La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 44: La arquitecta de las cenizas

​El ruido de las aspas del helicóptero se convirtió en un zumbido ensordecedor que hacía vibrar mis costillas fracturadas. La luz del reflector, un ojo blanco y ciego, barrió la ladera de la montaña y se detuvo sobre nosotros. Elias dio un paso atrás, bajando la cabeza como un subordinado. La traición no era una sospecha; era una jerarquía confirmada.

​—¿Por qué? —pregunté, mi voz apenas un susurro contra el viento.

​Elias no respondió. Solo se hizo a un lado mientras la puerta del helicóptero se deslizaba con un siseo hidráulico. Una mujer descendió por la escalera plegable. No era la figura que esperaba. No era alguien con el rostro lleno de cicatrices de guerra, sino alguien cuya presencia destilaba una elegancia gélida. Vestía un abrigo de cachemira oscuro, impecable, y sus zapatos de tacón se hundían en el lodo con una firmeza absoluta.

​Se detuvo a pocos metros. Cuando levantó la vista, sentí que el tiempo se congelaba. Era Elena, la hermana de mi padre, a quien todos creíamos muerta en aquel accidente automovilístico hace quince años. La mujer que, según las historias de familia, había sido la única que realmente amó a mi madre.

​—Valeria —dijo, con una voz tan suave que parecía una caricia en una herida abierta—. Has crecido tanto. Y qué difícil ha sido mantenerte contenida todo este tiempo.

​Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. El Proyecto Vesper, la tortura de Mateo, la pérdida de mis padres, todo tenía una firma. Ella.

​—Tú... —logré articular—. Tú me quitaste todo.

​—Te di un propósito, querida —replicó ella, dando un paso hacia mí con una tranquilidad que me provocó náuseas—. Mateo era un bruto, un hombre sin visión que solo sabía usar la fuerza bruta. Yo necesitaba una herramienta que fuera más allá del acero. Necesitaba alguien que supiera lo que es perder el alma para poder reconstruirla a mi imagen. Tu dolor, tus dedos rotos, la humillación en el sótano... todo fue el temple del metal.

​Mi hijo, escondido detrás de mis piernas, empezó a sollozar. Elena lo miró, no con ternura, sino con la misma curiosidad con la que un científico observa una muestra de laboratorio.

​—El niño es el legado —añadió ella—. Y tú, Valeria, eres la madre que ha demostrado que no hay nada, absolutamente nada, que no seas capaz de destruir para protegerlo. Eso es poder. Eso es lo que el mundo necesita.

​Mi mano derecha, que sostenía el arma, tembló. El dolor en mis nudillos destrozados —el regalo de Mateo, orquestado por mi propia tía— estalló como una supernova. Quise disparar. Quise borrar su sonrisa de su rostro perfecto. Pero ella, con una rapidez pasmosa, sacó un dispositivo pequeño: un transmisor de radiofrecuencia conectado al búnker que habíamos volado.

​—Si aprietas ese gatillo —dijo Elena, sin pestañear—, Elias detonará las cargas secundarias que dejé ocultas bajo los cimientos de la casa donde se esconden tus aliados. O puedes soltar el arma, subir al helicóptero y aprender por qué eres la pieza más valiosa de mi tablero.

​La intriga no se había terminado; acababa de revelar su verdadera cara. No era una lucha de mafiosos, era una purga familiar. Me obligaron a elegir: el suicidio heroico de una madre vengadora o la supervivencia como la nueva cara del imperio que tanto odiaba.

​Miré a mi hijo. Miré las manos de Elias, listas para ejecutar la orden. Entonces, sentí un cambio dentro de mí. El odio dejó de ser un incendio para convertirse en un ácido, un ácido que empezaba a comerse mi propia moralidad. Comprendí, en ese instante, que si quería destruirla, debía jugar su juego.

​—Está bien —dije, bajando el arma con una lentitud deliberada—. Pero si vamos a hacer esto, Elena, recuerda una cosa: aprendí de los mejores. Y Mateo, aunque bruto, me enseñó que el arquitecto siempre es el primero en caer cuando los cimientos están podridos.

​Ella sonrió, satisfecha, ignorando la advertencia. Mientras subíamos al helicóptero, Elias me miró con una mezcla de respeto y lástima. El vuelo hacia la ciudad fue en un silencio sepulcral, pero mi mente trabajaba a una velocidad frenética. Tenía un plan, una última carta bajo la manga que ni siquiera el Proyecto Vesper podía anticipar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.