Sentí que un escalofrío mortal me recorría la columna, uno que nada tenía que ver con la temperatura bajo cero de la madrugada. Dejé escapar el aire con lentitud, abrí la puerta trasera para asegurarme de que mi pequeño seguía a salvo, y luego caminé hacia Elias con pasos firmes. El miedo, ese animal salvaje que había aprendido a domesticar a base de sangre y rabia, arañó de nuevo las paredes de mi estómago.
—¿De qué estás hablando exactamente? —le exigí con un hilo de voz que rasponía como lija. La sangre reseca en mis manos formaba costras oscuras que tiraban dolorosamente de mi piel rota—. Dante era la cabeza visible de todo esto. Lo vi colapsar bajo los escombros de la sala de servidores.
Elias giró lentamente el rostro hacia mí. Por primera vez desde que unimos nuestros caminos en este descenso al infierno, su mirada no reflejaba el cinismo táctico del mercenario al que estaba acostumbrada; era la expresión calculada de un hombre que sabía perfectamente que el tablero de ajedrez se había movido sin su permiso, o tal vez con su cómplice consentimiento. Metió la mano en el bolsillo de su chaleco y extrajo una tablet blindada. La pantalla mostraba un mapa en relieve de la región, con un único punto rojo intermitente parpadeando con insistencia sanguinolenta. El punto no estaba en las ruinas humeantes; se encontraba a kilómetros de distancia, enclavado en una mansión privada y aislada que yo conocía demasiado bien. La residencia histórica de los antiguos benefactores de Mateo.
—Dante era solo el capataz, el peón que ejecutaba las órdenes del consejo —explicó Elias, cruzándose de brazos con una frialdad glacial—. El Proyecto Vesper tiene un benefactor oculto. Alguien que financió a Mateo desde el primer día, mucho antes de que naciera este búnker. Alguien que, al ver que el sistema caía, decidió que era el momento oportuno para purgar la casa de escoria y empezar de cero.
La revelación me golpeó con la fuerza devastadora de un ariete contra el pecho. Toda la tortura sistemática, los años interminables de cautiverio, la sangre que derramé con mis propias manos... todo había respondido a una voluntad superior, a una mano invisible que yo ni siquiera había alcanzado a vislumbrar en la penumbra.
—Dime el nombre —siseé, sintiendo cómo mi mano izquierda se contraía en un puño cerrado, desafiando el dolor insoportable de los huesos mal soldados.
Elias dudó. Un segundo exacto de vacilación que, para alguien que sabía leer entre líneas en el mundo del espionaje corporativo, fue una confirmación absoluta: el nombre que estaba a punto de pronunciar no solo era letal, sino profundamente personal.
—El benefactor es alguien que dabas por muerta, Valeria —dijo Elias con tono medido—. Alguien de tu círculo más íntimo. La misma persona que Mateo utilizó, hace años, para darte el golpe de gracia emocional y arrebatarte a tu hijo desde la cuna.
El silencio que siguió a sus palabras fue tan absoluto que solo se escuchaba el crepitar lejano de las vigas metálicas enfriándose en la montaña. Mi mente dio un vuelco vertiginoso, recorriendo a velocidad de vértigo los rostros de mi pasado, los fantasmas que me perseguían en cada pesadilla de insomnio. Nombres, promesas rotas, tumbas vacías. Entonces, un nombre emergió de las profundidades de mi memoria como una estaca clavada en el centro del pecho.
—No... no puede ser... —murmuré, con la voz quebrándose en un estertor de incredulidad y asco—. Ella murió en el atentado...
—Los registros de Vesper se especializan en falsificar muertes y comprar destinos —confirmó Elias, mirándome fijamente—. Y te está esperando en la mansión. Quiere que recuperes a tu hijo, sí... pero a cambio de una condición innegociable: quiere que tú ocupes el lugar vacante de Dante. Quiere que seas la nueva ejecutora del sistema.
La traición se clavó en mis entrañas como una espada de doble filo. Elias. El hombre que supuestamente me había "ayudado", el estratega que me guió paso a paso a través de este laberinto de sangre, conocía esta identidad desde el principio. Lo miré a los ojos y, por fin, vi la verdadera naturaleza de su lealtad: nunca estuvo conmigo; siempre estuvo del lado del poder que ofrecía mejores dividendos.
—¿Cuántos más como tú hay en este juego, Elias? —le pregunté, bajando ligeramente el cañón de mi arma pero manteniéndolo listo para disparar en un segundo—. ¿Cuántos títeres operan en las sombras?
Elias no abrió la boca para responder. En su lugar, un sonido sordo, rítmico y ensordecedor comenzó a desgarrar el aire nocturno por encima de las copas de los pinos. El batir furioso de las hélices de un helicóptero militar cortando la negrura del cielo anunció la llegada de los nuevos dueños del tablero. No venían a rescatarnos de la montaña; venían a sellar el pacto definitivo.